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"Todo lo que el Padre ma da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le hecho fuera" (Jn.6:37)

domingo, 6 de junio de 2010

Bienaventurado el Hombre a quien Dios Corrige

SERMONES SOBRE JOB

Por Juan Calvino
SERMÓN N°3

BIENAVENTURADO EL HOMBRE A QUIEN DIOS CORRIGE*



He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; El hiere, y sus manos curan" (Job 5:17,18).



Anteriormente Elifaz había declarado cuál es el poder de Dios para que estuviésemos mejor preparados para recibir la doctrina que ahora añade. Pues vemos por qué no somos tan abiertos a la enseñanza como debiéramos, es decir, porque no conocemos suficientemente la majestad de Dios para ser tocados por el temor a él. Por eso tenemos que saber cómo gobierna Dios al mundo, y tenemos que considerar su infinita justicia, su poder y sabiduría. Ahora bien, si los malvados son confundidos porque Dios se muestra contrario a ellos y así les tapa la boca, /.cuál ha de ser nuestra actitud? Porque Dios no tiene por qué constreñirnos a rendirle honor; es suficiente con darnos la ocasión y con mostrarnos cómo es que hay motivos justos para hacerlo, y por qué nosotros deberíamos venir por nuestra propia decisión. De manera entonces, tengamos en mente lo que ha sido previamente declarado, esto es, que cuando los juicios de Dios son puestos ante nosotros, no es asunto de reírnos o de bobear, sino que corresponde que todas las criaturas tiemblen ante ellos.

Y ahora dice que es "bienaventurado el hombre a quien Dios castiga y que por eso no debemos rehusar la corrección del Todopoderoso." Si alguien nos dijera que Dios no hace daño a los hombres cuando se constituye en su Juez usando de gran severidad y rigor hacia ellos, sería algo que ciertamente debiera afectarnos suficientemente; de todos modos estaríamos tan asombrados por semejante doctrina como lo estaríamos si un hombre nos diera con un martillo en la cabeza. ¿Qué hemos de hacer entonces? Debe haber mezclado un poco de azúcar para que gustemos lo que se está por decir, asegurándonos que es provechoso para nuestra salvación. De modo entonces, que después que Elifaz hubo declarado los juicios de Dios en términos generales, para que estemos dispuestos a temerle con toda humildad, ahora nos muestra que Dios manifiesta amor, sin importar el rumbo que el mundo tome; y que, especialmente al castigarnos, nunca es tan severo con nosotros que no nos haga sentir su bondad y misericordia en ellos, a efectos de que nos acerquemos a él y no desmayemos, como aquellos que tienen temor de ser confundidos. Dios entonces, no tiene la intención de que su majestad sea tan terrible para nosotros; su intención, en cambio, es acercarnos a sí mismo, para que le amemos, no únicamente cuando nos hace bien, sino también cuando nos castiga por nuestros pecados. Vemos entonces lo que debemos aprovechar de este pasaje. Sin embargo, pareciera que esta afirmación es contraria a lo que está escrito en el resto de las Sagradas Escrituras: es decir, que todas las miserias y calamidades de esta vida terrenal provienen del pecado y consecuentemente de la maldición de Dios. ¿Cómo pueden concordar estas cosas: que seamos bendecidos cuando Dios nos castiga; que todos los males que nos sobrevienen de sus manos son señales de su ira; que le hemos ofendido y que él nos maldice? Porque, ¿de dónde proviene nuestra felicidad y gozo, sino de Dios? Y, por el contrario, cuando Dios está contra nosotros vemos que nuestra vida está en maldición. Nuevamente, cuando sentimos que por el hecho de castigarnos Dios está enojado con nosotros, aparentemente no hay felicidad en ello. Pero hemos de notar que aquí cómo Elifaz tiene en cuenta la intención y el final que Dios persigue al castigarnos. Es cierto que Dios indica cuanto aborrece el pecado, y es cierto que el orden por El señalado en la creación del mundo es trastornado cuando no nos trata como un padre. Entonces ustedes ven, cómo todas las adversidades de la vida nos dan una señal de la maldición de Dios, para que así entendamos que el pecado desagrada a Dios, y que Dios lo odia y aborrece, y que no lo soporta puesto que él es la fuente de toda justicia. Pero a pesar de esto, cuando Dios nos ha declarado así la aversión que tiene contra el pecado también nos hace percibir cómo nos atrae, exhorta y emplaza a arrepentimos. Entonces, ¿nos aflige Dios? Ello es una señal de que no quiere que perezcamos y que nos solicita a volver a él. Porque las correcciones son como testimonios de que Dios está dispuesto a recibirnos en misericordia si reconocemos nuestras faltas y sinceramente pedimos que nos perdone. Siendo esto el caso, no nos debe parecer extraño que Elifaz diga que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga. En cambio, debemos recordar los dos puntos que he mencionado, de los cuales el primero es que, tan pronto nos sobreviene un mal, debe presentarse ante nosotros la ira de Dios para que entendamos que él no puede soportar el pecado; en consecuencia hemos de considerar la severidad de su juicio de modo de apenarnos sinceramente por haberle ofendido. He aquí el punto por donde hemos de comenzar. Luego debemos considerar la bondad de Dios no dejándonos correr a la perdición, atrayéndonos en cambio a regresar al hogar a sí mismo, demostrándonos su intención de hacernos volver tantas veces cuantas veces nos aflige. Vemos cómo hemos de considerar todas nuestras aflicciones. Pero aún queda un punto difícil aquí; porque mientras vemos que las aflicciones son comunes a todos los hombres, Dios castiga a aquellos a quienes quiere mostrar su misericordia; pero vemos que también castiga a los malvados, permitiendo que sigan pecando para su mayor condenación. ¿De qué le sirvieron a Faraón todos los azotes, sino para hacerlo tanto más inexcusable, puesto que siguió testarudo e incorregible hacia Dios, hasta su mismo final? Siendo entonces, que Dios aflige tanto a buenos como a malos y que, como vemos por experiencia, las aflicciones son fuego para encender tanto más la ira de Dios contra los malvados, concluimos que Dios castiga a muchas personas que no serán bendecidas con ello.

Entonces esto nos lleva a notar que aquí Elifaz habla solamente de aquellos que Dios castiga como a hijos suyos, para provecho de ellos, según lo declara con las palabras que siguen, afirmando que él "hace la llaga y él la vendará." El las venda, él les coloca vendajes y sana la llaga. Ustedes ven que Elifaz limita su afirmación a aquellos en quienes Dios convierte el castigo en auténtica corrección. Pero esta afirmación seguirá siendo un tanto oscura hasta que sea explicada más detalladamente, de modo que ustedes sean clara y firmemente persuadidos por ella. Notemos cómo Dios obra con los malvados. Es cierto que con el castigo él exhorta a todos los hombres al arrepentimiento (como hemos dicho) y es lo mismo que si los despertase y les dijera: "Conozcan sus faltas, y ya no sigan más en ellas, en cambio, vuélvanse a mí, y yo estoy dispuesto a mostrarles misericordia." Sin embargo, a pesar de todo ello, es bien sabido que el castigo no aprovecha a todos los hombres y que no a todos concede la gracia de volverse a él. Porque a Dios no le basta con herirnos con su mano, a menos que también nos toque interiormente con su Espíritu Santo. Si Dios no quitara la dureza de nuestro corazón nos ocurriría lo que también le ocurrió a Faraón. Porque los hombres son como yunques. Los golpes no cambian su naturaleza; puesto que vemos cómo los rechazan. De igual manera entonces, hasta que Dios nos haya tocado en lo más profundo de nuestro interior, es cierto que no haremos nada sino dar coces contra él, escupiendo más y más veneno; y toda vez que nos castigue crujiremos los dientes, y no haremos nada sino atacarle a él. Y, en efecto, tan malvada es la iniquidad de los hombres, tan testaruda, tan desesperada que cuando Dios más los castiga, más le escupen sus blasfemias, mostrándose totalmente incorregibles, de modo que no hay forma de hacerles entrar en razón. Aprendamos entonces, que hasta que Dios nos haya tocado con su Santo Espíritu es imposible que sus castigos sirvan para traernos al arrepentimiento, más bien nos llevarán de mal en peor. Y, sin embargo, no se puede decir que Dios no sea justo el obrar de esa manera. ¿Y por qué? Porque de esa manera los hombres se convencen. De modo que si Dios no los mantuviera a raya, castigando sus pecados, ellos podrían argumentar ignorancia, afirmando que no los sabían, y que ellos se excedían por no haber sido invitados por Dios a reconocer sus faltas. Pero una vez que sintieron la mano de Dios, y percibieron sus juicios, a pesar de crujir sus dientes, y de ser emplazados, no sólo han ido de mal en peor, sino que se han inflado con rebelión abierta y manifiesta contra Dios; con lo cual vemos que, en efecto, tienen sus bocas tapadas y ya no pueden decir nada por ellos mismos. Entonces ustedes ven cómo Dios muestra su justicia cada vez que castiga a los hombres, aunque dicho castigo resulta no ser una corrección para su enmienda.

Además, cuando Dios castiga a los malvados es como si precisamente hubiera comenzado a mostrar su ira sobre ellos, y que el fuego de su ira ya se hubiera encendido. Es cierto que por el momento no son consumidos totalmente; entonces éstas son señales de la horrible venganza que les está preparada para el día final. Ustedes ven que muchas personas son tocadas por la mano de Dios y sin embargo, son malditas. Porque ya comienzan su infierno en este mundo, conforme a los ejemplos que tenemos en todos aquellos que no cambian su malvada vida cuando Dios les envía aflicciones; se los puede ver en una esquina aullando como perros, y aunque no pueden hacer otra cosa, no dejan de mostrar una continua cólera. O bien son como caballos desbocados como se los compara en Salmo 32:9; o también están completamente viciados de manera que no reconocen su propio mal, quiero decir como para considerar la mano que los golpea, como dice el profeta: "habrá llanto, porque pasaré en medio de ti."1 Pero, ¿de qué sirve? Ellos ya no piensan en la mano de Dios, ni saben cómo es que él los visita. Vemos entonces, con nuestros ojos que muchas personas son aun más desdichadas al ser castigadas por la mano de Dios porque no les aprovecha su escuela ni reciben ningún beneficio de sus azotes. Pero aquí se mencionan particularmente a aquellos a quienes Dios castiga tocándolos con su Santo Espíritu. Por eso, estemos nosotros mismos seguros de que cuando Dios nos hace sentir su mano, de modo de humillarnos bajo ella, que Dios nos está haciendo un favor especial, y que se trata de un privilegio que él no concede a ninguno, sino a sus propios hijos. Cuando sentimos la corrección que él nos manda, y además somos enseñados a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestras ofensas, a suspirar y gemir por ellas en su presencia y a refugiarnos en su misericordia; digo que si ése es nuestro sentimiento en cuanto a los castigos de Dios, será señal de que él ha obrado en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo. Porque es demasiada sabiduría para que crezca por sí misma en la mente del hombre; tiene que proceder de la libre y buena voluntad de nuestro Dios; el Espíritu Santo primero tiene que haber suavizado esa maldita dureza y testarudez que hemos mencionado y a la cual nos inclinamos por naturaleza. Entendamos entonces que este texto se refiere particularmente a los hijos de Dios, los cuales no están empecinados contra la mano de Dios, sino que han sido vencidos y son dóciles por la obra del Espíritu Santo, a efectos de que ya no luchen contra las aflicciones que él les manda. Pero, aun así, esta afirmación parecerá extraña conforme a la opinión de la carne. ¿Por qué? Todas las circunstancias que resultan distintas a nuestros anhelos las tildamos de "adversidades." Cuando sufrimos hambre, sed, frío o calor decimos que es grande el mal. ¿Por qué? Porque queremos gratificar a nuestros propios apetitos y deseos. Y, en efecto, esta manera de hablar (diciendo que las desgracias que Dios nos envía son adversidades, esto es, cosas contrarias a nosotros) no carece de razón. Por eso debemos entender su propósito, esto es, que Dios aflige por causa de nuestros pecados. Por eso, no seamos seducidos a adularnos a nosotros mismos.

Además yo ya les he dicho que nos es necesario considerar que las aflicciones que nos manda Dios son porque él odia el pecado, y que si él nos emplaza ante su presencia es para hacernos sentir que él es nuestro Juez; pero también porque era necesario extendernos sus brazos y mostrarnos que está dispuesto a reconciliarnos consigo cuando nos acercamos con verdadero arrepentimiento. Percibamos entonces que son bienaventurados aquellos a quienes Dios castiga, aunque huyamos de la adversidad tanto como nos sea posible. De modo entonces que nunca seremos capaces de consentir esta doctrina y recibirla en nuestros corazones hasta que la fe nos haya hecho comprender la bondad que Dios usa para con sus siervos cuando los atrae de vuelta a sí mismo. Y para que podamos comprenderlo mejor señalemos lo que ocurre con las personas cuando Dios las deja libradas a sí mismas, y cuando no tiene intención de limpiarlas de sus pecados. Miren a una persona que es dada al mal: por ejemplo, consideremos al hombre que desprecia a Dios; si Dios lo deja solo y aparentemente no lo castiga, verán que esa persona se endurece a sí misma, y el diablo la lleva más y más lejos; por eso le habría sido mucho mejor si hubiera sido castigada antes. De modo que la mayor desgracia que nos puede ocurrir es que Dios permita que nos revolquemos en nuestras iniquidades; porque en ese caso, finalmente no pudriremos en ellas. Ciertamente, es de desear en gran manera que los hombres vengan a Dios por su propia voluntad, sin ser espoleados para hacerlo, y que se aferrasen a él sin mediar advertencia por causa de sus faltas y sin que sean reprochados; esto (digo) es algo en gran manera deseable, y más aun, que no hubiese faltas en nosotros, y que fuésemos como ángeles, deseando únicamente rendir obediencia a nuestro Creador y honrarle y amarle como a nuestro Padre. Pero teniendo en cuenta que somos tan perversos, que no cesamos de ofender a Dios y que además actuamos con hipocresía delante de él, anhelando solamente ocultar nuestras faltas; teniendo en cuenta que hay tanto orgullo en nosotros al extremo de querer que Dios nos deje solos y que nos sustente en nuestros deseos, de modo que finalmente nosotros seríamos los jueces suyos en vez de que él sea el nuestro; considerando (digo) lo perversos que somos, Dios ciertamente tiene que usar algún remedio violento a efectos de atraernos a sí mismo. Porque si nos tratara en forma absolutamente gentil, ¿ qué ocurriría? En parte podemos verlo incluso en niños pequeños. Pues si su padre o madre no los castigan, ellos los mandarían a la horca. Ciertamente ellos no lo perciben; sin embargo, la experiencia lo demuestra y tenemos refranes populares de ellos: "Cuánto más los apañas, más pañales mojan." Y las madres van aun más allá, porque les gusta adularlos mientras que ellos se echan a perder; de esta manera Dios realmente nos ofrece pequeñas ilustraciones de aquello que es mucho mayor en él. Porque si nos tratara suavemente nos arruinaríamos del todo sin posibilidad de ser rescatados. Por eso, para mostrarse como padre hacia nosotros tiene que ser severo viendo que somos de una naturaleza tan rebelde que tratándonos gentilmente no seríamos capaces de aprovecharlo. ¿Ven ustedes cómo podemos entender la verdad de esta doctrina, de que es bienaventurado aquel a quien Dios castiga? Es decir, para ser claros, considerando cuál es nuestra naturaleza, cuan testarudos somos, y cuan difícil es ponernos en orden, y que, si Dios nunca nos castigase no nos sería provechoso; y que por eso es menester que él nos mantenga bajo control, y nos dé tantos azotes como sean necesarios para que nos acordemos de él. Entonces, finalmente llegaremos a la conclusión de que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga; ciertamente, tanto más si añade la segunda gracia, esto es, para ser precisos, si aplica sus varas y sus correcciones enviando al Espíritu Santo para obrar de tal modo en el corazón del hombre que éste ya no se empecine en su oposición a Dios sino que pueda tener la consideración de reflexionar sobre sus propios pecados y ser dócil y humillarse verdaderamente. Ustedes ven entonces por qué dije que el mayor beneficio que podemos recibir es ser corregidos por la mano de Dios a tal extremo que la corrección que nos envía nos sea más útil que el pan que comemos. Porque si morimos de hambre Dios nos habrá tenido piedad sacándonos de este mundo. Pero si seguimos viviendo aquí abajo y no cesamos de provocar la ira de aquel que se nos manifiesta como un padre tan bueno y liberal, ¿no sería acaso una ingratitud demasiado vergonzosa? Les pregunto, ¿no habría sido mejor haber nacido muertos que prolongar así nuestra vida para la condenación? Pero si Dios va delante de nosotros y usa los castigos como medicina preservativa, sin esperar que la enfermedad haya avanzado demasiado, ¿acaso no es un gran beneficio para nosotros, un beneficio que deberíamos desear? Entonces, tantas veces él nos corrija con dureza y amargura, y mientras duren sus correcciones sobre nosotros y nuestra carne nos provoque a la impaciencia y desesperación, aprendamos a recordar esta lección, de que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga aunque nuestra imaginación no lo admita; puesto que, por el contrario, nosotros suponemos que no hay nada mejor que ser eximidos y guardados. Sin embargo, sabemos que no es sin razón que el Espíritu Santo haya hecho tal afirmación. No obstante, esto no es para negar que las correcciones que debemos soportar siempre son amargas y dolorosas en sí mismas, conforme a lo dicho por apóstol (Hebreos 12:11); y Dios también nos hará sentir las punzadas que nos causen dolor. Porque si no soportásemos el mal cuando Dios nos corrige, ¿adonde estaría nuestra obediencia? Además, ¿cómo aprenderíamos a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestros pecados? ¿Y cómo habíamos de temer los juicios de Dios a afectos de ser enderezados? Entonces nos corresponde estar atribulados por el mal que Dios nos envía. Y aunque el mal sea transformado en nuestro beneficio demostrándonos Dios que nos ama, no obstante, será necesario que haya algunas punzadas y dolores en ellas a efectos de que percibamos la ira de Dios y nos disgustemos con nosotros mismos en nuestros pecados. Pero debemos escalar aun más alto, y cuando hayamos aprendido que nuestra naturaleza es inclinada a todo mal, con todo hemos de confesar ante nosotros mismos nuestra necesidad de que Dios use algún castigo severo para purgarnos de él, como vemos a los médicos que a veces usan algún veneno con sus remedios, habiendo visto que la enfermedad es demasiado grave y arraigada. El médico ve perfectamente que es para debilitar sus venas y nervios; especialmente cuando no hay otro médicamente mejor que dejarlo sangrar, lo cual es tanto como extraer la sustancia de una persona, sin embargo, le es necesario usar medios tan violentos para remediar tan grave enfermedad. Del mismo todo tiene que obrar Dios en nosotros, aunque para él sea un método extraordinario. Porque cuando decimos que somos bienaventurados al ser castigados por la mano de Dios, ello debe llevarnos a la humildad viendo que Dios no puede procurar nuestra salvación sino revelándose contrario a nosotros. ¿Acaso no hay que decir con justicia que en el hombre hay una corrupción extraña, de tal modo que Dios no pueda ser nuestro Salvador y Padre excepto tratándonos ásperamente? Porque su naturaleza es revelarse lleno de gracia y gentileza a sus criaturas y él sigue este orden que también seguiría con respecto a sí mismo puesto que no hace sino derramar su bondad sobre nosotros de modo que seamos llenos de su gracia y completamente cautivos por ella. Pero sucede que si nos trata gentilmente conforme a su propia naturaleza e inclinación, estamos perdidos. De modo que debe, por así decirlo, cambiar de parecer, es decir, mostrarse distinto hacia nosotros de lo que es. ¿Y cuál es la causa de ello? Nuestra desesperante maldad. Por eso tenemos buenos motivos aquí para ser confundidos de vergüenza, viendo que él tiene (como ustedes dirían) que disfrazarse, si quiere evitar que perezcamos. En cuanto a esta frase lo dicho es suficiente.

Pero puesto que no podemos hacer una buena aplicación de esta doctrina a nuestro uso sin añadir lo que sigue, procedamos a unir ambas cosas. Dice: "Por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso, porque él es quien hace la llaga, él la vendará ; él hiere y sus manos curan y ponen vendajes adecuados sobre la herida, y después de enviar la enfermedad él la sanará." Aquí se no exhorta a no rehusar las correcciones de Dios, y las razones se exponen claramente: esto es, para ser claros, porque Dios quiere hacer las cosas bien. En ello consiste la dicha mencionada por Elifaz. Aprendamos aquí cuando Dios quiere exhortarnos a la paciencia no solamente nos dice que no podemos evitar su mano, que perdemos el tiempo rebelándonos contra él, que a pesar nuestro tenemos que transitar ese camino, y que no podemos resistir esa necesidad; de lo contrario sería "paciencia de Lombardo" como la llaman, si crujimos los dientes y nos levantamos contra Dios, cuanto podemos, de modo de no practicar la paciencia sino por la fuerza. Por eso, si queremos ser pacientes con respecto a Dios tenemos que acercarnos a él por otros medios: esto es, para ser claros, al final tenemos que ser consolados, como lo dice San Pablo en Romanos 15:4, donde une, como inseparables, estas dos cosas: es decir, (1) a efectos de que podamos tener paciencia en todas nuestras adversidades, es preciso que gustemos la bondad de Dios, recibiendo gozo por medio de su gracia, y (2) debemos convencernos de que las aflicciones provenientes de su mano son para nuestra salvación. Y esto es lo que se nos muestra en este pasaje cuando dice: No rehúses la corrección del Todopoderoso; porque él es el médico para todas nuestras heridas, es él quien te enviará sanidad para todas tus dolencias. Dios nos muestra aquí que su intención no es que los hombres estén sujetos a él diciendo: Puesto que no nos queda otra alternativa, que Dios sea nuestro Maestro; ya que no podemos escapar de su dominio." No se trata de acercarnos así a él. El Señor dice, en cambio: "No, sean pacientes, humíllense ante mí y reciban la advertencia encerrada en mis juicios para que no murmuren contra mí, ni me desafíen; de otra manera tendrán que ser aplastados por mi mano, ciertamente, al extremo de ser totalmente molidos. Pero si con toda humildad reconocen sus faltas, y vienen a mí y piden perdón por ellas experimentarán tan alivio de sus males que en medio de las mayores aflicciones tendrán ocasión de darme gracias." Esto es, les digo, lo que debemos meditar para tener verdadera paciencia. Entonces, viendo que somos rebeldes contra Dios, que tan pronto nos toca con su meñique nos ofendemos; viendo también que tenemos semejante orgullo en nosotros que ante cada castigo de Dios creemos que nos está tratando mal; cuando, les digo, tenemos estos dos grandes vicios, resulta difícil purgarnos de ellos. Tanto más debemos meditar en la doctrina que se nos muestra aquí: es decir, que Dios al afligirnos quiere someternos a sí mismo, sí, para nuestro beneficio y para nuestra salvación.

Además debemos notar claramente la promesa que aquí se expone, es decir: que Dios curará la herida que ha causado. Es cierto que esto no se aplica a todos, pero sí aplica a aquellos que reciben pacíficamente las correcciones.2 Sin embargo, notemos que Dios quiere que todos sean amonestados a volver a él, viendo que les muestra semejante bondad.3 Pero, ¿qué es lo que vemos? Hay muchos que no experimentan lo que aquí se quiere decir; y es por eso también que vemos tanta impaciencia, tantas murmuraciones; tantas blasfemias contra Dios. Las correcciones están en todas partes; pero, ¿adonde está el arrepentimiento? No lo hay; en cambio vemos que aparentemente los hombres se conspiran a resistirse, hasta el límite, a Dios. ¿Por qué es eso? Es porque hay muy pocos que entienden esta doctrina, que reciben esta promesa diciendo: "Señor, es asunto tuyo curar las heridas que tú hayas podido causar y dar salud al enfermo." Entonces, retengamos bien esta lección, viendo ciertamente que se la reitera tantas veces. Porque no es solamente en este pasaje que el Espíritu Santo habla así; vemos, en cambio, que se dice: "El Señor nos aflige, y al tercer día nos sana."4 De modo que si nos ha aplicado un azote no por eso hemos de pensar que no quiere ser propicio hacia nosotros cuando nos acerquemos a él. Si por medio de los profetas se nos hace tal exhortación, es como si Dios dijera: "Es cierto que los he afligido durante algún tiempo, pero mi misericordia seguirá con ustedes; ella será perpetua; que hayan sentido alguna ira, algún signo de enojo, como el padre que se enfurece con su hijo, no era porque yo los odiaba; pero era preciso que ustedes pudieran experimentar el resultado de sus pecados y reconocer que detesto los pecados; pero al final verán que solamente quiero curar las heridas y sanarlos de los males que les he enviado." Ahora, es cierto que a primera vista no pareciera corresponder a Dios el complacerse en curar heridas después de haberlas causado. ¿Por qué no nos deja mejor en paz y prosperidad? Pero ya les he demostrado que las llagas hechas por Dios son como otras tantas dosis de medicina. Entonces aquí se nos muestra una doble gracia: (1) Una se deduce de que cuando Dios nos aflige es porque procura nuestro beneficio; nos lleva al arrepentimiento, nos purga de nuestros pecados y aún de los que nos son ocultos. Porque Dios no se conforma con remediar meramente los males ya existentes, sino que considera que en nosotros se oculta mucha semilla mala. Entonces pone, anticipadamente, las cosas en orden; es una bendición especial que nos otorga cuando aparentemente se vuelve contra nosotros con su espada desenvainada, para darnos una señal; de su enojo; cada vez que lo hace nos muestra que es nuestro médico. Esa es la primera gracia. (2) Luego, esta es la segunda gracia, que también se nos muestra claramente: es decir, que Dios sana la herida que nos ha causado y la cura. Es lo que ya he mencionado de San Pablo (I Corintios 10:13) que no nos permite ser tentados más allá de lo que podemos llevar, sino que él hace una buena obra con todas nuestras tribulaciones.

Entonces, aunque las correcciones sean útiles para nosotros, incluso necesarias, y aunque Dios tiene que invitarnos de diversas maneras a volver a él, no obstante nos guarda, no considerando solamente lo que nuestros pecados requieren, sino lo que somos capaces de soportar. Y es por eso que dice que nos castiga por medio de manos humanas, que su ira no es tan grande como su poder. Porque, ¿qué pasaría si Dios extendiese su mano contra nosotros? Ciertamente, ¿qué criatura podría subsistir delante de él? Ciertamente, con sólo mostrar el enojo de su rostro todo el mundo perecería; y aunque no lo hace, con sólo quitarnos su Espíritu, todo perecería como dice el Salmo 104:29. En cambio, nos trata amablemente,5 y al mismo tiempo también retira su mano de sobre nosotros cuando nos ve tan molidos y doblegados bajo la carga; él nos guarda, siempre y cuando seamos de espíritu humilde, tendiendo la correcta disposición. Porque sabemos lo que declara en su ley que si venimos atacándole él vendrá de la misma manera contra nosotros, como también lo dice el Salmo 18:27. "Severo seré para con el perverso." En vano pensamos que vamos a llegar a alguna parte con el perverso, es decir, será duro cuando los hombres empleen tan obstinada malicia contra él, y bajo su dureza serán totalmente deshechos. Pero cuando tenemos buena disposición6 para sujetarnos a la mano fuerte de Dios, es cierto que siempre hallaremos en él lo que aquí se dice. Deduzcamos entonces, lo que se nos declara por medio del apóstol (I Pedro 5:6) "Humillaos," dice, "bajo la poderosa mano de Dios"; porque todo aquel que humilla su cabeza, todo aquel que dobla sus rodillas ante Dios para rendirle homenaje, si cae, sentirá la mano de Dios levantándolo; pero aquel que se opone a Dios tiene que sentir su mano contra sí mismo. ¿Queremos sentir entonces la mano de Dios entre nosotros para ayudarnos? Humillémonos; pero, /.todo aquel que se oponga necesariamente dará contra la mano de Dios entre nosotros para ayudarnos? Humillémonos; pero todo aquel que se oponga necesariamente dará contra la mano de Dios y sentirá que un rayo lo arroja al abismo. De modo que recordemos bien esta enseñanza encerrada en las palabras: "No rehúses la corrección del Todopoderoso." Cuando hayamos captado el significado de la bondad de Dios, cuando hayamos conocido su amor paternal, ello endulzará para nosotros las aflicciones que de otra manera nos parecerán severas y amargas. Sin embargo, cada uno de nosotros tiene que aplicar esta enseñanza a su propio uso. Porque será muy fácil decir: "Bendito sea Dios que así castiga a los hombres" pero al ser castigados nosotros, no elevan alabanzas, sino más bien, murmuraciones contra él. Ahora bien, nunca debemos hacer semejante cosa; en cambio, cuando somos afligidos privadamente, recibamos con paciencia la corrección, y apliquemos a nosotros mismos las exhortaciones que sabemos dar tan bien a otros. Reconozcamos entonces, que no hay ninguno de nosotros que no tenga tantos vicios en sí mismo y que son como tantos males que Dios no puede remediar excepto por medio de la aflicción que nos envía. Es cierto que si él quisiera usar poder absoluto podría hacerlo de otra manera; pero no estamos hablando del poder de Dios. Solamente estamos discutiendo los medios que extiende hacia nosotros. Puesto que entonces, que Dios anhela este arreglo de remediar nuestros vicios afligiéndonos, cada uno debe estudiar esta lección por sí mismo, a efectos de que confesamos con David: "Señor, me ha sido de provecho que me hayas humillado"(Salmo 119: 67). David no está hablando de otros como diciendo, "Señor, has hecho bien en castigar a los transgresores," sino que comienza consigo mismo. Es así como debemos hacerlo. Y es eso lo que aquí se nos muestra por el Espíritu Santo, "he aquí bienaventurado el hombre a quien Dios castiga." ¿Y por qué? Porque los humanos no pueden admitir por sí mismos ser gobernados por Dios; se resisten y siguen incorregibles; por eso les es necesario y provechoso que Dios los castigue. Ahora, puesto que hoy vemos la mano de Dios levantada, tanto en general como en particular, debemos ser tanto más afectados por esta enseñanza. Se ven cosas tan absurdas. Entonces, ¿vamos a mostrarnos asombrados si Dios manifiesta tal severidad? De todos modos, es cierto que si no lo hiciera, nos guardaría de muchos males. Es cierto que aparentemente no castiga a los malvados como a nosotros, aunque son tan rebeldes y obstinados como pueden; por otra parte, no importa cuánto sea amonestado porque de ninguna manera están dispuestos a conformarse a Dios. Pero, ¿qué de ello? El les manda advertencias por medio de las aflicciones que pone ante sus ojos en otras personas y, ciertamente, algunas veces se las hace sentir a ellos mismos; él condenará su insubordinación, tanto más cuanto ellos siguen tan rebeldes y obstinados. Ahora, de nuestra parte, oremos a Dios que no permita que nos endurezcamos tanto, sino que tan pronto nos dé muestras de su ira, el Espíritu Santo obre de tal modo en nosotros que la dureza de nuestro corazón sea atenuada, a efectos de dar lugar a su gracia, habiéndonos recibido en su misericordia, según tenemos necesidad de ella, y según podemos percibirla, si no somos demasiado estúpidos. Ahora, inclinémonos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro Dios.



***





NOTAS DELTEXTO

SERMÓN NO. 3



*Sermón 21 en Calvini Opera, Corpus Reformatorum, V. 33, pp. 258-270.

1.Amos 5:16-20.

2.Francés: benignement, benignamente.

3.Francés: douceur, dulzura.

4.Oseas 6:1,2.

5.Francés: humainement, humanamente.

6.Francés: une esprit debonnaire.

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