John Piper: Apocalipsis 3:5
"El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles".
Se acerca el final de año. La culminación de algo nos hace reflexionar acerca de la paciencia. Llegamos a otro año nuevo (a duras penas). ¿Lograremos llegar a otro? Pero aun más importante: ¿Perseveraremos, como dice Jesús, hasta el fin para entonces ser salvos? (Marcos 13:13). La paciencia es una promesa y un regalo precioso. No se consigue sin lucha. Pero nosotros luchamos como vencedores. Quiero alentarlo en este final de año a pelear la buena batalla una vez más, y a estar profundamente seguro de que Dios no borrará su nombre del libro de la vida.
La preciosa verdad bíblica de que los santos perseverarán en fe hasta el fin y serán salvos enfrenta constante oposición, generación tras generación. No obstante, la verdad perdura, apoyándose firmemente en la fidelidad soberana de Dios para consumar la salvación de sus elegidos. Dios planeó esta salvación en la eternidad, la compró por medio de la muerte de Cristo en la cruz y la aplica mediante el Espíritu Santo.
Romanos 8:30 dice, “a los que justificó, a éstos también glorificó”. En otras palabras, en el transcurso del evento de justificación por medio de la fe que sucede al comienzo de nuestra vida cristiana y el evento de glorificación en la resurrección de nuestros cuerpos (Filipenses 3:21), nadie será abandonado, ni expulsado y a nadie se pedirá rescate “A los que justificó, a éstos también glorificó” – a todos. Dios guardará y santificará a aquellos a quienes ha justificado y se asegurará de que perseveren en la fe hasta el fin y sean salvos.
1 Juan 2:19 describe cómo debemos ver a aquellos que aparentemente se apartan de la fe: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecidocon nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros”. En otras palabras, dejar de perseverar no es una señal de que uno puede ser realmente nacido de nuevo y justificado, para luego perderse. Más bien dejar de perseverar es una señal de que uno nunca realmente fue parte del pueblo regenerado de Dios. Ese es el punto explícito de 1 Juan 2:19.
Sin embargo, existen citas que han persuadido a algunos a rechazar esta enseñanza. La cita que aquí tengo en cuenta es Apocalipsis 3:5 en la cual el Señor Jesús dice, “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.”
Algunos dicen que esta es una cita infalible en contra de la doctrina de la perseverancia de los santos. Asumen que cuando Apocalipsis 3:5 dice que Dios no borrará el nombre de una persona del libro de la vida, significa que Él borra a algunos del libro de la vida, y que éstas son personas que fueron justificadas y más tarde condenadas. Pero ¿es ésta asunción correcta?
La promesa “no borraré su nombre del libro de la vida” no necesariamente significa que algunos nombres son borrados. Esta cita simplemente le dice al que está en el libro y triunfa en la fe: Nunca borraré tu nombre. En otras palabras, ser borrado del libro es una posibilidad temible, la cual no permitiré que suceda. Te mantendré seguro en el libro. Esta es una de las promesas hechas a aquellos que perseveran y triunfan. No dice que aquellos que no triunfan y se apartan de Cristo estuvieron en el libro y luego fueron borrados.
De hecho, existen dos versículos más en Apocalipsis que parecen enseñar que el tener su nombre escrito en el libro significa que usted definitivamente perseverará y triunfará. Considere Apocalipsis 13:8. “Y la adoraron todos los moradores de la tierra [a la bestia], cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo”. Este versículo da a entender que aquellos quienes tienen su nombre escrito en el libro de la vida del Cordero “desde el principio del mundo” definitivamente no adorarán a la bestia. Es decir, tener nuestro nombre en el libro de la vida desde el principio del mundo parece significar que Dios no permitirá que usted fracase y que le otorgará perseverar en lealtad a Él. Estar en el libro significa que usted no apostatará.
De igual manera, considere Apocalipsis 17:8, “La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será”. Una vez más, tener nuestro nombre escrito en el libro de la vida desde la fundación del mundo parece asegurar que no nos “asombraremos” ante la bestia. Aquellos que no tengan sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo se asombrarán. Si su nombre estáescrito en el libro, usted nose asombrará ante la bestia.
La enseñanza que se muestra aquí es que el tener nuestro nombre escrito en el libro tiene eficacia. Es decir que define nuestras acciones. Tener su nombre escrito en el libro del Cordero desde la fundación del mundo garantizaque usted no adorará o se asombrará ante la bestia. Juan no dice, “Si adoras a la bestia, tu nombre será borrado”. Él dice, “Si tu nombre está escrito, no adorarás a la bestia”.
Esto concuerda con Apocalipsis 3:5, “El que venciere . . . no borraré su nombre del libro de la vida”. El triunfo que se requiereen 3:5 está garantizado en 13:8 y 17:8. Esta no es una contradicción, como cuando Pablo dijo, “ocupaos en vuestra salvación . . . porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer por su buena voluntad” (Filipenses 2:12-13). No es absurdo declarar la siguiente condición: si triunfa, Dios no borrará su nombre (3:5); y luego asegurar: si su nombre está escrito, triunfará (13:8 y 17:8). Los que “están escritos” realmente debenconquistar, y realmente conquistarán. Por un lado se resalta nuestra responsabilidad; por el otro la soberanía de Dios.
El impacto práctico de esta verdad no es que nos descuidemos en cuanto a la fe, amor y santidad. La vida cristiana requiere de atención (Hebreos 3:12), esfuerzo (Lucas 13:24) y empeño (Hebreos 12:14). Antes bien, el impacto que tiene es que descansamos en la seguridad de que no se nos deja solos en esta “batalla de la fe.” El Dios que le llamó es fiel y lo “confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:8). “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” [su santificación] (1 Tesalonicenses 5:24). Él perfeccionará la buena obra que comenzó (Filipenses 1:6). Somos guardados por el poder de Dios (1 Pedro 1:5). Debemos perseverar, pues sólo aquellos que perseveren serán salvos (Marcos 13:13). Y perseveraremos, porque Dios está trabajando en nosotros para hacernos aptos en toda buena obra para que hagamos su voluntad (Hebreos 13:21).
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martes, 28 de febrero de 2012
jueves, 18 de noviembre de 2010
El Nuevo Nacimiento
EL NACIMIENTO DE UN BEBÉ ES ALGO MARAVILLOSO, ES MARAVILLOSO para la madre y para el padre. Pero también es maravilloso para los médicos y las enfermeras quienes siempre hablan sobre "el milagro" del nacimiento aunque han presenciado la entrada de cientos y hasta de miles de niños a este mundo. En ocasiones, como en el caso del nacimiento de un niño de padres famosos, la noticia es transmitida por los
diarios, la radio y la televisión. No hay, sin embargo, ningún nacimiento humano que pueda ser comparado con el nacimiento sobrenatural de un hijo de Dios mediante el Espíritu de Dios. El mundo alrededor puede mostrar poco interés en este acontecimiento. Muy pocas personas en el mundo se interesaron en el nacimiento de Cristo, aunque los ángeles celebraron la natividad con su cántico en los cielos de los campos de Belén. De la misma manera, muy pocos prestan atención al nacimiento de un hijo de Dios en la actualidad. Pero a pesar de ello, como dijo Jesús: "Así
os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente" (Lc. 15:10). El nacimiento de un hijo de Dios es una resurrección espiritual, el pasaje de una persona, que estaba muerta en sus delitos y pecados, a una nueva vida. Un hijo de ira se convierte en un hijo del Padre que está en
los cielos. El término teológico para este nuevo nacimiento es la regeneración.
La secuencia en la salvación A pesar de la importancia que tiene la regeneración, no constituye la totalidad de la salvación y no debería ser vista como un fin en sí misma. John Murray observa en Redemption Accomplished and Applied ("La redención
lograda y aplicada") que de la misma manera que Dios hizo que la tierra estuviera llena de cosas buenas para satisfacer a los hombres y las mujeres, así también nos roció con una abundancia de bienes en nuestra salvación. "Esta sobreabundancia aparece en el eterno consejo de Dios respecto a la salvación: aparece en el
logro histórico de la redención por la obra de Cristo hecha una vez y para siempre; y aparece en la aplicación continua y progresiva de la redención, hasta que alcance su consumación en la libertad de la gloria de los hijos de Dios".1 Los adjetivos continua y progresiva para describir la redención ya nos están indicando que el nuevo
nacimiento, si bien tiene una real importancia, es sólo un paso en el proceso eterno. Mientras que el logro de nuestra redención por la muerte de Jesús fue un acontecimiento único, su aplicación comprende una serie de actos y procesos que reciben el nombre de ordo salutis, o "pasos en la salvación [de Dios]".
¿Cuáles son estos pasos? Un acto muy evidente es la elección determinante de Dios que ocurre antes del nuevo nacimiento. Los versículos tales como el de Juan 1:12-13 apuntan hacia esto. Quienes se convierten en "hijos de Dios" no han sido engendrados "de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de
Dios". Y en Santiago 1:18 leemos que "Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas".
Hay otros actos y procesos que suceden al nuevo nacimiento. Juan 3:3 dice: "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios"; y Juan 3:5 agrega: "El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios". El nuevo nacimiento es un requisito previo para poder ver el reino de Dios y entrar en él.
Otra afirmación que puede resultar de ayuda la encontramos en 1 Juan 3:9: "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios". Juan no está hablando sobre la perfección en este versículo, ya que con anterioridad ha dicho que los
cristianos también pecan. Si dicen lo contrario, o se están engañando o están mintiendo —"Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (Jn. 1:8)—. Está hablando sobre la santificación que sucede a la regeneración y que es el progresivo crecimiento en la santidad
del individuo que se ha convertido en un hijo de Dios. Romanos 8:28-30 agrega la justificación y la glorificación. "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las
cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos
también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó". En estos versículos la presciencia y la predestinación están relacionadas con la determinación primaria de Dios. El llamado, la justificación y la glorificación están relacionadas con la aplicación de la redención directamente en nosotros. De la enseñanza de Pablo en otros lugares, sabemos que la justificación presupone la fe (Ro. 5:1), por lo que podemos colocar la fe antes de la justificación, pero después de la regeneración. La santificación sucede a la justificación y viene antes
que la glorificación. En el esquema final tenemos: la presciencia de Dios, la predestinación, el llamado efectivo anosotros, la regeneración, la fe y el arrepentimiento, la justificación, la santificación y la glorificación.2
Estos pasos, además, pueden ser subdivididos y en algunos casos hasta combinados entre sí. Pero esta es la secuencia general presentada en las Escrituras y, por lo tanto, de mucha ayuda para comprender cómo Dios nos salva. Debemos notar que antes que ninguna otra cosa nos encontramos con la elección eterna de Dios. En
lo que respecta a nuestra experiencia personal, el primer paso es nuestra regeneración espiritual.
La iniciativa divina
El nacer de nuevo es una metáfora del paso inicial en la salvación. Su uso se remonta a Jesús mismo. Jesús no buscaba enseñar la necesidad de un nuevo nacimiento literal y físico. Esto seria un contrasentido, como lo reconoció Nicodemo. "¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?... ¿Cómo puede hacerse esto?" (Jn. 3:4,9).
Lo que Jesús buscaba mostrar era la necesidad de un nuevo comienzo. Tuvimos un primer comienzo con Adán. Fue un comienzo promisorio. Pero lo arruinamos por causa de nuestro pecado. Lo que necesitamos ahora es un nuevo comienzo donde "las cosas viejas pasaron" y "todas son hechas nuevas" (2 Co. 5:17). La metáfora del nuevo nacimiento además está señalando que la regeneración es obra de Dios y no una
obra de los seres humanos pecaminosos. Una persona no puede nacer físicamente por su propia voluntad. Sólo cuando un óvulo es fecundado por un espermatozoide, y luego crece y finalmente entra en el mundo es que el nacimiento tiene lugar —un proceso iniciado y alimentado por los padres—. De la misma manera, el nacimiento
espiritual es iniciado y alimentado por nuestro padre celestial sin ninguna intervención de nuestra parte.
La primera referencia al nuevo nacimiento en el evangelio de Juan, Juan 1:12-13, nos dice todavía más. "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios". Cada
una de estas tres negativas —no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón— es de particular importancia.
"No de sangre" significa que la regeneración no es por causa de un nacimiento físico. Para algunas personas, quiénes son sus antepasados puede ser muy importante. En los días de Jesús había miles de judíos que creían que estaban bien con Dios porque eran descendientes de Abraham (Jn. 8:33). Eran como Pablo, orgullosos de haber sido "circuncidado(s) al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos" (Fil. 3:5). Abraham había recibido promesas de Dios de que estaría con él y sus descendientes espirituales para siempre. Por esto es que los judíos creían que habían sido hechos justos porque descendían de Abraham físicamente. Jesús señaló que Dios estaba interesado en una relación espiritual y que sus acciones estaban en realidad demostrando que eran hijos del demonio (Jn. 8:44). De la misma manera, hay muchas personas hoy en día que creen que están bien con Dios simplemente porque sus padres son cristianos y viven en una comunidad llamada cristiana. Sin embargo, el nacimiento físico no salva a nadie.
"Ni de voluntad de carne" es más difícil de interpretar. San Agustín, que tomó la frase "no de sangre" como refiriéndose al nacimiento humano (como yo también lo he hecho), tomó la frase "ni de voluntad de carne" como refiriéndose a la participación de la mujer en la reproducción y la frase "ni de voluntad de varón" como
refiriéndose a la participación del hombre. Lutero refirió "la voluntad de la carne" a un acto de adopción, Frederick Godet a la imaginación sensual, Calvino al poder de la voluntad. ¿Podemos superar estas diferencias? Es posible, si consideramos que en el Nuevo Testamento la palabra carne se refiere a nuestros apetitos naturales, y a nuestros deseos sensuales y emocionales. Podemos aproximamos a lo que Juan quiso significar si decimos que un pueblo no puede convertirse en hijos de Dios por el ejercicio de sus sentimientos o emociones.
Algunos hoy en día creen que son cristianos simplemente porque reciben una cierta clase de bienestar emocional cuando asisten a cierto tipo de culto religioso o porque son conmovidos y hasta lloran en una campaña de evangelismo. La emoción bien puede acompañar una experiencia genuina del nuevo nacimiento, pero el nuevo nacimiento no será producto de esa emoción. La tercera frase, "ni por voluntad de varón", es más fácil de comprender. Nadie puede convertirse en un hijo de Dios por su propia voluntad. En esta vida es posible que nos abramos camino mediante nuestra
determinación, pero no es posible que seamos nacidos de nuevo de la misma manera. Podemos tener muy pocos bienes de este mundo, pocos valores, una educación pobre y poca capacidad. Sin embargo, es posible trabajar duro, asistir a clases nocturnas, conseguir un trabajo mejor, y eventualmente, llegar a ser bastante rico. Es posible entrar en la política y llegar a ser un representante o hasta el presidente. Otros nos elogiarán y presentarán nuestra historia como el fruto de la determinación conjugada con un poco de buena suerte. Pero no hay nada que nos haga ser el hijo o la hija natural de una pareja de padres si hemos nacido de otros padres.
Nada nos convertirá en hijos de Dios si Dios mismo no produce el nuevo nacimiento.
La gracia de Dios es el requisito para convertirse en hijos de Dios. Aunque nosotros debemos creer en Jesús como el Salvador divino para convertirnos en cristianos, creemos porque Dios mismo ha tomado la iniciativa de sembrar la vida divina en nosotros.
El viento y el agua
La imagen del nuevo nacimiento también contribuye para que podamos entender qué sucede cuando Dios toma la iniciativa en la salvación. Nicodemo vino a Cristo para hablar sobre la realidad espiritual, pero Jesús respondió a los comentarios de Nicodemo diciéndole que nadie puede entender, y mucho menos entrar en las realidades
espirituales, si él o ella no ha nacido de nuevo. La palabra que aquí se tradujo "de nuevo" es anóthen que no sólo significa "de nuevo" sino "de lo alto". Jesús le estaba diciendo a Nicodemo que antes tenía que ser el depositario de esta gracia gratuita de Dios. Nicodemo no comprendía. "¿Cómo puede un hombre nacer siendo
viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?" Jesús le respondió: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios... El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es
nacido del Espíritu" (Jn. 3:4-5,8). Una vez que hubo identificado la fuente del nuevo nacimiento, Jesús entonces pasó a hablar sobre cómo tiene lugar la regeneración. ¿Pero qué significa nacer "de agua y del Espíritu"? ¿Y por qué Jesús menciona al "viento"? Hay un número de explicaciones. Según la primera, agua se refiere al nacimiento físico (donde la aparición del bebé está acompañada del líquido amniótico de la madre), y viento (spiritus) significa el Espíritu Santo. De acuerdo con esta explicación, Jesús le está diciendo que para que una persona sea salva tiene que nacer primero físicamente y luego espiritualmente.
Es difícil encontrar una falacia en esta conclusión. Es evidente que si alguien ha de ser salvo tiene que estar físicamente vivo y además nacer de nuevo espiritualmente. Pero esto no parece ser el significado que Cristo tenía en mente. Por un lado, la palabra agua nunca es utilizada de esta manera en las Escrituras. Nuestros pensamientos en este sentido son modernos. Segundo, una referencia a la necesidad del nacimiento físico resulta tan obvia que cabría preguntarse si Jesús habría gastado palabras para referirse a ella. Tercero, el agua no puede estar refiriéndose al nacimiento físico porque, como vimos en Juan 1:13, el nacimiento físico no tiene ningún peso en la regeneración.
Una segunda interpretación de esta frase seria la de tomar agua como significando el agua del bautismo cristiano. Pero el bautismo no está presente en este capítulo. En realidad, la Biblia nos enseña que nadie puede ser salvo por ningún rito religioso externo (1 S. 16:7; Ro. 2:28-29; Gá. 2:15-16; 5:1-6). El bautismo es un signo
importante de lo que ya ha tenido lugar, pero no es el medio por el cual somos regenerados. La tercera interpretación toma tanto al agua como al viento en un sentido simbólico. El agua, según esta interpretación, se refiere al lavamiento; el viento se refiere al poder. Es así como un persona debe ser lavada y llena de poder.3 Si bien es cierto que los pecadores deben ser lavados de sus pecados, y es nuestro privilegio como cristianos el tener poder de lo alto, resulta difícil pensar en que este es el significado del pasaje. Por un lado, en el resto del Nuevo Testamento, el lavamiento y el poder acompañan al nuevo nacimiento o le suceden, mientras que según estos versículos tratan el cómo tiene lugar el nuevo nacimiento. Además, ni el lavamiento ni el poder se relacionan con la metáfora del nacimiento, como parece ser requerido.
Kenneth S. Wuest ha propuesto una cuarta explicación, basándose sobre el uso de agua como metáfora en otros textos del Nuevo Testamento. El agua se usa varias veces en las Escrituras para referirse al Espíritu Santo. En el capítulo 4 de Juan, por ejemplo, Jesús le dice a la mujer samaritana que él le dará "una fuente de agua
que salte para vida eterna" (Jn. 4:14). El lenguaje de Juan 7:37-38 es casi idéntico al de 4:14. Juan agrega: "Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él" (vs. 39). Wuest también hace referencia a Isaías 44:3 y 55:1, pasajes que debían haber sido conocidos por Nicodemo. Siesta es la interpretación correcta, entonces "del agua y del Espíritu" es una redundancia. La conjunción y debería ser tomada en su sentido enfático. Es posible parafrasear este pasaje usando la palabra siquiera. Jesús estaría diciendo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua, o siquiera del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios".4 La explicación provista por Wuest es buena, pero yo siempre he tenido la sensación que todavía es posible decir algo más al respecto. Además de ser una metáfora para el Espíritu, el agua también es utilizada en la Biblia para referirse a la Palabra de Dios. Efesios 5:26 dice que Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella "para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra". En 1 Juan 5:8, el mismo autor que escribió el cuarto evangelio, escribe sobre tres "que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el
agua y la sangre". Como luego continúa hablando sobre el testimonio escrito de Dios sobre el hecho que la salvación es en Cristo, el Espíritu debe referirse al testimonio de Dios dentro del individuo, la sangre al testimonio histórico de la muerte de Cristo y el agua a las Escrituras. Las mismas imágenes están presentes en
Juan 15:3: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado". Hay otro versículo importante que cita a las Escrituras como siendo el canal a través del cual procede el nuevo nacimiento aunque sin usar al agua como metáfora. Santiago 1:18 dice: "El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que
seamos primicias de sus criaturas". Cuando consideramos las palabras de Cristo a Nicodemo, a la luz de estos pasajes, podemos apreciar a Dios como siendo quien realiza la concepción divina, el Padre de sus hijos espirituales, y a la Palabra de Dios empleada por el Espíritu Santo como el medio por el cual la nueva vida espiritual es engendrada. Es decir, en Juan 3:5 Jesús está utilizando dos imágenes: el agua y el viento. La primera representa la Palabra de Dios, y la segunda el Espíritu Santo. Está enseñándonos que mientras la Palabra es compartida, enseñada, predicada y hecha conocer, el Espíritu Santo la utiliza para traer a luz nueva vida espiritual en los que Dios está salvando.
Este es el motivo por el cual la Biblia nos dice que le agradó a Dios salvarnos por la locura de la predicación (1 Co. 1:21; Ro. 10:14-15).
La concepción espiritual
Hay otro versículo que trata sobre el nuevo nacimiento y que aclara lo que he venido diciendo. Es 1 P 1:23 que dice: "Siendo renacido, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre".
En este primer capítulo de 1 Pedro, el apóstol ha dicho que una persona se incorpora a la familia de Dios porque Cristo murió (vs. 18-19) y mediante la fe (vs. 21). A continuación, Pedro resalta el hecho que Dios es el Padre de sus hijos asemejando la Palabra de Dios al esperma humano. La Vulgata Latina hace esto más claro
que nuestra versión inglesa, ya que la palabra utilizada allí es semen.
Pongamos juntas estas enseñanzas y las imágenes de estos pasajes. Dios primero siembra en nuestro corazón lo que podríamos llamar el óvulo de la fe salvífica, ya que se nos dice que la fe no se origina en nosotros, sino que es "un don de Dios" (Ef. 2:8). Segundo, envía la semilla de su Palabra, que contiene la vida
divina dentro de ella, para que penetre el óvulo de nuestra fe. El resultado es la concepción. Entonces, una nueva vida espiritual es concebida, una vida que tiene su origen en Dios y no tiene ninguna conexión con la vida pecaminosa que la rodea. Por eso es que ahora podemos decir que "si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas" (2 Co. 5:17). Nadie puede volver a ser el mismo después que el Espíritu Santo de Dios ha entrado en su vida para implantar la vida de Dios dentro de él o de ella.
Fundamentos de la fe cristiana James Montgomery Boice
diarios, la radio y la televisión. No hay, sin embargo, ningún nacimiento humano que pueda ser comparado con el nacimiento sobrenatural de un hijo de Dios mediante el Espíritu de Dios. El mundo alrededor puede mostrar poco interés en este acontecimiento. Muy pocas personas en el mundo se interesaron en el nacimiento de Cristo, aunque los ángeles celebraron la natividad con su cántico en los cielos de los campos de Belén. De la misma manera, muy pocos prestan atención al nacimiento de un hijo de Dios en la actualidad. Pero a pesar de ello, como dijo Jesús: "Así
os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente" (Lc. 15:10). El nacimiento de un hijo de Dios es una resurrección espiritual, el pasaje de una persona, que estaba muerta en sus delitos y pecados, a una nueva vida. Un hijo de ira se convierte en un hijo del Padre que está en
los cielos. El término teológico para este nuevo nacimiento es la regeneración.
La secuencia en la salvación A pesar de la importancia que tiene la regeneración, no constituye la totalidad de la salvación y no debería ser vista como un fin en sí misma. John Murray observa en Redemption Accomplished and Applied ("La redención
lograda y aplicada") que de la misma manera que Dios hizo que la tierra estuviera llena de cosas buenas para satisfacer a los hombres y las mujeres, así también nos roció con una abundancia de bienes en nuestra salvación. "Esta sobreabundancia aparece en el eterno consejo de Dios respecto a la salvación: aparece en el
logro histórico de la redención por la obra de Cristo hecha una vez y para siempre; y aparece en la aplicación continua y progresiva de la redención, hasta que alcance su consumación en la libertad de la gloria de los hijos de Dios".1 Los adjetivos continua y progresiva para describir la redención ya nos están indicando que el nuevo
nacimiento, si bien tiene una real importancia, es sólo un paso en el proceso eterno. Mientras que el logro de nuestra redención por la muerte de Jesús fue un acontecimiento único, su aplicación comprende una serie de actos y procesos que reciben el nombre de ordo salutis, o "pasos en la salvación [de Dios]".
¿Cuáles son estos pasos? Un acto muy evidente es la elección determinante de Dios que ocurre antes del nuevo nacimiento. Los versículos tales como el de Juan 1:12-13 apuntan hacia esto. Quienes se convierten en "hijos de Dios" no han sido engendrados "de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de
Dios". Y en Santiago 1:18 leemos que "Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas".
Hay otros actos y procesos que suceden al nuevo nacimiento. Juan 3:3 dice: "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios"; y Juan 3:5 agrega: "El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios". El nuevo nacimiento es un requisito previo para poder ver el reino de Dios y entrar en él.
Otra afirmación que puede resultar de ayuda la encontramos en 1 Juan 3:9: "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios". Juan no está hablando sobre la perfección en este versículo, ya que con anterioridad ha dicho que los
cristianos también pecan. Si dicen lo contrario, o se están engañando o están mintiendo —"Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (Jn. 1:8)—. Está hablando sobre la santificación que sucede a la regeneración y que es el progresivo crecimiento en la santidad
del individuo que se ha convertido en un hijo de Dios. Romanos 8:28-30 agrega la justificación y la glorificación. "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las
cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos
también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó". En estos versículos la presciencia y la predestinación están relacionadas con la determinación primaria de Dios. El llamado, la justificación y la glorificación están relacionadas con la aplicación de la redención directamente en nosotros. De la enseñanza de Pablo en otros lugares, sabemos que la justificación presupone la fe (Ro. 5:1), por lo que podemos colocar la fe antes de la justificación, pero después de la regeneración. La santificación sucede a la justificación y viene antes
que la glorificación. En el esquema final tenemos: la presciencia de Dios, la predestinación, el llamado efectivo anosotros, la regeneración, la fe y el arrepentimiento, la justificación, la santificación y la glorificación.2
Estos pasos, además, pueden ser subdivididos y en algunos casos hasta combinados entre sí. Pero esta es la secuencia general presentada en las Escrituras y, por lo tanto, de mucha ayuda para comprender cómo Dios nos salva. Debemos notar que antes que ninguna otra cosa nos encontramos con la elección eterna de Dios. En
lo que respecta a nuestra experiencia personal, el primer paso es nuestra regeneración espiritual.
La iniciativa divina
El nacer de nuevo es una metáfora del paso inicial en la salvación. Su uso se remonta a Jesús mismo. Jesús no buscaba enseñar la necesidad de un nuevo nacimiento literal y físico. Esto seria un contrasentido, como lo reconoció Nicodemo. "¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?... ¿Cómo puede hacerse esto?" (Jn. 3:4,9).
Lo que Jesús buscaba mostrar era la necesidad de un nuevo comienzo. Tuvimos un primer comienzo con Adán. Fue un comienzo promisorio. Pero lo arruinamos por causa de nuestro pecado. Lo que necesitamos ahora es un nuevo comienzo donde "las cosas viejas pasaron" y "todas son hechas nuevas" (2 Co. 5:17). La metáfora del nuevo nacimiento además está señalando que la regeneración es obra de Dios y no una
obra de los seres humanos pecaminosos. Una persona no puede nacer físicamente por su propia voluntad. Sólo cuando un óvulo es fecundado por un espermatozoide, y luego crece y finalmente entra en el mundo es que el nacimiento tiene lugar —un proceso iniciado y alimentado por los padres—. De la misma manera, el nacimiento
espiritual es iniciado y alimentado por nuestro padre celestial sin ninguna intervención de nuestra parte.
La primera referencia al nuevo nacimiento en el evangelio de Juan, Juan 1:12-13, nos dice todavía más. "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios". Cada
una de estas tres negativas —no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón— es de particular importancia.
"No de sangre" significa que la regeneración no es por causa de un nacimiento físico. Para algunas personas, quiénes son sus antepasados puede ser muy importante. En los días de Jesús había miles de judíos que creían que estaban bien con Dios porque eran descendientes de Abraham (Jn. 8:33). Eran como Pablo, orgullosos de haber sido "circuncidado(s) al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos" (Fil. 3:5). Abraham había recibido promesas de Dios de que estaría con él y sus descendientes espirituales para siempre. Por esto es que los judíos creían que habían sido hechos justos porque descendían de Abraham físicamente. Jesús señaló que Dios estaba interesado en una relación espiritual y que sus acciones estaban en realidad demostrando que eran hijos del demonio (Jn. 8:44). De la misma manera, hay muchas personas hoy en día que creen que están bien con Dios simplemente porque sus padres son cristianos y viven en una comunidad llamada cristiana. Sin embargo, el nacimiento físico no salva a nadie.
"Ni de voluntad de carne" es más difícil de interpretar. San Agustín, que tomó la frase "no de sangre" como refiriéndose al nacimiento humano (como yo también lo he hecho), tomó la frase "ni de voluntad de carne" como refiriéndose a la participación de la mujer en la reproducción y la frase "ni de voluntad de varón" como
refiriéndose a la participación del hombre. Lutero refirió "la voluntad de la carne" a un acto de adopción, Frederick Godet a la imaginación sensual, Calvino al poder de la voluntad. ¿Podemos superar estas diferencias? Es posible, si consideramos que en el Nuevo Testamento la palabra carne se refiere a nuestros apetitos naturales, y a nuestros deseos sensuales y emocionales. Podemos aproximamos a lo que Juan quiso significar si decimos que un pueblo no puede convertirse en hijos de Dios por el ejercicio de sus sentimientos o emociones.
Algunos hoy en día creen que son cristianos simplemente porque reciben una cierta clase de bienestar emocional cuando asisten a cierto tipo de culto religioso o porque son conmovidos y hasta lloran en una campaña de evangelismo. La emoción bien puede acompañar una experiencia genuina del nuevo nacimiento, pero el nuevo nacimiento no será producto de esa emoción. La tercera frase, "ni por voluntad de varón", es más fácil de comprender. Nadie puede convertirse en un hijo de Dios por su propia voluntad. En esta vida es posible que nos abramos camino mediante nuestra
determinación, pero no es posible que seamos nacidos de nuevo de la misma manera. Podemos tener muy pocos bienes de este mundo, pocos valores, una educación pobre y poca capacidad. Sin embargo, es posible trabajar duro, asistir a clases nocturnas, conseguir un trabajo mejor, y eventualmente, llegar a ser bastante rico. Es posible entrar en la política y llegar a ser un representante o hasta el presidente. Otros nos elogiarán y presentarán nuestra historia como el fruto de la determinación conjugada con un poco de buena suerte. Pero no hay nada que nos haga ser el hijo o la hija natural de una pareja de padres si hemos nacido de otros padres.
Nada nos convertirá en hijos de Dios si Dios mismo no produce el nuevo nacimiento.
La gracia de Dios es el requisito para convertirse en hijos de Dios. Aunque nosotros debemos creer en Jesús como el Salvador divino para convertirnos en cristianos, creemos porque Dios mismo ha tomado la iniciativa de sembrar la vida divina en nosotros.
El viento y el agua
La imagen del nuevo nacimiento también contribuye para que podamos entender qué sucede cuando Dios toma la iniciativa en la salvación. Nicodemo vino a Cristo para hablar sobre la realidad espiritual, pero Jesús respondió a los comentarios de Nicodemo diciéndole que nadie puede entender, y mucho menos entrar en las realidades
espirituales, si él o ella no ha nacido de nuevo. La palabra que aquí se tradujo "de nuevo" es anóthen que no sólo significa "de nuevo" sino "de lo alto". Jesús le estaba diciendo a Nicodemo que antes tenía que ser el depositario de esta gracia gratuita de Dios. Nicodemo no comprendía. "¿Cómo puede un hombre nacer siendo
viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?" Jesús le respondió: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios... El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es
nacido del Espíritu" (Jn. 3:4-5,8). Una vez que hubo identificado la fuente del nuevo nacimiento, Jesús entonces pasó a hablar sobre cómo tiene lugar la regeneración. ¿Pero qué significa nacer "de agua y del Espíritu"? ¿Y por qué Jesús menciona al "viento"? Hay un número de explicaciones. Según la primera, agua se refiere al nacimiento físico (donde la aparición del bebé está acompañada del líquido amniótico de la madre), y viento (spiritus) significa el Espíritu Santo. De acuerdo con esta explicación, Jesús le está diciendo que para que una persona sea salva tiene que nacer primero físicamente y luego espiritualmente.
Es difícil encontrar una falacia en esta conclusión. Es evidente que si alguien ha de ser salvo tiene que estar físicamente vivo y además nacer de nuevo espiritualmente. Pero esto no parece ser el significado que Cristo tenía en mente. Por un lado, la palabra agua nunca es utilizada de esta manera en las Escrituras. Nuestros pensamientos en este sentido son modernos. Segundo, una referencia a la necesidad del nacimiento físico resulta tan obvia que cabría preguntarse si Jesús habría gastado palabras para referirse a ella. Tercero, el agua no puede estar refiriéndose al nacimiento físico porque, como vimos en Juan 1:13, el nacimiento físico no tiene ningún peso en la regeneración.
Una segunda interpretación de esta frase seria la de tomar agua como significando el agua del bautismo cristiano. Pero el bautismo no está presente en este capítulo. En realidad, la Biblia nos enseña que nadie puede ser salvo por ningún rito religioso externo (1 S. 16:7; Ro. 2:28-29; Gá. 2:15-16; 5:1-6). El bautismo es un signo
importante de lo que ya ha tenido lugar, pero no es el medio por el cual somos regenerados. La tercera interpretación toma tanto al agua como al viento en un sentido simbólico. El agua, según esta interpretación, se refiere al lavamiento; el viento se refiere al poder. Es así como un persona debe ser lavada y llena de poder.3 Si bien es cierto que los pecadores deben ser lavados de sus pecados, y es nuestro privilegio como cristianos el tener poder de lo alto, resulta difícil pensar en que este es el significado del pasaje. Por un lado, en el resto del Nuevo Testamento, el lavamiento y el poder acompañan al nuevo nacimiento o le suceden, mientras que según estos versículos tratan el cómo tiene lugar el nuevo nacimiento. Además, ni el lavamiento ni el poder se relacionan con la metáfora del nacimiento, como parece ser requerido.
Kenneth S. Wuest ha propuesto una cuarta explicación, basándose sobre el uso de agua como metáfora en otros textos del Nuevo Testamento. El agua se usa varias veces en las Escrituras para referirse al Espíritu Santo. En el capítulo 4 de Juan, por ejemplo, Jesús le dice a la mujer samaritana que él le dará "una fuente de agua
que salte para vida eterna" (Jn. 4:14). El lenguaje de Juan 7:37-38 es casi idéntico al de 4:14. Juan agrega: "Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él" (vs. 39). Wuest también hace referencia a Isaías 44:3 y 55:1, pasajes que debían haber sido conocidos por Nicodemo. Siesta es la interpretación correcta, entonces "del agua y del Espíritu" es una redundancia. La conjunción y debería ser tomada en su sentido enfático. Es posible parafrasear este pasaje usando la palabra siquiera. Jesús estaría diciendo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua, o siquiera del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios".4 La explicación provista por Wuest es buena, pero yo siempre he tenido la sensación que todavía es posible decir algo más al respecto. Además de ser una metáfora para el Espíritu, el agua también es utilizada en la Biblia para referirse a la Palabra de Dios. Efesios 5:26 dice que Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella "para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra". En 1 Juan 5:8, el mismo autor que escribió el cuarto evangelio, escribe sobre tres "que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el
agua y la sangre". Como luego continúa hablando sobre el testimonio escrito de Dios sobre el hecho que la salvación es en Cristo, el Espíritu debe referirse al testimonio de Dios dentro del individuo, la sangre al testimonio histórico de la muerte de Cristo y el agua a las Escrituras. Las mismas imágenes están presentes en
Juan 15:3: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado". Hay otro versículo importante que cita a las Escrituras como siendo el canal a través del cual procede el nuevo nacimiento aunque sin usar al agua como metáfora. Santiago 1:18 dice: "El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que
seamos primicias de sus criaturas". Cuando consideramos las palabras de Cristo a Nicodemo, a la luz de estos pasajes, podemos apreciar a Dios como siendo quien realiza la concepción divina, el Padre de sus hijos espirituales, y a la Palabra de Dios empleada por el Espíritu Santo como el medio por el cual la nueva vida espiritual es engendrada. Es decir, en Juan 3:5 Jesús está utilizando dos imágenes: el agua y el viento. La primera representa la Palabra de Dios, y la segunda el Espíritu Santo. Está enseñándonos que mientras la Palabra es compartida, enseñada, predicada y hecha conocer, el Espíritu Santo la utiliza para traer a luz nueva vida espiritual en los que Dios está salvando.
Este es el motivo por el cual la Biblia nos dice que le agradó a Dios salvarnos por la locura de la predicación (1 Co. 1:21; Ro. 10:14-15).
La concepción espiritual
Hay otro versículo que trata sobre el nuevo nacimiento y que aclara lo que he venido diciendo. Es 1 P 1:23 que dice: "Siendo renacido, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre".
En este primer capítulo de 1 Pedro, el apóstol ha dicho que una persona se incorpora a la familia de Dios porque Cristo murió (vs. 18-19) y mediante la fe (vs. 21). A continuación, Pedro resalta el hecho que Dios es el Padre de sus hijos asemejando la Palabra de Dios al esperma humano. La Vulgata Latina hace esto más claro
que nuestra versión inglesa, ya que la palabra utilizada allí es semen.
Pongamos juntas estas enseñanzas y las imágenes de estos pasajes. Dios primero siembra en nuestro corazón lo que podríamos llamar el óvulo de la fe salvífica, ya que se nos dice que la fe no se origina en nosotros, sino que es "un don de Dios" (Ef. 2:8). Segundo, envía la semilla de su Palabra, que contiene la vida
divina dentro de ella, para que penetre el óvulo de nuestra fe. El resultado es la concepción. Entonces, una nueva vida espiritual es concebida, una vida que tiene su origen en Dios y no tiene ninguna conexión con la vida pecaminosa que la rodea. Por eso es que ahora podemos decir que "si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas" (2 Co. 5:17). Nadie puede volver a ser el mismo después que el Espíritu Santo de Dios ha entrado en su vida para implantar la vida de Dios dentro de él o de ella.
Fundamentos de la fe cristiana James Montgomery Boice
Nuevo Nacimiento
A. El uso de la palabra
La palabra regeneración es la forma latina de palingenesia. Es el
sustantivo que expresa la idea de la frase gennethenai anothen, «nacer
otra vez». Evidentemente es probable que tal expresión se usara
como metáfora para indicar cualquier nuevo comienzo. Thayer cita
un uso clásico del dicho de que cuando un hombre tiene un hijo, es
como si él naciera de nuevo, anothen. Josefo alude a cierta
palingenesia, «una regeneración de la patria».
Aunque la palabra griega ana significa «arriba», es un caso de
falacia etimológica insistir en que anothen significa «de arriba». Sencillamente
significa «otra vez», «del suelo para arriba», o «de arriba
abajo». La palabra misma no revela en ninguna manera la fuente de
la acción a la cual se refiere.
En Mateo 19.28 se usa palingenesia para aludir a la restauración
escatológica del mundo en el reino milenial de Cristo, y aparentemente
es sinónima con la expresión «la restauración de todas las cosas» que
se halla en Hechos 3.21. (Compárese también Mateo 17.11.)
Por ahora no nos interesan estos otros usos sino solamente la
referencia específica de la «regeneración» como un cambio en el individuo;
por el cual el hombre perdido se convierte en hijo de Dios.
B. Los credos
No tenemos una definición precisa de regeneración en los credos
o catecismos. La idea de regeneración se expresa por las palabras
«incorporados en él [Cristo]», en la respuesta a la pregunta número
20 del Catecismo de Heidelberg. Heppe incluye regeneración en su
capítulo sobre «llamamiento», y cita a Witsius: «La regeneración es
el acto hiperfísico de Dios, por el cual el hombre elegido, espiritualmente
muerto, es dotado de una vida nueva, vida divina, y esa de la
semilla incorruptible de la Palabra de Dios, fecundada por el poder
trascendente del Espíritu».
Y otra vez cita al mismo escritor: «Sin duda, la regeneración
ocurre en un momento. El paso de la muerte a la vida no admite
demora. Mientras el hombre está en estado de muerte espiritual, no
es regenerado. Pero el mismo instante que empieza a vivir, es engendrado
de nuevo. Por eso no se puede siquiera admitir momentánea-mente ningún estado intermedio entre el regenerado y el no regenerado,
si estamos pensando en la regeneración en su primera acción».
La idea de que la regeneración es un acto instantáneo del Espíritu
Santo por el cual el pecador perdido queda «unido con Cristo», y
hecho así un hijo de Dios, es la opinión casi unánime de los teólogos
reformados citados por Heppe en esta sección de su obra.
En las normas de Westminster se alude a la regeneración, en el
capítulo de la Confesión sobre «llamamiento eficaz», en términos
como, «siendo vivificado y renovado por el Espíritu Santo». En el
Catecismo Mayor, pregunta 67, se define el llamamiento eficaz como
incluyendo la obra del Espíritu Santo, «renovando y determinando de
un modo poderoso sus voluntades, de tal manera que ellos (aun cuando
están muertos en pecado) por esta obra son hechos voluntarios y
capaces para responder libremente a su llamamiento, y aceptar y abrazar
la gracia ofrecida y transmitida en él».
En la respuesta a la pregunta 66 leemos: «La unión que los elegidos
tienen con Cristo es la obra de la gracia de Dios, por la que ellos espiritual
y místicamente, pero real y de una manera inseparable, son unidos a Cristo
como su cabeza y esposo, lo cual es hecho por su llamamiento eficaz».
En el Catecismo Menor, pregunta 30, se alude a la regeneración
en la declaración: «El Espíritu Santo nos aplica la redención comprada
por Cristo, obrando fe en nosotros, y uniéndonos así a Cristo por
nuestro llamamiento eficaz».
No hay que sorprenderse de que en el tiempo en que el protestantismo
aun estaba atado a una iglesia estatal, o a un estado eclesiástico,
y no estaba libre de su concepto como una institución étnica o
nacional, la doctrina de la regeneración en el sentido en que ahora la
estudiamos —con su connotación extremadamente individualista—,
no fuese completamente clarificada. Witsius y otros estudiosos estuvieron
claros en el hecho de que por su misma naturaleza la regeneración
tenía que ser instantánea, empero Heppe y sus fuentes ocasionalmente
confunden la regeneración misma con la vida santa que se
desarrolla por etapas progresivas.
Heppe cita a Heidegger (1633-1698): «La regeneración no es
perfecta en esta vida ni el hombre regenerado es perfecto. Mientras
los hombres moran en esta carne mortal están en guerra con las reliquias
del antiguo Adán, las cuales no son extinguidas ni al principio
ni durante el proceso de regeneración en esta vida, y en verdad laregeneración experimenta frecuentes vicisitudes, según que la obra
de su progreso sea ya más, ya menos rápida». Lo que Heidegger
dice aquí —y es evidentemente también la opinión de Heppe— realmente
es verdad en cuanto al proceso de la santificación, pero no
puede serlo de la regeneración si esta es un acto instantáneo de Dios.
En las primeras páginas del gran capítulo de Charles Hodge sobre
la «Regeneración», indica él que se han empleado varios significados
claramente distintos de la palabra regeneración en la historia
de la teología. Hodge señala: «En la iglesia primitiva, la regeneración
muchas veces expresa no algún cambio moral interior sino uno externo
de estado o relación. Entre los judíos, cuando un pagano se hacía
prosélito, se decía que había renacido. Al cambio de su estado desde
afuera, o dentro de la teocracia, se le llamaba regeneración. En algún
grado este uso pasó a la iglesia cristiana.
Cuando un hombre llegaba a ser miembro de la iglesia se decía
que había nacido de nuevo; y al bautismo, el rito de iniciación, se le
llamó regeneración. Esta acepción de la palabra no ha desaparecido
del todo. A veces se hace la distinción entre la regeneración y la renovación
espiritual. Una es externa, la otra interna. Algunos de los defensores
de la regeneración bautismal hacen esta distinción e interpretan
las fórmulas de la iglesia anglicana de acuerdo con este uso.
La regeneración efectuada en el bautismo, desde su punto de vista,
no consiste en ningún cambio espiritual en el estado del alma, sino
simplemente un nacimiento a la iglesia visible».
Hodge expresa su propia opinión así: «Por consentimiento casi
universal, ahora se usa la palabra regeneración para designar, no
toda la obra de santificación ni las primeras etapas de la obra comprendida
en la conversión, ni mucho menos la justificación ni ningún
cambio meramente externo de estado, sino la transformación instantánea
de la muerte espiritual a la vida espiritual».
C. El uso particular de Calvino
Es muy importante para nuestro entendimiento de este tema que
reconozcamos que Calvino y otros teólogos de gran influencia han
usado la palabra regeneración en un sentido claramente distinto del
que emplean Hodge y la mayoría de los evangélicos actuales.
Calvino afirma: «En una palabra, entiendo que el arrepentimiento
es la regeneración, el fin de la cual es la restauración de la imagen divinadentro de nosotros; que fue mutilada y casi borrada por la transgresión
de Adán... Por lo cual en esta regeneración somos restaurados por la
gracia de Cristo a la justicia de Dios, de la cual caímos en Adán; y de
esta manera se complace el Señor en restaurar completamente a todos
aquellos que Él adopta a la herencia de vida. Y esta restauración no se
efectúa en un solo momento, día o año, sino que por mejoras reiteradas,
a veces tardías, el Señor destruye las corrupciones carnales de sus escogidos,
los purifica de toda contaminación y los consagra a sí mismo
como templos; renovando todos sus sentidos a una pureza verdadera
para que puedan emplear toda su vida en el ejercicio del arrepentimiento,
y saber que esta guerra será terminada solamente por la muerte».
D. El punto de vista de Agustín
Después de comentar la doctrina cristiana de la regeneración bautismal,
Felipe Schaff dice: «Con él [Agustín], y contrario a Calvino, la
regeneración y la elección no coinciden. La primera puede existir sin la
segunda, pero esta no puede existir sin la primera. Agustín presume
que muchos [por el bautismo] en verdad nacen al reino de la gracia
para luego perecer otra vez. Calvino sostiene que en el caso de los no
elegidos, el bautismo es una ceremonia sin significado». Algunos
luteranos sostienen una opinión similar a la de Agustín en este punto.
E. El uso bíblico
El pasaje bíblico sobresaliente con referencia a la regeneración
se encuentra en la historia de la conversación de Cristo con Nicodemo.
«Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que
no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo:
¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por
segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Respondió Jesús: De
cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu,
no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne,
carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es; no te maravilles
de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de
donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a
dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3.3-8).
De acuerdo con la doctrina de la regeneración, para Juan solo
hay dos clases de personas en el mundo: «En esto se manifiestan los
hijos de Dios, y los hijos del diablo; todo aquel que no hace justicia,
y que no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Juan 3.10).
Que la regeneración es la obra del Espíritu Santo, quien aplica a
nosotros los beneficios de la expiación, es enseñanza uniforme de la
Biblia. Sin duda, este es el significado que yace tras la referencia de
Pablo al «Espíritu de vida [quien nos] ha liberado de la ley del pecado
y de la muerte» (Romanos 8.2). «El Espíritu de vida» es el que da
una nueva existencia en el nuevo nacimiento. «Nos salvó, no por
obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia,
por el lavamiento de la regeneración y por la renovación
en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente
por Jesucristo nuestro Salvador» (Tito 3.5,6).
Puesto que el Espíritu Santo usa la Palabra de Dios en su obra de
regeneración tanto como en su obra de convicción, no es contradictorio
hablar de la Palabra misma como la causa eficiente de la regeneración.
Pedro afirma que somos «renacidos no de simiente corruptible sino
incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre
» (1 Pedro 1.23). Santiago exhorta: «Recibid con mansedumbre la
palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas» (Santiago
1.21). Al referirse a la Palabra como el instrumento de la regeneración,
Santiago usa un modo de expresión diferente al que se halla en otros
lugares: «Él, de su voluntad nos hizo nacer, por la palabra de verdad,
para que seamos primicias de sus criaturas» (Santiago 1.18).
El nuevo nacimiento nos lleva a una vida novedosa con un carácter
fresco que se luce como cuando se pone un uniforme: «Vestíos del
nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la
verdad» (Efesios 4.24). Revestíos «del nuevo [hombre], el cual conforme
a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento
pleno» (Colosenses 3.10).
El nuevo hombre, o el carácter novedoso, posee una nueva esperanza:
«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que
según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza
viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 Pedro 1.3).
Puesto que se refiere metafóricamente al Espíritu Santo como
agua viva (Juan 4.10-14; 7.37-39; Tito 3.5,6), no es sorprendente
que se diga metafóricamente que las personas regeneradas son bautizadas
con el Espíritu Santo y beben del Espíritu, «porque por un
solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos ogriegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un
mismo Espíritu» (1 Corintios 12.13).
Se habla del milagro de la regeneración en varias otras figuras
retóricas. Ezequiel dijo: «Esparciré sobre vosotros agua limpia y
seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros
ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo
dentro de vosotros, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi
espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos,
y los pongáis por obra» (Ezequiel 36.25-27).
Puesto que el culto ceremonial del Antiguo Testamento incluía
«diversas abluciones» (Hebreos 9.10), no es de extrañar que se refiera
a la nueva vida de regeneración como un lavamiento. «Y esto
erais algunos; mas, ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados,
ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y
por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6.11).
El rito iniciador externo de la iglesia debe corresponder al nuevo
carácter. El hombre en las bodas sin el vestido de bodas (Mateo
22.11-14) representa a la persona no regenerada que pretende ser
uno del pueblo de Dios.
Se dice que la persona regenerada está viviendo en un nuevo
mundo. Dios «nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado
al reino de su amado Hijo (Colosenses 1.13). «Nosotros de
aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a
Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo
que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5.16,17).
No solo es verdad que el individuo renacido tiene una vida nueva,
sino también que todo en el universo es nuevo.
El cielo tiene un azul más suave,
la tierra un verde más dulce;
algo vive en cada tono
que los ojos sin Cristo nunca han visto.
En Cristo las cuestiones ceremoniales son insignificantes. La única
consideración que tiene valor es la «nueva creación» (Gálatas 6.15).
La persona regenerada es como uno que ha sido levantado de
entre los muertos a una vida nueva. El hijo pródigo que volvió «era
muerto y ha revivido; se había perdido, y es hallado» (Lucas 15.32).
Ya se efectuaron nuestros funerales cuando fuimos bautizados por lamuerte de Cristo, «a fin de que como Cristo resucitó de los muertos
por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva
... lo seremos en la [semejanza] de su resurrección... Así también
vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en
Cristo Jesús» (Romanos 6.1-12). «Aun estando nosotros muertos en
pecado, [Dios] nos dio vida juntamente con Cristo ... y juntamente
con él nos resucitó y as mismo nos hizo sentar en los lugares celestiales
con Cristo Jesús» (Efesios 2.1-6). «Si vivimos por el Espíritu,
andemos también por el Espíritu» (Gálatas 5.25).
T.S J.Olivel Buswell.Jr.
La palabra regeneración es la forma latina de palingenesia. Es el
sustantivo que expresa la idea de la frase gennethenai anothen, «nacer
otra vez». Evidentemente es probable que tal expresión se usara
como metáfora para indicar cualquier nuevo comienzo. Thayer cita
un uso clásico del dicho de que cuando un hombre tiene un hijo, es
como si él naciera de nuevo, anothen. Josefo alude a cierta
palingenesia, «una regeneración de la patria».
Aunque la palabra griega ana significa «arriba», es un caso de
falacia etimológica insistir en que anothen significa «de arriba». Sencillamente
significa «otra vez», «del suelo para arriba», o «de arriba
abajo». La palabra misma no revela en ninguna manera la fuente de
la acción a la cual se refiere.
En Mateo 19.28 se usa palingenesia para aludir a la restauración
escatológica del mundo en el reino milenial de Cristo, y aparentemente
es sinónima con la expresión «la restauración de todas las cosas» que
se halla en Hechos 3.21. (Compárese también Mateo 17.11.)
Por ahora no nos interesan estos otros usos sino solamente la
referencia específica de la «regeneración» como un cambio en el individuo;
por el cual el hombre perdido se convierte en hijo de Dios.
B. Los credos
No tenemos una definición precisa de regeneración en los credos
o catecismos. La idea de regeneración se expresa por las palabras
«incorporados en él [Cristo]», en la respuesta a la pregunta número
20 del Catecismo de Heidelberg. Heppe incluye regeneración en su
capítulo sobre «llamamiento», y cita a Witsius: «La regeneración es
el acto hiperfísico de Dios, por el cual el hombre elegido, espiritualmente
muerto, es dotado de una vida nueva, vida divina, y esa de la
semilla incorruptible de la Palabra de Dios, fecundada por el poder
trascendente del Espíritu».
Y otra vez cita al mismo escritor: «Sin duda, la regeneración
ocurre en un momento. El paso de la muerte a la vida no admite
demora. Mientras el hombre está en estado de muerte espiritual, no
es regenerado. Pero el mismo instante que empieza a vivir, es engendrado
de nuevo. Por eso no se puede siquiera admitir momentánea-mente ningún estado intermedio entre el regenerado y el no regenerado,
si estamos pensando en la regeneración en su primera acción».
La idea de que la regeneración es un acto instantáneo del Espíritu
Santo por el cual el pecador perdido queda «unido con Cristo», y
hecho así un hijo de Dios, es la opinión casi unánime de los teólogos
reformados citados por Heppe en esta sección de su obra.
En las normas de Westminster se alude a la regeneración, en el
capítulo de la Confesión sobre «llamamiento eficaz», en términos
como, «siendo vivificado y renovado por el Espíritu Santo». En el
Catecismo Mayor, pregunta 67, se define el llamamiento eficaz como
incluyendo la obra del Espíritu Santo, «renovando y determinando de
un modo poderoso sus voluntades, de tal manera que ellos (aun cuando
están muertos en pecado) por esta obra son hechos voluntarios y
capaces para responder libremente a su llamamiento, y aceptar y abrazar
la gracia ofrecida y transmitida en él».
En la respuesta a la pregunta 66 leemos: «La unión que los elegidos
tienen con Cristo es la obra de la gracia de Dios, por la que ellos espiritual
y místicamente, pero real y de una manera inseparable, son unidos a Cristo
como su cabeza y esposo, lo cual es hecho por su llamamiento eficaz».
En el Catecismo Menor, pregunta 30, se alude a la regeneración
en la declaración: «El Espíritu Santo nos aplica la redención comprada
por Cristo, obrando fe en nosotros, y uniéndonos así a Cristo por
nuestro llamamiento eficaz».
No hay que sorprenderse de que en el tiempo en que el protestantismo
aun estaba atado a una iglesia estatal, o a un estado eclesiástico,
y no estaba libre de su concepto como una institución étnica o
nacional, la doctrina de la regeneración en el sentido en que ahora la
estudiamos —con su connotación extremadamente individualista—,
no fuese completamente clarificada. Witsius y otros estudiosos estuvieron
claros en el hecho de que por su misma naturaleza la regeneración
tenía que ser instantánea, empero Heppe y sus fuentes ocasionalmente
confunden la regeneración misma con la vida santa que se
desarrolla por etapas progresivas.
Heppe cita a Heidegger (1633-1698): «La regeneración no es
perfecta en esta vida ni el hombre regenerado es perfecto. Mientras
los hombres moran en esta carne mortal están en guerra con las reliquias
del antiguo Adán, las cuales no son extinguidas ni al principio
ni durante el proceso de regeneración en esta vida, y en verdad laregeneración experimenta frecuentes vicisitudes, según que la obra
de su progreso sea ya más, ya menos rápida». Lo que Heidegger
dice aquí —y es evidentemente también la opinión de Heppe— realmente
es verdad en cuanto al proceso de la santificación, pero no
puede serlo de la regeneración si esta es un acto instantáneo de Dios.
En las primeras páginas del gran capítulo de Charles Hodge sobre
la «Regeneración», indica él que se han empleado varios significados
claramente distintos de la palabra regeneración en la historia
de la teología. Hodge señala: «En la iglesia primitiva, la regeneración
muchas veces expresa no algún cambio moral interior sino uno externo
de estado o relación. Entre los judíos, cuando un pagano se hacía
prosélito, se decía que había renacido. Al cambio de su estado desde
afuera, o dentro de la teocracia, se le llamaba regeneración. En algún
grado este uso pasó a la iglesia cristiana.
Cuando un hombre llegaba a ser miembro de la iglesia se decía
que había nacido de nuevo; y al bautismo, el rito de iniciación, se le
llamó regeneración. Esta acepción de la palabra no ha desaparecido
del todo. A veces se hace la distinción entre la regeneración y la renovación
espiritual. Una es externa, la otra interna. Algunos de los defensores
de la regeneración bautismal hacen esta distinción e interpretan
las fórmulas de la iglesia anglicana de acuerdo con este uso.
La regeneración efectuada en el bautismo, desde su punto de vista,
no consiste en ningún cambio espiritual en el estado del alma, sino
simplemente un nacimiento a la iglesia visible».
Hodge expresa su propia opinión así: «Por consentimiento casi
universal, ahora se usa la palabra regeneración para designar, no
toda la obra de santificación ni las primeras etapas de la obra comprendida
en la conversión, ni mucho menos la justificación ni ningún
cambio meramente externo de estado, sino la transformación instantánea
de la muerte espiritual a la vida espiritual».
C. El uso particular de Calvino
Es muy importante para nuestro entendimiento de este tema que
reconozcamos que Calvino y otros teólogos de gran influencia han
usado la palabra regeneración en un sentido claramente distinto del
que emplean Hodge y la mayoría de los evangélicos actuales.
Calvino afirma: «En una palabra, entiendo que el arrepentimiento
es la regeneración, el fin de la cual es la restauración de la imagen divinadentro de nosotros; que fue mutilada y casi borrada por la transgresión
de Adán... Por lo cual en esta regeneración somos restaurados por la
gracia de Cristo a la justicia de Dios, de la cual caímos en Adán; y de
esta manera se complace el Señor en restaurar completamente a todos
aquellos que Él adopta a la herencia de vida. Y esta restauración no se
efectúa en un solo momento, día o año, sino que por mejoras reiteradas,
a veces tardías, el Señor destruye las corrupciones carnales de sus escogidos,
los purifica de toda contaminación y los consagra a sí mismo
como templos; renovando todos sus sentidos a una pureza verdadera
para que puedan emplear toda su vida en el ejercicio del arrepentimiento,
y saber que esta guerra será terminada solamente por la muerte».
D. El punto de vista de Agustín
Después de comentar la doctrina cristiana de la regeneración bautismal,
Felipe Schaff dice: «Con él [Agustín], y contrario a Calvino, la
regeneración y la elección no coinciden. La primera puede existir sin la
segunda, pero esta no puede existir sin la primera. Agustín presume
que muchos [por el bautismo] en verdad nacen al reino de la gracia
para luego perecer otra vez. Calvino sostiene que en el caso de los no
elegidos, el bautismo es una ceremonia sin significado». Algunos
luteranos sostienen una opinión similar a la de Agustín en este punto.
E. El uso bíblico
El pasaje bíblico sobresaliente con referencia a la regeneración
se encuentra en la historia de la conversación de Cristo con Nicodemo.
«Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que
no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo:
¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por
segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Respondió Jesús: De
cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu,
no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne,
carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es; no te maravilles
de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de
donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a
dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3.3-8).
De acuerdo con la doctrina de la regeneración, para Juan solo
hay dos clases de personas en el mundo: «En esto se manifiestan los
hijos de Dios, y los hijos del diablo; todo aquel que no hace justicia,
y que no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Juan 3.10).
Que la regeneración es la obra del Espíritu Santo, quien aplica a
nosotros los beneficios de la expiación, es enseñanza uniforme de la
Biblia. Sin duda, este es el significado que yace tras la referencia de
Pablo al «Espíritu de vida [quien nos] ha liberado de la ley del pecado
y de la muerte» (Romanos 8.2). «El Espíritu de vida» es el que da
una nueva existencia en el nuevo nacimiento. «Nos salvó, no por
obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia,
por el lavamiento de la regeneración y por la renovación
en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente
por Jesucristo nuestro Salvador» (Tito 3.5,6).
Puesto que el Espíritu Santo usa la Palabra de Dios en su obra de
regeneración tanto como en su obra de convicción, no es contradictorio
hablar de la Palabra misma como la causa eficiente de la regeneración.
Pedro afirma que somos «renacidos no de simiente corruptible sino
incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre
» (1 Pedro 1.23). Santiago exhorta: «Recibid con mansedumbre la
palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas» (Santiago
1.21). Al referirse a la Palabra como el instrumento de la regeneración,
Santiago usa un modo de expresión diferente al que se halla en otros
lugares: «Él, de su voluntad nos hizo nacer, por la palabra de verdad,
para que seamos primicias de sus criaturas» (Santiago 1.18).
El nuevo nacimiento nos lleva a una vida novedosa con un carácter
fresco que se luce como cuando se pone un uniforme: «Vestíos del
nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la
verdad» (Efesios 4.24). Revestíos «del nuevo [hombre], el cual conforme
a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento
pleno» (Colosenses 3.10).
El nuevo hombre, o el carácter novedoso, posee una nueva esperanza:
«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que
según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza
viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 Pedro 1.3).
Puesto que se refiere metafóricamente al Espíritu Santo como
agua viva (Juan 4.10-14; 7.37-39; Tito 3.5,6), no es sorprendente
que se diga metafóricamente que las personas regeneradas son bautizadas
con el Espíritu Santo y beben del Espíritu, «porque por un
solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos ogriegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un
mismo Espíritu» (1 Corintios 12.13).
Se habla del milagro de la regeneración en varias otras figuras
retóricas. Ezequiel dijo: «Esparciré sobre vosotros agua limpia y
seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros
ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo
dentro de vosotros, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi
espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos,
y los pongáis por obra» (Ezequiel 36.25-27).
Puesto que el culto ceremonial del Antiguo Testamento incluía
«diversas abluciones» (Hebreos 9.10), no es de extrañar que se refiera
a la nueva vida de regeneración como un lavamiento. «Y esto
erais algunos; mas, ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados,
ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y
por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6.11).
El rito iniciador externo de la iglesia debe corresponder al nuevo
carácter. El hombre en las bodas sin el vestido de bodas (Mateo
22.11-14) representa a la persona no regenerada que pretende ser
uno del pueblo de Dios.
Se dice que la persona regenerada está viviendo en un nuevo
mundo. Dios «nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado
al reino de su amado Hijo (Colosenses 1.13). «Nosotros de
aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a
Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo
que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5.16,17).
No solo es verdad que el individuo renacido tiene una vida nueva,
sino también que todo en el universo es nuevo.
El cielo tiene un azul más suave,
la tierra un verde más dulce;
algo vive en cada tono
que los ojos sin Cristo nunca han visto.
En Cristo las cuestiones ceremoniales son insignificantes. La única
consideración que tiene valor es la «nueva creación» (Gálatas 6.15).
La persona regenerada es como uno que ha sido levantado de
entre los muertos a una vida nueva. El hijo pródigo que volvió «era
muerto y ha revivido; se había perdido, y es hallado» (Lucas 15.32).
Ya se efectuaron nuestros funerales cuando fuimos bautizados por lamuerte de Cristo, «a fin de que como Cristo resucitó de los muertos
por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva
... lo seremos en la [semejanza] de su resurrección... Así también
vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en
Cristo Jesús» (Romanos 6.1-12). «Aun estando nosotros muertos en
pecado, [Dios] nos dio vida juntamente con Cristo ... y juntamente
con él nos resucitó y as mismo nos hizo sentar en los lugares celestiales
con Cristo Jesús» (Efesios 2.1-6). «Si vivimos por el Espíritu,
andemos también por el Espíritu» (Gálatas 5.25).
T.S J.Olivel Buswell.Jr.
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