LLAMADO EFICAZ

"Todo lo que el Padre ma da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le hecho fuera" (Jn.6:37)

sábado, 15 de mayo de 2010

Abraham Fernandez

1875 - 1965

Su madre, una de las primeras personas convertidas al Presbiterianismo en el Norte de México, lo dedicó al santo ministerio cuando tenía él cinco años de edad. Habría de confrontarse con muchos obstáculos para obtener la preparación que dicha vocación demanda. No obstante, con fe invincible, logró vencer cada uno de ellos.

Abraham Fernández fue uno de los primeros tres alumnos de la Escuela Bíblica del Dr. Henry Pratt situada en Laredo, Texas. Fue uno de los graduados más eminentes de esa institución. Recibió su licenciatura para predicar el Evangelio en 1899 y fue ordenado al ministerio por el Presbiterio Western Texas en 1903. Su primer pastorado fue la Primera Iglesia Presbiteriana Mexicana de San Antonio, ahora La Iglesia Presbiteriana Jerusalem, la cual había sido organizada ese mismo año.

De 1906 a 1914, el Rev. Fernández sirvió como pastor de la Iglesia Presbiteriana de Aguascalientes, México e impartió clases en el Colegio Morelos, escuela de la misión Presbiteriana en esa ciudad. Allí fue donce conoció a su futura esposa, Elena Jáuregui, una alumna joven de la escuela. Una de las iglesias que pastoreó al regresar a los Estados Unidos fue la Primera Iglesia Presbiteriana Mexicana de El Paso, Texas. Allí estableció dos escuelas en la ciudad y siete misiones en el area circumvecina. Fue en una de esas misiones donde conoció e instruyó a dos hermanos jóvenes quienes fueron inspirados a entrar al ministerio. Estos fueron los Rvdos. Guadalue y Rubén Armendáriz, ministros Presbiterianos.

Fue un traductor prolífico de textos, comentarios bíblicos, e himnos. Fue un poeta innato que escribió más de mil poesías. Su más significativa contribución, sin embargo, fue como himnólogo. Redactó dos himnarios en español, “Cantos de Victoria”, y es autor de un buen número de himnos, algunos de los cuales aun estonan congregaciones de habla hispana por todo el mundo.
Su más preciada composición probablemente es aquel canto evangélico que claramente nos dice cual fue la meta de su vida: “Sembraré la Simiente Preciosa.”

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