LLAMADO EFICAZ

"Todo lo que el Padre ma da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le hecho fuera" (Jn.6:37)

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sábado, 3 de agosto de 2013

Las tensiones de la adoración: solemnidad y gozo


Todo el que ha volado alguna vez una cometa, sabe que la clave está en ponerse de espaldas al viento para que la tensión provoque que se eleve. Si no hay tensión, no hay vuelo. Y algo similar ocurre con la adoración en la iglesia. Si queremos adorar a Dios como Él merece ser adorado, debemos aprender a manejar las tensiones que eso produce sin dejarse arrastrar por ninguno de los extremos en el que muchas iglesias de nuestra generación han caído. Como la tensión entre la solemnidad y el gozo, la reverencia y la alegría.

Por ejemplo, en Deut. 28:47-48, el Señor anuncia de antemano al pueblo de Israel que una de las razones por las que vendrían sobre ellos las maldiciones de la ley, era el hecho de que ellos le no servirían “con alegría y gozo de corazón” por todas las cosas que Él nos ha concedido de pura gracia: “Por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas, servirás, por tanto, a tus enemigos que enviare Jehová contra ti, con hambre y con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas; y él pondrá yugo de hierro sobre tu cuello, hasta destruirte”.

Pero luego les dice en los versículos 58 y 59: “Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: JEHOVÁ TU DIOS, entonces Jehová aumentará maravillosamente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, y enfermedades malignas y duraderas”. Debemos aprender alegrarnos en Dios y temerle a Dios.

Dice David en el Salmo 2:11: “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor” (comp. Sal. 4:4 y 7; 33:1-3, 8-9). Hay una tensión saludable aquí que debemos mantener en nuestros cultos, entre la solemnidad y el gozo, entre la reverencia y la alegría; de lo contrario no podremos comunicar apropiadamente los diversos aspectos que encontramos en el evangelio.

Pocos pasajes del NT presentan esta realidad en una forma más impresionante que He. 12:18-29. El autor de la epístola está haciendo un contraste aquí entre la experiencia de Israel al pie del monte Sinaí, cuando el Señor descendió para darles la Ley, y la que experimenta la Iglesia hoy cuando se reúne como cuerpo en el día del Señor. El pueblo de Israel se había acercado a un “monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más” (He. 12:18-19). Era tan terrible lo que se veía que aún Moisés exclamó: “Estoy espantado y temblando”.
Pero la iglesia se ha acercado más bien “al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (12:22-24).

En otras palabras, lo que los judíos experimentaron en el Sinaí no era más que la sombra de una realidad más sorprendente. Y es a esa realidad que nosotros nos acercamos cada domingo en nuestros cultos congregacionales: “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos. La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo… Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (vers. 25-29).

El hecho de que la sangre de Cristo nos haya limpiado de todos nuestros pecados, no debería disminuir nuestra reverencia hacia Dios, sino más bien aumentarla, porque la obra redentora de Cristo es una clara indicación de que nuestro Dios no toma el pecado con ligereza. Los creyentes del Nuevo Pacto sabemos ahora que, por causa de nuestros pecados, Dios envió a Su propio Hijo a derramar Su sangre en la cruz, pues de otro modo nadie hubiese podido ser salvo. Por lo tanto, nosotros deberíamos experimentar una reverencia más profunda cuando nos acercamos a la presencia de Dios.
Pero ésta es sólo una cara de la moneda. Como bien señala Dan McCartney: “La verdadera adoración está llena de gozo precisamente porque está apercibida de cuán temible es Aquel a quien adoramos, y cuán grande es nuestro privilegio al permitírsenos acercarnos a Él”. De manera que si la adoración a Dios fue descrita en el antiguo pacto como una fiesta solemne, más razón tenemos ahora de verla de ese modo, porque nosotros vivimos de este lado de la cruz.

Es solemne porque estamos delante de un gran Dios que es “fuego consumidor”, y nosotros somos criaturas del polvo cargadas de pecado. Pero es festiva, porque ese gran Dios se ha compadecido de nosotros y ha diseñado un plan de redención que nos permite acercarnos a Él y tener comunión íntima con Él como un hijo con su Padre.

Nuestro reto es poder comunicar en nuestros cultos esa solemnidad y ese gozo en una forma accesible a las personas que ministramos, sin caer en ningún extremo. En palabras más sencillas, nuestras reuniones congregacionales no pueden llegar a convertirse en un jolgorio ni en un funeral. Y para lograr ese balance, también debemos aprender a manejar la tensión entre el entendimiento y las emociones. Pero eso lo veremos en la próxima entrada, si el Señor lo permite.

Gracias al pastor Sugel Michelen
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Las tensiones de la adoración: Entendimiento y emoción


Alguien dijo una vez que “toda experiencia espiritual comienza en la mente”. Para que una experiencia espiritual sea genuina debe surgir como una respuesta a la verdad de Dios revelada en Su Palabra; y la verdad es entendida y asimilada con la mente. Recuerden las palabras del Señor a la mujer samaritana, en Jn. 4:23-24: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

La verdadera adoración surge como una respuesta del creyente a la comprensión de la verdad. Aunque nuestras emociones deben estar involucradas en la adoración, como veremos en un momento, siempre deben estar subordinadas y gobernadas por el entendimiento, no al revés; porque la adoración gira en torno a la verdad de Dios revelada en Su Palabra. A mayor comprensión de estas verdades, mayor capacidad de adoración. Consecuentemente, lo primero que debemos evaluar en un culto de adoración es la centralidad de la verdad de Dios en todo lo que se hace. Se adora en la misma medida en que la verdad de Dios es proclamada y entendida, y en la medida en que nosotros respondemos apropiadamente a ella.

Pensemos en los himnos que cantamos, por ejemplo. La calidad poética es importante, así como la melodía que lo acompaña; pero el estándar final para juzgar un himno es el contenido de verdad que posee. Su calidad poética y su melodía pueden contribuir a que recibamos la verdad que el himno expresa con más claridad y fuerza, y en una forma más memorable. Pero la calidad poética y la melodía de un himno de adoración no son un fin en sí mismos, sino un vehículo para lograr un fin. Y ¿cuál es ese fin? La proclamación más efectiva de la verdad. Ése es el énfasis de Pablo en Col. 3:16: “La Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (comp. Ef. 5:19; Sal. 47:7; 49:3).

Ahora bien, por el hecho de haber sido creados a la imagen Dios, no sólo somos criaturas que piensan, sino que también sentimos una gama muy variada de sentimientos y emociones, que juegan un papel sumamente importante en nuestras vidas, porque interactúan con nuestra mente y nuestra voluntad en todas las decisiones que tomamos y en todas las cosas que hacemos. El problema es que el pecado no solo trastornó nuestro entendimiento, sino también nuestras emociones, de tal manera que el pecador se siente atraído hacia aquello que lo daña, y al mismo tiempo repele y rechaza lo que es para su bien.

Cuando el Espíritu Santo obra en nosotros la regeneración, abre nuestro entendimiento para que podamos comprender la verdad y así tener una perspectiva correcta de las cosas. El Espíritu Santo inicia en nosotros un proceso de renovación de nuestras mentes que transforma también nuestra vida emocional (comp. 2Cor. 4:3-6).

El arrepentimiento, por ejemplo, no se trata simplemente de un análisis frío de nuestras transgresiones contra la ley de Dios. El verdadero arrepentimiento viene acompañado de un despertar de nuestras conciencias y de un claro entendimiento de la ley moral, que nos hace sentir miserables por nuestra rebelión contra el Dios amante que la promulgó, pero también gozosos por haber sido perdonados por ese mismo Dios que hemos ofendido. Es por eso que nuestros himnos deben expresar nuestro lamento por el pecado, pero también nuestro gozo por el perdón y reconciliación con Dios y nuestro anhelo por crecer en obediencia.

Es impactante como lo dice Charles Spurgeon, el gran predicador inglés: “Muchos se toman a la ligera el pecado y, en consecuencia, hacen lo mismo con el Salvador; pero aquel que ha estado delante de su Dios, culpable y condenado, con la soga al cuello, llora de alegría cuando recibe el indulto, aborrece la maldad que le ha sido perdonada y vive para honrar al Redentor cuya sangre lo ha limpiado”.

En la misma medida en que vamos adquiriendo un mejor entendimiento de las múltiples facetas del evangelio, en esa misma medida nuestra respuesta emocional se intensifica. Y cuando nos unimos en comunión con aquellos con quienes compartimos un mismo Padre, un mismo Señor, una misma fe y una misma esperanza, nuestras emociones se intensifican todavía más. El gozo se hace mayor cuando es compartido con otros que creen lo mismo que yo creo y disfrutan lo mismo que yo disfruto. Sin embargo, precisamente porque nuestra respuesta emocional tiende a intensificarse cuando estamos en compañía de otros, es en ese contexto en el que podemos ser más fácilmente extraviados por el emocionalismo.

El emocionalismo es un estado emocional producido artificialmente a través de la manipulación de ciertos elementos de tal manera que nuestras emociones toman el control de nuestra personalidad. Por eso es tan peligroso, porque afecta nuestro entendimiento y nos coloca en una posición en la que podemos ser fácilmente engañados. Herbert Carson dice al respecto: El “emocionalismo puede guiar a una persona a una falsa profesión [de fe] y anestesiarlo de tal modo que se sienta satisfecho con su condición, y venga a ser inmune a la demanda real del evangelio”.

Pero no solo eso; el emocionalismo también es peligroso por ser altamente adictivo. Sigue diciendo Carson: El “falso emocionalismo actúa como una droga que embota los sentidos aún cuando parece estimularlos, de modo que el adicto necesitará dosis más frecuentes y más fuertes”. Por eso son tan relevantes las palabras de John MacArthur cuando nos advierte que “La adoración no es energizada por métodos artificiales. Si sientes que debes tener rituales… o cierto tipo de música que disponga el ánimo para adorar, lo que estás haciendo no es adoración”.

Todo cristiano sincero tendrá siempre el deseo de percibir la presencia de Dios en sus cultos de adoración. Pero ese deseo genuino sin la debida instrucción deja a los cristianos a expensas de ser manipulados por la habilidad de un director de himnos, de un predicador o simplemente por el tipo de música que se usa. Un autor cristiano llamado Bob Kauflin usa el siguiente ejemplo para ilustrar lo engañosa que puede resultar la música:

“Una vez escuché acerca de una cristiana que había pasado cierto tiempo sirviendo a Dios en Sudáfrica. Mientras visitaba una clínica de salud ella fue profunda movida por el sonido de un grupo de mujeres Zulúes cantando. La armonía era cautivadoramente hermosa. Con lágrimas en los ojos, le preguntó a una amiga si conocía la traducción de las palabras. “Claro”, le respondió la amiga: La letra de la canción decía: “Si hierves el agua, no tendrás disentería”.

Eso no quiere decir que las emociones no sean importantes en la adoración. Una adoración sin emoción es una adoración sin corazón, y una adoración sin corazón no es adoración. Pero “el sano despertar de las emociones – como dice Carson – es producido por la verdad de Dios aplicada por el Espíritu Santo a la mente, la conciencia y la voluntad. Es por el impacto de la Palabra que emergen las experiencias emocionales más profundas, y es aquí donde encontramos el secreto de los profundos sentimientos asociados en la Escritura con la verdadera adoración”.

El apóstol Pedro nos arroja mucha luz en cuanto al sano despertar de nuestras emociones en su primera carta; hablando del Señor Jesucristo dice: “…a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1P. 1:8). Los cristianos aman a Cristo y se gozan en Él. Ése es uno de los distintivos esenciales del cristiano: aman a Su Salvador sin haberle visto y se alegran en Él con un gozo inefable y glorioso.

Así que este es un gozo y una alegría que emanan de la fe. No se trata de algo creado artificialmente a través del uso de ciertos elementos. Es un gozo que se produce en el creer. “En quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”.

Y eso nos lleva una vez más a la centralidad de las Escrituras en la verdadera adoración, porque esos afectos verdaderos que emanan de la fe, sólo pueden ser producidos por la obra del Espíritu en el corazón de los creyentes a través de la Palabra. Todo lo demás no es otra cosa que manipulación y emocionalismo.

Es por eso que debemos insistir que en la verdadera adoración el intelecto va delante y las emociones detrás, no puede ser al revés. Sin verdad no hay adoración y la verdad sólo se entiende con la cabeza. Pero de la misma manera debemos decir que la ortodoxia sin emoción revela una comprensión inadecuada de la verdad. La adoración que agrada a Dios y edifica a Su pueblo tiene luz y calor, ortodoxia y entusiasmo, entendimiento y celo, pensamientos y emociones.

Pablo nos da un buen ejemplo de esto en Rom. 11:30-36, y con este pasaje concluyo. Meditando en la gloria del evangelio de Cristo, y luego de escribir uno de los pasajes más teológicos de la carta a los Romanos, Pablo prorrumpe en alabanza y adoración: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

Gracias al pastor Sugel Michelen
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domingo, 19 de septiembre de 2010

La Esperanza es un don glorioso

Por Dr. John Owen

“Cristo en vosotros la esperanza de gloria” – Colosenses 1:27
La esperanza es un don glorioso, cuyas bendiciones se encuentran en la Biblia, y una operación eficaz que sustenta y consuela a los creyentes. Por ella somos purificados, santificados y salvos. Y, además de su excelencia y eficacia, es una de las formas principales en que Cristo habita en nosotros: “Cristo en vosotros la esperanza de gloria” (Col. 1:27). Cuando Cristo manifiesta su presencia en nosotros, nos da una infalible esperanza de gloria; Él nos da una garantía segura de la misma y trabaja en nuestra alma para que estemos a su expectativa. La esperanza no es una expectativa incierta sobre el porvenir que esperamos; sino que es un don del evangelio y, por lo tanto, quita toda inseguridad que pueda despejarnos de sus ventajas. Es un anhelo ardiente que proviene de la fe, confianza y seguridad, acompañado de un profundo anhelo de bienestar. Debido a un concepto equivocado, los cristianos trabajan y se esfuerzan por obtener sus beneficios; porque suponen que vivir en esperanza es un estado que existe no sólo en una vida de fe y de seguridad en esa fe, sino también en ellos mismos. Piensan que tener la esperanza de ser salvos es una condición de aquellos que no tienen una fe o seguridad fundamentada. Sin embargo, esto es transformar un fruto del espíritu en un simple afecto natural. La esperanza del evangelio es fruto de la fe, confianza y seguridad. La grandeza de los asuntos de la gracia con una esperanza bien fundamentada no puede ser superada. (Rom. 5:2-5)

La razón por la cual el hombre no ejercita, ni se beneficia por, este don es porque no contempla ni medita en las cosas que espera. El principal objetivo de la esperanza es la gloria eterna (Col. 1:27, Rom. 5:2). Su propósito característico es sustentar, consolar y alentar el alma en toda prueba, cansancio y abatimiento, con la firme expectativa de una pronta entrada en esa gloria que trae como consecuencia un anhelo ardiente por alcanzarla. Por lo tanto, a menos que nos familiaricemos con la realidad de esta gloria mediante la meditación continua en ella, será imposible que sea el objeto de una esperanza vigorosa y activa por la cual el apóstol decía “somos salvos”. Sin esta meditación, no podemos tener evidencias de lo eterno, ni valorarlas, así como tampoco estaremos preparados mentalmente para ellas como deberíamos estarlo.

Supongamos que varias personas se involucran en un viaje hacia un país muy lejano, del cual todos perciben que es un lugar de descanso y que hay una herencia que los espera. Según esta percepción, emprenden el viaje para alcanzar lo que está preparado para ellos. Sin embargo, algunos de ellos sólo tienen una noción general de cuáles son esas cosas. No saben nada específico sobre ellas y están tan ocupados en otros asuntos que no tienen tiempo para investigarlas; o simplemente no pueden llegar a un conocimiento particular de ellas y se conforman con sus esperanzas y expectativas generales. Sin embargo, hay quienes hacen lo posible por conocer particularmente el entorno del lugar a donde van, junto con la excelencia de la herencia y las cosas que están preparadas para ellos. El viaje se hace largo y cansador, enfrentan muchas dificultades y grandes peligros, y no hay nada que los tranquilice y anime, sólo la esperanza y la expectativa que pusieron en el país al que se dirigen. La primera clase de personas se desalentará y debilitará; sus esperanzas generales no podrán tranquilizarlas. Sin embargo, aquellas personas que tengan una noción y percepción definida de las cosas del país al que se dirigen, y de su incomparable excelencia, estarán preparados para animarse y mantenerse en pie.

Es seguro que en nuestro viaje o peregrinaje hacia la patria celestial nos encontraremos con toda clase de peligros, dificultades y pruebas. Una noción general de las bendiciones que nos esperan no hará funcionar en nosotros una esperanza viva y espiritual. Sin embargo, cuando pensamos y meditamos en la gloria futura de la manera en que debemos, esa esperanza que se desconoce, principalmente sus beneficios y su ejercicio, será la más activa y vigorosa y estará presente en cada situación. Por lo tanto, es un beneficio invaluable que encontrarán aquellos que tienen una mente espiritual.

El Amen

El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano

NO. 679

Sermón predicado la mañana del Domingo 4 de marzo de 1866
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres

"El Amén." -- Apocalipsis 3:14

Sermones
La palabra "Amén" tiene mucho más significado de lo que pudiera suponerse, y como título de nuestro Señor Jesucristo es eminentemente sugestiva. Como ustedes saben, se trata de una palabra hebrea que ha sido adoptada adecuadamente no solamente por nuestro idioma, sino por la mayor parte, o más bien por todos los idiomas de la Cristiandad. Es una feliz circunstancia que algunas de estas palabras hayan tenido la suficiente vitalidad en sí mismas para poder ser transplantadas a otras lenguas y aún así florecer. Nos da un tenue presagio de la adoración unida de los espíritus celestiales, e indica la voluntad del Señor de que la raza hebrea no sea olvidada por su iglesia, y que la lengua de Su bien amado Israel aún suene dulcemente en Su oído.

AMÉN significa, verdadero, fiel, cierto, pero su sentido se comprenderá mejor tomando cuidadosa nota de sus usos. Tenía por lo menos tres formas de significado práctico. Primero, era utilizada en el sentido aseverativo. Cuando una persona quería darle una especial autoridad a sus palabras, comenzaba o concluía con la palabra "Amén" y así declaraba como si fuera el solemne "sí, sí," de un hombre honesto amante de la verdad: ciertamente, con toda seguridad, así es. Nuestro Salvador utiliza el término frecuentemente. La palabra que nosotros traducimos "de cierto, de cierto" es esta palabra "Amén."

Ustedes deben haber observado que Juan, que tenía una visión aguda para los divinos estados de ánimo del Señor Jesús, observa con una fidelidad que nunca falla, la repetición de esa palabra afirmativa. Cada vez que nuestro bendito Señor estaba a punto de decir algo especialmente solemne, algo a lo que Él quería otorgar todo el peso de Su autoridad, Él lo establecía repitiendo dos veces la palabra "Amén, Amén," o "de cierto, de cierto," al principio de lo que iba a decir.

El segundo sentido de la palabra Amén varía ligeramente del sentido aseverativo, y puede ser más adecuadamente descrito como consentir. Hay un ejemplo memorable de esto en el caso de la mujer que tenía que beber las aguas amargas que traen maldición.

Cuando la mujer bebía las aguas amargas, estaba establecido que si había sido culpable del crimen que se imputaba ante su puerta, ciertos resultados terribles seguirían como efecto de esta agua. Ella, al momento que las bebía, decía: "Amén, amén." Es decir, ella daba su consentimiento para que tales y tales dolores cayeran sobre ella, si había sido realmente culpable de adulterio.

Y un ejemplo más memorable aún es el del pueblo reunido sobre el Monte Ebal y el Monte Gerizim; cuando las amenazas y las bendiciones eran leídas para que todo el pueblo las escuchara, la gente decía "Amén, amén." Que así sea. De similar carácter es el caso en el libro de Nehemías; cuando Ezra bendecía a Jehová, el grandioso Dios, toda la multitud respondía, Amén, alzando sus manos.

Un tercer significado de la palabra Amén es el que podríamos llamar peticionario. En este sentido lo utilizamos al final de nuestras oraciones. "Padre nuestro que estás en el cielo" no es un modelo completo de oración pública hasta que no concluya con "Amén."

En la iglesia primitiva era una costumbre que la congregación entera dijera Amén. Pablo alude a esta costumbre en ese pasaje en la carta a los Corintios en donde habla de personas que oran en lenguas desconocidas, y dice, "El que ocupa lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? Pues no sabe lo que has dicho." Tenemos el reporte de Jerónimo que en Roma la gente estaba acostumbrada a decir Amén en las reuniones de los primeros cristianos, tan sinceramente, y yo agregaría con tanta fuerza, que era como el rugido de una catarata o el estallido de un trueno.

Yo quisiera que nosotros dijéramos Amén de una manera más uniforme y universal, al fin de la oración pública. Estoy seguro que esto es bíblico y apostólico, y creo que sería útil para todos ustedes. Tal vez la costumbre fue abandonada por la forma irregular en la que los hermanos decían Amén. He oído la misma irregularidad en ciertas rústicas congregaciones Metodistas, donde me ha parecido que el Amén se expresaba en el lugar equivocado, habiendo yo deseado que la costumbre se descontinuara completamente, debido a que ciertos ignorantes, atolondrados, pero entusiastas hermanos decían Amén cuando no había nada que llevara a decirlo. Más bien causaban el ridículo que la reverencia, mostrando niveles tanto de insensatez como de fervor. Sin embargo no dudo que un juicioso reavivamiento de la costumbre sería útil en la iglesia de Dios.

También significa, "Así sea, que así sea," y es virtualmente el consentimiento de la congregación entera a la oración recién formulada. Observen el devoto Amén de Benaía, al cierre de la oración del moribundo David, con la notable adición: "Amén. Así lo diga Jehová, Dios de mi señor el rey." (1 Reyes 1:36) Observen también cómo finaliza el salmista varios de sus salmos, tales como el cuarenta y uno y el setenta y dos con la enfática conclusión: "Amén y Amén."


"Que toda criatura se levante y ofrezca
Honores especiales a nuestro Rey;
Ángeles, desciendan con himnos nuevamente,
Y tú, tierra, repite el largo AMÉN."

Si quisieran investigar aún más el uso y el significado de esta notable palabra, hay un valioso sermón acerca del tema, en las obras de Abraham Booth, que pueden leer como yo lo he hecho, con gran beneficio. Cualquier cosa que lleve a revivir su uso de manera más generalizada en la adoración pública, será asunto de gran congratulación.

Me parece que podría haber dividido mi sermón el día de hoy muy adecuadamente en estas tres categorías: aseveración, consentimiento, petición. Pues en cada una de ellas nuestro adorado Señor Jesucristo es ciertamente "el Amén." Él afirma la voluntad de Dios, Él asevera a Dios mismo. Dios el Hijo es llamado constantemente el Logos, la Palabra: el que afirma, declara y da testimonio de Dios.

En segundo lugar, sabemos que Jesucristo da su consentimiento a la voluntad, el designio y el propósito de Jehová. Da un Amén a la voluntad de Dios, es de hecho el eco, en su vida y en su muerte, de los propósitos eternos del Altísimo. Y en tercer lugar, Él es "el Amén" en el sentido de petición; pues a todas nuestras oraciones Él les da la fuerza y el poder que tienen. Es Su Amén a nuestras súplicas, lo que las hace prevalecer ante el trono del Altísimo. En estos tres sentidos Cristo puede ser llamado: "EL AMÉN."

Pero hemos preferido dividir el sermón de otra manera. Nuestro bendito y por siempre adorado Señor Jesús es, primero, "el Amén" en referencia a Dios; segundo, "el Amén" visto en Él mismo; y, tercero, espero que algunos de nosotros hemos confiado claramente en Él como "el Amén" en relación a nosotros mismos.

I. Refresquen su memoria acerca esta gran verdad, nuestro SEÑOR ES, EN GRADO SUMO, EL AMÉN DE DIOS.

Revisemos los varios puntos en los que Él es "el Amén" de Dios. Debemos hablar, por supuesto, de Dios según la manera de los hombres; que se entienda que ese grano de sal es para dar sabor a todo lo que decimos. Jesús es "el Amén" de los propósitos divinos. Hubo un día antes de todos los días, cuando no había día sino el Anciano de días; un tiempo antes de todos los tiempos, cuando Él, que hizo todo el tiempo, habitaba solo.

Entonces en su mente augusta Él concibió el plan de redención. Él vio de antemano al mundo arruinado por el pecado. Él determinó que un número que ningún hombre podría contar, sería redimido para Él para que fueran sus hijos para siempre, amados de Su alma. Él hizo estos propósitos, y los fijó con firmeza: habría un pueblo que declararía Su alabanza por toda la eternidad. Estos propósitos no eran sino propósitos hasta que Dios les dijo Amén, y los convirtió en decretos definitivos y válidos al determinar que daría a Su propio Hijo amado. Si Dios no hubiera resuelto dar al Señor Jesucristo como redentor, el propósito de la redención no hubiera tenido ningún Amén. Si no hubiera designado a Cristo para que fuera la cabeza del cuerpo, a Su propósito relativo al cuerpo le hubiera hecho falta el Amén.

El dar nuestras almas a Cristo de acuerdo a las Escrituras, fue una muy antigua transacción del pacto; y el don del Hijo a nosotros también es de fecha igualmente muy antigua, pues Él es considerado por Dios como el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo. Ese don de Cristo a nosotros en el pacto eterno fue el sello virtual del Padre poderoso sobre Su decreto para hacerlo válido y bueno. Mucho antes que ustedes y yo tuviéramos el ser, antes de que este grandioso mundo comenzara de la nada, Dios había hecho que todos los propósitos de Su eterno consejo permanecieran seguros y firmes por el don de Su Hijo querido a nosotros. Él fue entonces el Amén de Dios a su propósito eterno.

Cuando nuestro Señor realmente vino a la tierra, Él fue entonces el Amén de Dios a la larga lista de profecías. Uno a uno los siervos de Dios habían testificado en lo concerniente a la llegada del Mesías. Algunos habían hablado evangélicamente, como Isaías; otros con un sabor más legal, como Moisés; pero su testimonio tenía el mismo efecto: que en el cumplimiento del tiempo un profeta sería levantado, y que un hombre nacería de una virgen que sería al mismo tiempo el "Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno."

Estas promesas se siguieron de manera abundante y veloz, todas ellas coherentes, cada una manifestando la mismísima venida del Justo; pero no había un Amén a ellas, eran cosas esperadas, pero todavía no la sustancia; hasta que por fin, en el silencio de la medianoche, los ángeles cantaron dulcemente su advenimiento, "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!" "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor." Ese niño entre bueyes de largas cornamentas, ese hijo de un carpintero, era la declaración de Dios que la profecía era la voz del cielo. Ahora, ustedes profetas, que duermen en sus tumbas, tenemos el testimonio de que ustedes no mintieron. Ahora el mismo Dios se ha revelado y ha puesto su sello dando testimonio que ustedes son verdaderos. En la forma bendita del hijo de María, el Amén de Dios aparece tanto a los pastores como a los magos del oriente.

En el mismo sentido Cristo fue el Amén de Dios a todos los tipos levíticos. El cordero ofrecido en la mañana y a la caída de la tarde, la vaca alazana, las tórtolas, y los dos pichones cuya sangre rociaba el altar, el novillo del sacrificio, el macho cabrío del sacrificio de expiación, el rociado abundante de la sangre, todos eran el reconocimiento del hombre de su fe en Dios, y a la vez la declaración de Dios diciéndole al hombre que Él había provisto un sacrificio. Aquel novillo humeante ofrecido por Aarón y sus hijos no es nada todavía, es sólo una figura, le falta el Amén que le dé cuerpo, fuerza, sustancia. Ese cuchillo levantado, ese sacerdote vestido de fino lino blanco, esa sangre vertida sobre el altar, todas esas cosas no son nada, necesitan que se ponga un alma en ellos.

Cuando Cristo vino, y especialmente cuando fue a la cruz como una víctima hacia el altar, Él fue colocado en ella, y entonces fue que Dios solemnemente agregó el Amén a lo que de otra manera eran tipos y sombras. "Consumado es," dijo el Salvador, y entonces fue, como dice nuestro poeta,


"¡Cumplidos son todos los tipos y sombras
De la ley ceremonial!
Cumplido todo lo que Dios había prometido;
La muerte y el infierno ya no atemorizarán:
¡Todo se ha consumado!
Santos, de allí obtengan su consuelo."

"El Amén" está fijado para los propósitos, para las profecías, y para los tipos. Debe ser sumamente merecedor de la consideración de ustedes, que Cristo es el Amén de Dios a la Majestad de su ley.

Fue un Amén muy solemne el que dio Dios en la cima del Sinaí, cuando llegó acompañado de diez mil de sus santos, y el monte humeaba bajo Sus pies. Cuando oigo esas palabras, "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas;" y ese sonido de la bocina aumentando cada vez más, haciéndose muy fuerte y prolongado, ese estallido del trueno y esos poderosos, potentes resplandores de grandes relámpagos, fueron el Amén de Dios. Un Amén que rodó con estruendos a lo largo del desierto de Kadesh, que hizo a las tiendas de Cedar temblar e hizo parir a las gacelas y hasta quebrantó a los majestuosos cedros del Líbano. Fue un Amén tan terrible que la gente suplicaba para no tener que oír más; sus corazones estaban sobrecogidos por el terror del surgimiento espantoso de la ley de Dios, aunque Él la reveló en las manos de un mediador por medio de ángeles.

Pero queridos amigos, puedo señalarles a ustedes un Amén más solemne que ese, más terrible que el del Sinaí, aunque ustedes puedan soportar mejor su espectáculo. Dios ha dicho, "El alma que pecare, esa morirá." "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas." Allí está el Hijo de Dios. Él mismo no ha pecado, pero se le han imputado todos los pecados de su pueblo. Nunca ha quebrantado la ley, pero todas nuestras trasgresiones fueron colocadas sobre Él. Ahora, ¿qué le dirá Dios? Dios lo encuentra como una vez encontró a Adán en el huerto, pero Jesús no se esconde como lo hizo Adán. Él se enfrenta a la severa justicia cara a cara.

Allí está Él, el sustituto del pecador; ¿qué dirá ahora el infinitamente justo Jehová? La ley dice que Él es maldito, pues tiene al pecado sobre Él; ¿consentirá el Padre que su propio Amado sea hecho maldición por nosotros? Escuchen y oigan el Amén del Señor. "Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos." ¿Cómo? ¿Acaso Dios el Padre dice Amén? ¿Puede ser eso así? ¡Sí, así es! Él dice: Amén. Y qué terrible Amén, cuando el sudor de sangre que corre brota de todos los poros de Su cuerpo sumamente bendito e inmaculado y cae en terribles coágulos sobre el helado suelo. Oh Dios tu dijiste ciertamente Amén, a todo el terror de Tu ley cuando Cristo tuvo que exclamar: "Mi alma está muy triste, hasta la muerte."

Sin embargo es más sonoro ese Amén en el Gólgota donde está el Salvador, escarnecido, despreciado, rechazado; atado a la columna romana, quebrantado por el flagelo y en el asiento de los escarnecedores, coronado con espinas. Ahí la ley pareció decir, "El pecador debe ser despreciado y rechazado, el pecador es algo vergonzoso, que merece que se le escupa, el pecador merece ser coronado con espinas." Y Dios dice, Amén, y su propio Hijo amado que estaba en el lugar del pecador, tuvo que publicar la temible aprobación de Dios a las demandas de justicia. Allí, a lo largo de las calles de Jerusalén, sobre piedras tan duras como los corazones de los hijos e hijas de Jerusalén, más duros no podrían ser, Él va dejando un rastro de sangre hasta el Monte Calvario.

Y allí, cuando sus manos y sus pies son perforados, y su alma es atravesada con algo peor que clavos, y su corazón es obligado a beber tragos más amargos que el ajenjo mezclado con hiel, y su alma es sujeta a peores tentaciones que el simple desprecio o el abucheo y las burlas de la multitud; allí donde su alma murió en Su interior porque Dios lo abandonó, Él clamó, "Elí, Elí, ¿lama sabactani?" Allí fue que Dios pronunció el severo y terrible Amén a esa sentencia, "Maldito todo el que es colgado en un madero."

Amados hermanos, si quieren saber hasta qué grado Dios odia al pecado, y con qué venganza persigue la iniquidad, deben verlo perseguir a ese pecado justo hasta el refugio donde pensó que lo iba a encontrar, en Su propio Hijo amado. Aunque nunca fue Su pecado, sino nuestro pecado puesto sobre Él, sin embargo Dios no perdonó a Su propio Hijo. Tan sólo vean cómo fue golpeado duramente por Dios y afligido, porque el castigo de nuestra paz cayó sobre Él, y con sus azotes somos sanados, y de inmediato verán que Jehová no considera que el pecado sea algo sin importancia.

Debe haber sido un espectáculo grandioso estar en el valle entre Ebal y Gerizim y escuchar la lectura de la ley, y luego oír a las seis tribus colocadas sobre el monte Gerizim responder solemnemente a todas las bendiciones: Amén; como un trueno tremendo debe haber brotado ese Amén de los diez mil labios de los hijos de Israel. Y luego cuán terrible, en qué tonos avasallados por el miedo, como el profundo murmullo de una tempestad amenazante, debe haber sonado el terrible Amén en Ebal, cuando todas las amenazas eran leídas: "Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas. Y dirá todo el pueblo: Amén."

Pero consideren esta palabra, fue algo mucho más solemne cuando Dios habló, que cuando las tribus hablaban, y Él ciertamente habló sobre el Calvario en tonos cuyos truenos reverberan a través de todas las edades, y se oyen en murmullos terribles en el abismo del infierno. Jehová, a Quien los querubines cantan como "Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos," entonces dijo "Amén, ¡que así sea! Venganza, ¡sáciate! Justicia, ¡sacrifica a la víctima! Que el inocente sustituya con Su sangre a los hombres." Nuestro Señor Jesús, lejos de destruir la ley, vino a ser el Amén de Dios para su castigo, y para sancionarla y establecerla como la ley de Dios para siempre

Sin embargo, no hemos terminado con este tema. Jesucristo es, como ustedes saben, el muy bendito Amén de Dios a todas Sus promesas del pacto, porque está escrito que: "Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén." El apóstol Pablo parece haber discernido atinadamente acerca del espíritu del nombre de Cristo, Amén, cuando dice, "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" Cuando Dios entregó a su Hijo, Él virtualmente dio todas las bendiciones del pacto a su pueblo. En el don de Jesucristo, Dios hizo que cada promesa que había sido hecha antes de la venida de Cristo, fuera segura y cierta. Cristo fue la cera derretida en el fuego sobre la cual Dios puso el sello de Su propio honor de que Él sería fiel a los compromisos del pacto que Él había hecho.

Hermanos, si el decir Amén sobre el Monte Gerizim a la bendición de la ley tenía algo deliciosamente consolador y confortable, ¿cuánto más divinamente dulce no fue el Amén de Jehová cuando Jesucristo se levantó triunfador de la muerte? ¡Cuánto más cuando sobre las colinas eternas se remontó en un glorioso triunfo, y subiendo a lo alto llevó cautiva a la cautividad! Espíritus devotos, vengan y fíjense en el Amén de Dios a las bendiciones del pacto. Vean allá la poderosa multitud de ángeles y oigan su himno cuando cantan: "Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos, vosotras puertas eternas, y entrará el Rey de gloria."

¿Desean oír ustedes el Amén de Dios? Óiganlo cuando le pide a su Hijo, en medio de aclamaciones universales, que se siente en Su trono y reine con Él, esperando hasta que sus enemigos sean hechos Su escabel. ¡Oh, grandemente benditos son ustedes los santos que son uno con Jesús, pues Dios lo ha bendecido a Él y por consiguiente a ustedes! Ustedes tienen sus tronos en los alto, oh santos, pues Cristo está sobre su elevado trono! Dios lo ha enaltecido y Él ha enaltecido a todos sus santos en Él! Él no sólo se goza por Él, el cristiano más insignificante tiene una participación en todas las glorias del Salvador. La entronización de Cristo es la declaración solemne de Dios y el Amén, que Él bendecirá a todo Su pueblo y lo hará un pueblo de reyes y sacerdotes que reinarán para siempre.

Una vez más, Jesucristo será el Amén de Dios en la conclusión de esta dispensación, en el cumplimiento de los tiempos. No me voy a adentrar en preguntas curiosas acerca de cómo terminará esta dispensación. Tengo mis propias nociones acerca de ello, y otras personas tienen las suyas. Creo que si algunas personas fueran tan reticentes acerca de ellas como yo lo soy de las mías, no venderían tantos libros que valen dos centavos, ni harían tantas adivinaciones insensatas acerca del futuro. Yo solamente sé esto, que Jesucristo vendrá a su debido tiempo, y que cuando Él venga, ya sea inmediatamente, o después de un reino del milenio, sucederán con certeza dos cosas: el justo será recompensado, y el impío será condenado. De esas dos cosas podemos estar completamente seguros.

Ahora, cuando Dios ponga en la boca de Su amado Hijo esas palabras: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo," eso será un Amén muy solemne al propósito de Dios en lo que concierne a esos santos; ciertamente, será el Amén al pacto en todo su alcance, y a toda la obra de gracia desde el principio hasta el fin: entonces, cuando suban en torrentes al cielo en gloriosa pompa, para reinar con Jesucristo para siempre, la muerte y el infierno, y el mundo reunido observarán con vergüenza y consternación el Amén de Dios a Sus propios propósitos eternos, y al trabajo de Su Hijo glorificado.

Cuando, volviéndose a Su izquierda, el Juez dirá, "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno," antes que se pronuncie la palabra, los impíos reconocerán que Cristo es "el Amén" a todas las amenazas de Dios; en sus gritos a las rocas para que los oculten, en sus chillidos a las montañas para que caigan sobre ellos, manifestarán ante las multitudes reunidas que ellos perciben que Jesús es "el Amén", haciendo verdaderas las amenazas de Dios: y cuando su voz los haya maldecido para siempre, será el poderoso Amén a través de toda la eternidad, la enfática reconfirmación tanto de su culpa como de su castigo, que su sentencia vino de Jesús, ese mismo Jesús que murió por los pecadores, y a Quien los pecadores crucificaron y rechazaron.

Si hubiera venido de otros labios, la sentencia no habría sido tan terrible; pero viniendo del Hombre así como de Dios, será la humanidad asintiendo al veredicto de Dios, así como Dios declarando e imponiendo las sanciones de Su ley. ¡OH, pecador! Que Cristo nunca sea el Amén de Dios en ese sentido; sino que, por el contrario, tú puedas esconderte en las heridas de Jesús, y puedas encontrar todas las bendiciones ¡en Él, sí, y en Él, Amén! Así he dicho lo suficiente sobre ese punto si Dios lo bendice para ustedes; y entonces pasemos a nuestro segundo tema.

II. Nuestro redentor tomó esto como un título personal para Sí mismo. Él se llamó a Sí mismo "el Amén;" y lo es. Nuestro segundo punto, entonces, es QUE ÉL ES NUESTRO AMÉN EN SÍ MISMO. Él mismo demostró ser Amén; el Dios de la verdad, sinceridad y fidelidad en Su cumplimiento de los compromisos del pacto. El Señor Jesucristo se comprometió a llevar a muchos santos a la gloria. Su Padre le dio un pueblo para que fuera Suyo para siempre; y se comprometió, con una garantía ineludible, que cada uno de estos sería entregado perfecto y completo cuando se le requiriera de Sus manos. Para hacer esto se comprometió a que sufriría, sangraría, y moriría por su Iglesia; que todas las deudas serían descargadas por sus propias venas; que una perfecta justicia sería obrada para ella, y por tanto será encontrada toda hermosa cuando venga a la vista de Dios.

Hermanos, lo dejo a su propio juicio, ustedes que conocen al Señor Jesús, que respondan si Él no ha guardado fielmente sus compromisos. Él ha sido "el Amén" al máximo, en este respecto. "He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado." Desde toda la eternidad Él se declaró listo para llevar la obra hasta el fin, y cuando llegó el tiempo Él fue estrechado hasta que la obra fue realizada. Cuando era un siervo en la casa de Su Padre, podría haberse salido libre si lo hubiera querido, podría haber dejado el servicio si lo hubiera deseado, pero Él dijo, "Yo amo a mi Señor, y amo a los hijos de mi Señor;" y así, como un hombre que no aceptaba la libertad bajo la vieja ley judía, Su oreja fue fijada a la puerta de la casa de Dios, y se convirtió en el siervo de su pueblo para siempre. "Has abierto mis oídos."

Queridos hermanos, Él ha cumplido con Su servicio. Siete años de trabajo por Raquel fueron cumplidos por Jacob, y siete años después, y nuestro Señor ha conseguido lo mismo. Ha pagado el precio de sus Amados hasta el último centavo, y hasta ahora se puede decir de Él, "Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin." "De los que me diste, no perdí ninguno.." Alabemos y bendigamos Su nombre cuando lo vemos fiel y verdadero en los compromisos del pacto, "el Amén."

Él fue también "el Amén" en todas Sus enseñanzas. Ya hemos observado que Él constantemente comenzaba con un: "De cierto, de cierto." Los fariseos en sus enseñanzas comenzaban con dudas insinuantes, nublando la mente con mistificaciones, y presentando dificultades innecesarias. Era considerado lo correcto que un filósofo nunca enseñara dogmáticamente; pero Cristo nunca habló de ninguna otra manera. Lo verán comenzando, "De cierto, de cierto os digo." Cristo como maestro no recurre a la tradición, ni siquiera al razonamiento, sino que Él se da a Sí mismo como autoridad. Ciertamente Él cita a la autoridad: "Escrito está;" y habla de las cosas que Él había visto y oído de su Padre, pero las presenta con la autoridad de Su propia unidad con el Padre. Él viene revestido con autoridad divina, y no se digna disputar o argumentar, sino que establece que sus palabras son el Amén.

Hemos aceptado sus enseñanzas, así lo espero, en ese mismo espíritu. Yo no abro a los evangelistas para encontrar que se le puede poner objeciones a las palabras de Cristo. No me vuelvo a las epístolas para criticar las enseñanzas de mi Señor, ni hacer preguntas difíciles para discutir con el gran Maestro. La posición de un cristiano está a los pies de su Señor, no disputando sino recibiendo; no cuestionando, sino creyendo; y en este sentido Cristo reclama como profeta y maestro ser "el Amen."

También Él es "el Amén" en todas Sus promesas. Pecador, quisiera consolarte con esta reflexión. Jesucristo dijo, "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." Si vienen a Él, encontrarán que Él no ha revocado esa promesa, sino que les dirá "Amén" en su alma; esa promesa será verdadera para ustedes. Él dijo en los días de su carne, "No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare." ¡Oh tú, pobre corazón herido, quebrantado, si vienes a Él, Él te dirá Amén, y eso será verdadero para tu alma como ha sido en cientos de casos en años pasados!

Estas son sus propias palabras, que dijo a su siervo Juan: "Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente." Él dice Amén a todos los que vienen, y cuando tú vienes y estás ansioso de beber, Él dirá Amén a tu venida y a tu bebida, porque Él te declara, "al que a mí viene, no le echo fuera." Desde el trono de Dios en donde es altamente glorificado, pronuncia la mismísima sentencia ahora, y dice Amén a lo que ha declarado antes.

Cristiano, ¿no es muy consolador para ti también, que no hay una sola palabra salida de los labios del Salvador, de la que se haya retractado? "No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dije a la descendencia de Jacob: en vano me buscáis." Nunca se ha detenido el pago de las cuentas de Cristo; serán debidamente honradas cuando llegue el momento. Si tú tienes al menos la mitad de una promesa, la encontrarás verdadera. Cuídate de quien es llamado "Promesa Recortada," que escapará llevándose mucho del consuelo de la palabra de Dios; pero si tú obtienes aunque sea una promesa recortada, Dios la honrará, Él mantendrá Su palabra. "antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso." Tú tienes que tratar con Jesucristo, "el mismo ayer, y hoy y por los siglos." Por consiguiente no tengas miedo:


"Su misma palabra de Gracia es fuerte
Como la que construyó los cielos
La voz que hace rodar las estrellas
Pronuncia todas las promesas."

Sin embargo, yo no debo detenerme aquí. Jesucristo es sí y Amén en todos sus oficios. Él fue un sacerdote para perdonar y limpiar al mismo tiempo. Él es Amén como sacerdote todavía. Él fue un Rey para mandar y reinar sobre su pueblo, y para defenderlo con Su brazo poderoso. Él es un Rey Amén, siempre el mismo. Él fue un profeta de la antigüedad para decir con anticipación las buenas cosas por venir. Sus labios son muy dulces, y todavía vierten miel; Él es un Profeta Amén. Él es Amén en cuanto al mérito de su sangre:


"Amado Cordero moribundo,
Tu preciosa sangre
Nunca perderá su poder."

Él es Amén lo que respecta a Su justicia. Ese sagrado manto permanecerá sumamente bello y glorioso cuando la naturaleza se corrompa. Él es Amén en cada uno de los títulos que Él posee: tu Esposo, que nunca busca un divorcio, tu Cabeza, a la que nunca se le dislocará el cuello. Tu Amigo, que está más cerca aún de ti que un hermano, tu Pastor, acompañándote en el oscuro valle de la muerte; tu Ayuda y tu Liberador. Tu Castillo y tu Torre Alta, el cuerno de tu fortaleza, tu confianza, tu gozo, tu todo en todo y Amén en todo.

Debo concluir esto recordándote que Él es Amén en lo relativo a Su persona. Él es siempre fiel y verdadero, inmutablemente el mismo. ¡No menos que Dios! No hay arrugas en esa frente eterna, no hay parálisis en ese poderoso brazo, no hay desmayo en ese corazón Todopoderoso. No hay falta de plenitud en toda Su suficiencia, ni disminución en la agudeza de sus ojos, no hay malversación en el propósito de su corazón. ¡Siempre omnipotente, inmutable, eterno, omnipresente! Dios sobre todo, bendito por siempre. ¡Oh, Jesús, te adoramos, Tú que eres el grandioso Amén!

Él es el mismo, también, en lo que respecta a su humanidad. Todavía es hueso de nuestro hueso; todavía afligido en todas nuestras aflicciones. Nuestro Hermano con lazos de sangre tanto como cuando usaba la ropa de un campesino, y dijo, "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza." Él tiene el mismo corazón de comprensión, las mismas entrañas de compasión, recordándonos y pidiéndonos que lo recordemos a Él. Ni por un momento ha cambiado debido al cambio de Su condición. Ni por un instante nos ha descuidado por causa de las arpas de los ángeles y los himnos de los redimidos. Tan presto hoy para oír un suspiro o recoger una lágrima, como cuando en los días de su carne, Él consolaba a Su pueblo y cargaba a los corderos en su regazo".

¡El Salvador Amén! ¡Oh! bendito sea su nombre. Adorémosle como el grandioso Mediador entre Dios y nuestras almas, sintiendo gozo al pensar que en todo esto Él no sufre ni una sombra de cambio:


"Bendiciones para siempre sean al Cordero
Que llevó la maldición por los hombres desdichados.
Que los ángeles proclamen su nombre sagrado,
Y toda criatura diga, AMÉN."

III. Pero debo enrollar todo esto y dejar que ustedes digieran y disfruten las dulzuras de las verdades de Dios que están contenidas en ese título tan corto, "el Amén."

Tengo que terminar ahora diciendo que EL SEÑOR JESÚS ES POR EXPERIENCIA EL AMÉN DE DIOS PARA TODA ALMA CREYENTE. Podemos decir en primer lugar que Él es el Amén de Dios en nosotros. Amados hermanos, no es imposible probar la existencia de Dios por argumentos. De ninguna manera es difícil demostrar la validez del Evangelio por medio de silogismos y de lógica. Nadie sino el hombre que tiene deficiencias en su cerebro, pienso, necesita mucho para asegurarse de la autenticidad de la Escritura.

Pero déjenme decirles que, todo lo que esos argumentos, razonamientos y lógica pueden hacer por ustedes es menos que nada y vanidad. Ustedes dudarán a pesar de la fuerza de un argumento, y serán escépticos ante una demostración mientras el corazón de ustedes no ame la verdad. Su mente puede estar convencida pero el corazón de ustedes le suministrará suficiente ateísmo para que la cabeza se mantenga trabajando. Y su mente siempre estará deseosa de recibir una cantidad abundante del suministro de la caverna más profunda de la depravación de ustedes. Pero déjenme decirles si quieren conocer a Dios deben conocer a Cristo. Sin quieren estar seguros de la verdad de la Biblia deben creer en Jesús. Y les garantizo que cuando hayan levantado la mirada y hayan visto al Dios encarnado cargando con sus pecados; cuando ustedes se hayan arrojado sobre la Roca de la Edades y hayan sentido la alegría íntima y la paz que fluye de la fe en Dios, ustedes habrán oído un Amén para ese viejo Libro, y un Amén para la existencia de Dios, y un Amén para el Evangelio que ni el mismo Satán podrá nunca eliminar de sus recuerdos. Ustedes tendrán ahora confianza allí donde alguna vez fueron desconfiados. Ustedes creerán con un vigor luterano cuando se hayan aferrado a Jesucristo. Yo creo que ésta es la nota principal de todo verdadero creyente, aferrarse a Jesucristo.


"Hasta que no vea a Dios en carne humana
Mis pensamientos no hallarán consuelo."

Pero cuando tengo a Cristo, mis pensamientos no solamente tienen consuelo sino que tienen una convicción sólida de que las cosas son verdaderas. Tal vez haya unos cuantos de ustedes que están afligidos con dudas escépticas. Las dudas siempre afligirán a algunos de nosotros, y puedo decir en lo que respecta a esas dudas, cuando se cruzan en mi alma llevando cualquier forma o figura, encuentro que la respuesta breve y rápida es ésta: yo sé una cosa, a saber, que no soy el que solía ser. Sé que he entrado en un nuevo mundo. Yo siento una palpitación espiritual en mi alma, anhelos espirituales, emociones, deseos, que anteriormente eran totalmente desconocidos para mí.

Yo sé que ha sido una metamorfosis tan grande en mí como si un cerdo repentinamente se convirtiera en un serafín. Sé que el mero pensamiento de Jesús me preserva del pecado y me impulsa en la senda del deber. Yo sé que su nombre ejerce tal encanto sobre mí que ni la vara de un mago jamás ejecutó maravillas tales. Mi corazón de roca se derrite, mi alma congelada se disuelve al toque de Su amor. Y yo, un terrón de tierra muerta, de repente poseo alas y vuelo y tengo comunión con el Dios eterno. Debe ser verdadero eso que ha hecho todo esto por mí. No puede ser mentira, tiene que ser verdad.

Yo siento dentro de mí que mi propia conciencia me dice la verdad, y que el Señor Jesús se ha entretejido y entrelazado con mi ser, más aún, que reviste y cubre mi ser, que aunque yo dudara de todo lo demás, no podría dudar de la existencia y el poder divino de mi Señor Jesucristo. Puedes estar seguro, querido amigo, que si quieres conocer el Evangelio debes recibir a Jesucristo, y cuando lo conozcas, conocerás el Evangelio. Mahoma, tú sabes, no es el mahometanismo, pero Jesús es el Cristianismo. Jesús mismo es la Biblia; Jesús es la Palabra de Dios. Confía en Él y no dudarás más.

A continuación, Jesucristo es "el Amén," no solamente en nosotros, sino "el Amén" para nosotros. Cuando oras, querido amigo, dices Amén. ¿Pensaste en Cristo? ¿Miraste sus heridas? ¿Ofreciste tu oración por medio de Él? ¿Le pediste que Él la presentara ante Dios? ¿Esperaste ser oído en virtud de su intercesión? Si no es así, no hay Amén a tu oración. ¡Pero si has orado aunque no fuera sino un suspiro o una lágrima, si mirabas hacia la cruz, la sangre de Cristo dijo Amén y es tan cierto que tu oración será oída en el cielo como fue oída en la tierra! Tan seguro como que si viniera desde lo más interno de tu alma y la súplica fuera por medio de Cristo, la respuesta debe llegar ciertamente.

Y ahora quiero, queridos amigos, que Jesucristo sea el Amén de Dios en los corazones de ustedes, en relación a todas las buenas cosas del pacto de gracia el día de hoy. Estoy seguro que Él lo será, si ustedes lo reciben.

Nosotros que hemos creído hemos entrado en el descanso. Si tú tienes a Cristo has entrado en el descanso. "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios." Ustedes que tienen a Cristo, tienen paz con Dios esta mañana. "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios." "El que creyere y fuere bautizado, será salvo;" si tienes a Cristo, eres salvo. Cristo es el Amén de Dios. Si obtienes a Cristo, tienes las promesas; obtén a Cristo, y serás como el hombre que posee un bien raíz y está seguro de su propiedad porque es dueño de las escrituras. Dice: "tengo la propiedad" ¿Dónde está? Él te muestra las escrituras. "Oh" dice otro hombre "esa no es la propiedad; eso está muy lejos, al norte del país." "Sin embargo, tengo la propiedad," dice el propietario y dobla sus escrituras, las ata con una cuerda y las guarda cuidadosamente en su baúl. "Tengo la posesión de la propiedad."

Bien, queridos amigos, nosotros tenemos el cielo, tenemos al propio Dios, porque tenemos a Cristo, y Cristo es la escritura de propiedad de todas las cosas. Que ustedes puedan:


"Leer claramente sus títulos,
Para las mansiones de los cielos,"

Y que el Señor haga que Jesús sea para los corazones de ustedes, hoy, con mucho gozo y bendición, Su propio Amén.