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martes, 3 de agosto de 2010

El Amor de Dios a los Santos

El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano
El Amor de Dios a los Santos.


NO. 2959
Un sermón predicado la noche del Domingo 11 de Julio, 1875

por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.
Y publicado el Jueves 26 de Octubre, 1905.

"En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros." -- 1 Juan 3: 16

Sermones
El verdadero amor no soporta el letargo. Es como el fuego, de una naturaleza activa; debe estar ocupado. El amor anhela la expresión; no puede quedarse callado. Ordénenle que sea inexpresivo, y le estarán quitando la vida. Y el verdadero amor no se satisface con expresarse únicamente en palabras. Es cierto que utiliza palabras, pero está dolorosamente consciente de la debilidad de esas palabras, pues el pleno significado del amor no puede comunicarse por medio del lenguaje humano. Quiebra el lomo de las palabras, y las aplasta cuando pone en ellas todo el peso de su significado. El amor debe expresarse en obras, como lo dice nuestro viejo refrán: "las acciones hablan más fuerte que las palabras." El amor se deleita también en sacrificios; se regocija en la abnegación; y entre más costoso el sacrificio, más se complace el amor en realizarlo. El amor no ofrece lo que no le cuesta nada; el amor no teme soportar dolores, y pérdidas, y cruces: así se expresa mejor.

Este es un principio general, que no sólo es aplicable a los hombres, sino que atañe a Dios mismo; pues "Dios es amor," y siendo amor, Él debe manifestar Su amor, y no puede quedarse satisfecho hablando simplemente de Su amor. Su amor debe manifestarse en la acción. Más que eso, Dios no habría podido descansar si no hubiera hecho el mayor sacrificio que podía hacer, es decir, entregar a Su unigénito Hijo para que muriera en lugar de los pecadores. Cuando hubo hecho eso, entonces Su amor descansó. Dios no viene a nosotros diciéndonos: "hombres y mujeres, Yo los amo; y deben creer que Yo los amo aunque no haga nada para demostrarles Mi amor." Él, de cierto, nos pide que creamos en Su amor, pero además nos ha dado abundantes pruebas de él; y, por eso, tiene el derecho de exigir nuestra fe en ese amor.

El apóstol del amor, que escribió el capítulo del cual hemos tomado nuestro texto, nos dice: "En esto se nos ha dado a conocer" (pues esa sería la verdadera traducción del original), "en esto hemos conocido, conocemos verdaderamente, el amor de Dios, en que él puso su vida por nosotros." Así como nosotros descubrimos el amor de otros cuando vemos los sacrificios que están dispuestos a hacer por nosotros, lo mismo sucede con Dios mismo. Nosotros descubrimos, discernimos, percibimos, y somos llevados a conocer el amor que siente por nosotros, por el hecho de que "él puso su vida por nosotros."

I. Primero, quiero mostrarles que HAY MUCHOS ACTOS DE DIOS EN LOS QUE SU AMOR QUEDA CLARAMENTE MANIFIESTO, PERO QUE PARA LA MAYORÍA DE LOS HOMBRES PASAN DESAPERCIBIDOS.

Hay muchos de Sus actos de los que podría decirse: "En esto es manifestado el amor de Dios;" sin embargo, muchas personas no se dan cuenta del amor que está detrás de esas acciones. Examinémonos a nosotros mismos, para ver dónde nos encontramos en relación a este tema. Muchos deberíamos haber conocido el amor de Dios a nosotros por el ambiente en el que nacimos. Me estoy dirigiendo a muchas personas que, como yo, debemos mucho a nuestro origen cristiano. Muchos de nosotros podríamos decir en verdad, en las palabras del himno de los niños:


"Yo no nací, como nacen miles,
Donde Dios no ha sido nunca conocido,
Ni aprendí a decir una oración inútil
Ante bloques de madera y piedra."

Pero, sin llegar al extremo de haber nacido esclavos o paganos, podría haber sucedido que nuestra niñez transcurriera en los barrios bajos de Londres. Algunos de ustedes piensan que han sido muy buenos; pero, ¿habrían sido mejores que los muchachos que pueblan nuestros reformatorios? ¿Habrían sido mejores que las personas que abarrotan nuestras prisiones, si hubiesen tenido el mismo ambiente, sin ningún entrenamiento, que les ha tocado en suerte? Si hubieran tenido el ejemplo que ellos han tenido: si el sabor del fuerte licor les hubiese sido familiar casi desde el nacimiento; si la primera cosa que hubiesen escuchado hubiese sido una blasfemia; si hubieran convivido en la cocina con los ladrones, ¿piensan que habrían estado más libres de culpa que todos ellos? Cuando desdeñamos a otros y los despreciamos, pudiera ser que, si conociéramos todas sus tentaciones y las condiciones de su educación, llegaríamos casi a admirarlos por no ser peores de lo que son. A mucha gente le cuesta mucho ser honesta; y hay muchas mujeres en esta espantosa ciudad de Londres, de quienes nosotros tal vez pensamos mal, que, sin embargo, han sufrido casi un martirio, y que han peleado duras batallas contra la tentación. Si han caído un poco, deberían ser honradas por no haber caído más bajo.

Pero qué bendición fue para nosotros que, cuando abrimos nuestros ojos a este mundo, miramos al rostro que nos sonreía, y los labios que muy pronto nos hablaron de Jesucristo. El primer ejemplo que tuvimos fue uno que, hasta este día, hemos deseado seguir. Nuestros compañeros, desde la niñez, han sido de una naturaleza piadosa; y hay algunos, que ahora están en el cielo, que tuvieron mucho que ver con la formación de nuestro carácter, y por quienes debemos dar gracias a Dios siempre.

Ahora, si hubiésemos sido sabios, si hubiésemos entendido el significado de esta disposición llena de gracia, podríamos haber conocido, en las propias condiciones en que nacimos y fuimos educados, el amor de Dios para con nosotros; sin embargo, muchos de nosotros no lo percibimos. No me sorprendería que algunos de ustedes pensaran que fueron maltratados por haber nacido en una familia tan estricta, donde eran controlados y no se les permitía disfrutar libremente de los placeres de la vida. Muchos jóvenes han sentido, tal vez, que han sido demasiado atados a los lazos del delantal de sus madres. Veían a otros jóvenes que se la pasaban muy bien, pero ellos no podían seguirlos; sus padres, como inflexibles carceleros, siempre estaban cuidándolos estrechamente.

Esa era la forma en que muchos de nosotros lo expresábamos en los días de nuestra ignorancia; pero ahora que Dios ha abierto nuestros ojos, podemos ver el amor de Dios en todo ello. Pero no lo veíamos en su momento; y, como regla general, los jóvenes y las jóvenes, que tienen el alto privilegio de un origen y de una educación cristianos, no conocen el amor de Dios en eso, sino que a menudo se quejan, y desearían no haber tenido que soportar lo que consideran una gran opresión.

Luego, queridos amigos, el amor de Dios puede ser visto claramente, en cuanto a todos nosotros, en que Él nos ha dado una ley sabia y juiciosa. La ley de los diez mandamientos es un don de gran bondad para los hijos de los hombres, porque nos indica la manera de vivir que es más sabia y feliz. No nos prohíbe nada sino aquello que es nocivo para nosotros, y no nos impide nada que sea un verdadero placer para nosotros. Los mandamientos que dicen: "tú harás" o "tú no harás" son como los avisos que ponen a veces en los balnearios, con las palabras: "¡Peligro! Manténganse alejados tantos metros de este lugar." Dios no establece leyes que denieguen algo que realmente sea bueno para nosotros.

Si hay unas moras venenosas en tu jardín, le dices a tu hijo que no debe comerlas. Si es un niño inteligente, entenderá que tu amor por él te ha llevado a decirle que no coma de esas moras venenosas. Si no te importara para nada, él podría comer del veneno que quisiera; pero porque lo amas, les dices: "hijo mío, no hagas esto, y no hagas eso, porque te causará un daño, y posiblemente la muerte, si desobedeces." Nosotros debemos ver el amor de Dios en el don de la ley, pero nadie puede hacer eso jamás mientras no haya sido guiado a ver el amor de Dios de otras maneras. Por naturaleza no podemos decir de la ley, aunque debemos hacerlo, "En esto hemos conocido el amor de Dios hacia nosotros."

También hemos tenido abundantes manifestaciones del amor de Dios, en las diarias munificencias de la divina providencia. Si nuestros ojos estuviesen realmente abiertos, recibiríamos cada barra de pan como una señal del cuidado de nuestro Padre, y cada gota que bebiéramos vendría como el don de la generosidad de nuestro Padre. ¿Acaso no estamos vestidos por Su amor? El aliento que inhalan nuestras fosas nasales, ¿quién lo proporciona, sino nuestro Creador? ¿Quién nos mantiene la salud, sino nuestro grandioso Benefactor? ¿Acaso no es una muestra de amor que no estés esta noche en tu lecho de enfermo, que no estés en un manicomio, que no te encuentres al borde la tumba, ay, y que no estés en el infierno?

Nosotros somos un conglomerado de misericordias y un conglomerado de pecados; parecemos estar constituidos por una mezcla simultánea de misericordia e ingratitud. Pero si el Señor abre nuestros ojos, entonces percibiremos que somos recipientes de misericordia ilimitada, y comenzaremos a conocer Su amor; pero este no es el primer lugar en que el hombre ve el amor de Dios. La cruz es la ventana ojival desde la cual se puede ver mejor el amor de Dios; pero, mientras no se abra esa ventana, todas las dádivas de la providencia de Dios no nos convencerán de Su amor. Observen cómo la mayoría de los hombres siega la mies, pero nunca bendice al Dios que da la cosecha. Miren cómo transportan sus cargamentos hasta los graneros, y luego trillan el grano y lo envían a los mercados para su venta; pero, ¿han oído alguna vez que canten algún himno de alabanza en el mercado, cuando han traído las primicias del grano para su venta? ¿Alguna vez se han enterado de algo así? Vamos, pensarían que estábamos completamente locos si, en Mark Lane, comenzáramos a cantar a la llegada del primer cargamento del nuevo grano:


"Alaben a Dios de Quien provienen todas las bendiciones."

Más bien habrá muchos allí maldiciendo porque el grano bajó de precio un centavo o dos, y posiblemente la gente pobre obtenga su pan un poco más barato. Dar gracias a Dios parece haber pasado de moda, y los filósofos nos dicen, y deberíamos saberlo, que el grano brota naturalmente, y que Dios no tiene nada que ver en el asunto. Ellos afirman que, ya sea que llueva o que brille el sol, los procesos naturales están regulados por una ley férrea que no tiene nada que ver con Dios; y prácticamente nos dejan con la implicación que Él se ha ido de vacaciones, y ha dejado que el mundo se maneje solo, o que tal vez le dio cuerda, como un reloj, y lo puso bajo Su almohada y se durmió. Esa es la religión del filósofo; y, en lo que a mí respecta, los filósofos se pueden quedar con ella, pues esa no es mi religión. Mi religión cree en el Dios de las lluvias, y en el Dios que hace brillar el sol, y en el Dios de las cosechas. Yo creo en "el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos;" y que Su nombre sea alabado por ello. Si nuestros corazones fueran rectos con Él, deberíamos conocer "en esto" el amor de Dios, pero no lo conocemos; esa percepción nos llega a través de un vitral, esa ventana manchada de rojo por la sangre preciosa de Cristo. Allí, y únicamente allí, percibimos el amor de Dios, "en que él puso su vida por nosotros."

II. Esto me lleva al segundo punto, que es: EL AMOR DE CRISTO ES VISTO MEJOR EN LA DÁDIVA DE SU VIDA.

Ya he dicho que, en muchos actos de Dios, debemos ver Su amor; pero, de conformidad con el texto, nosotros "en esto" hemos conocido el amor de Dios, "en que él puso su vida por nosotros." Es universalmente admitido que no puede haber mayor prueba de amor que una persona ponga su vida por el objeto de su amor. Todo tipo de sacrificios pueden ser aceptados como pruebas de afecto, pero la dádiva de la vida es la prueba suprema de amor, que nadie puede dudar.

Es fácil que un hombre diga que ama a su país; pero supongamos que ese hombre estuviera en la condición de Curtius (1), en la antigua fábula romana, cuando un gran brecha se abrió en el Foro, y fue declarado por el oráculo que únicamente podría ser tapada si se lanzaba dentro del Foro la cosa más preciosa que se pudiera encontrar en Roma. La historia continúa diciendo que Curtius, armado hasta los dientes y montado en su corcel, saltó al abismo, y éste se cerró instantáneamente. Bien, nadie podría dudar del amor de ese hombre por su país.

Si la pregunta fuera acerca del amor a la humanidad, tenemos la historia (la verdadera historia) de un cirujano de Marsella; y si nosotros actuáramos como él lo hizo, nadie podría dudar de nuestro amor por el prójimo. La plaga se ensañaba por toda la ciudad, y la gente moría por millares. El buen obispo permaneció entre su gente, ministrando los últimos ritos a los moribundos, y animando a los vivos; y muchos de los médicos de la ciudad, que podrían haberse marchado, se quedaron para atender a los enfermos. En una junta celebrada entre ellos, fue resuelto que se hiciera un examen post mortem de uno de los peores casos de la peste; y la pregunta era que quién lo haría, pues quienquiera que lo hiciera, ciertamente moriría de la enfermedad en un lapso de breves horas. Uno de ellos, para su honra, dijo: "mi vida no es de mayor valor que la de cualquier otro hombre; ¿por qué no habría de sacrificarla, si al hacerlo pudiera descubrir la causa de este terrible mal, y así salvar a la ciudad?" Finalizó su horrenda tarea, escribió sus notas acerca del caso, y luego se fue a casa y murió. Nadie dudó que amara a Marsella, pues había puesto su vida por ella.

Y probablemente ustedes leyeron, el otro día, la historia del amor de una madre, que nadie podría dudar. En las recientes inundaciones desastrosas, una madre que tenía a sus dos hijitos en una cuna, subió a una colina llevándolos consigo; se acercó a un árbol, o a cualquier otro frágil refugio, con estos dos amados objetos de su amor, y los sostuvo hasta que descubrió que el apoyo al que se había aferrado, no era lo suficientemente fuerte para sostenerla a ella y a sus dos bebés; así que, colocándolos tan alto como pudo, fuera de peligro, fue tragada por las aguas y pronto se hundió. Nadie podría dudar del amor de esa madre cuando puso su vida por sus hijos. Esta es la prueba suprema de amor; aun "el abogado del diablo" no se levantaría para disputar esta verdad. Quienes pueden dar su vida por otros, seguramente deben amar a aquellos por quienes ponen sus vidas.

Ahora, nuestro Señor Jesucristo ha demostrado Su amor a los pecadores muriendo por ellos. ¿Necesitan que les narre la historia de nuevo? ¡Oh, hermanos y hermanas míos, léanla ustedes mismos; léanla a menudo! La encuentran escrita cuatro veces, pero todavía no es suficiente: la historia del Hijo de Dios, que, por nuestra causa, murió la muerte de un malhechor, clavado bárbaramente a la cruz para que diera Su sangre hasta la muerte. Lean esa historia, y vean cómo demostró Su amor por ustedes.

Pero hubo ciertos puntos acerca de la muerte de Cristo que son muy extraordinarios, y que son mejores pruebas de amor que las que acabo de mencionarles. La primera es ésta: Jesús no necesitaba morir del todo. Cuando murió el cirujano de Marsella, únicamente hizo entonces lo que debería hacer unos cuantos años más tarde. Cuando pereció la madre para salvar a sus hijos, sólo murió unas cuantas semanas, o meses, o años, antes del tiempo señalado; pues, siendo mortal, ella debía morir. Si en efecto ponemos nuestra vida por otros, realmente no estamos poniendo nuestra vida; simplemente pagamos la deuda de la naturaleza un poco antes del tiempo debido. Pero fue totalmente diferente en el caso del Señor Jesucristo. La muerte no tenía ningún poder sobre Él. Es de Él que escribe Pablo: "el único que tiene inmortalidad." ¿Quién habría podido, sin Su consentimiento, poner su mano sobre el Príncipe de la vida, el Hijo de Dios, y decirle: "morirás"? Nadie podría haber hecho eso; fue un acto puramente voluntario que Cristo muriera; ya no digamos morir en la cruz, sino el simple hecho de morir, fue un acto voluntario de Su parte; y, consecuentemente, una prueba muy singular de Su amor a nosotros.

Recuerden, también, que en el caso de nuestro Señor, no tenía ninguna obligación de morir por aquéllos por quienes murió. Yo puedo entender que una madre muera por sus hijos. "¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?" Puedo encontrar una razón por la que un noble ciudadano esté anuente a morir por su ciudad. Cuando los seis diputados de Calais se pusieron sogas alrededor de sus cuellos, y fueron a Eduardo III para ofrecerse a morir en lugar de sus conciudadanos, puedo entender su acción. ¿Acaso no eran los líderes de esa comunidad? ¿No ocupaban una posición de responsabilidad y honor que, si bien no les exigía exactamente ese sacrificio, sin embargo, al menos, era natural que ellos, si eran hombres de verdadero espíritu noble, lo hicieran? Pero no había tales argumentos sobre nuestro Señor Jesucristo. Cuando la reina Eleonor chupó el veneno de las heridas de su esposo, a riesgo de su propia vida, puedo entender lo que hizo. No estoy diciendo que estaba obligada a hacerlo, pero sí digo que la relación de esposa explica lo que hizo. Pero Jesucristo, el Hijo de Dios, no tenía relación con nosotros hasta que eligió asumir la relación que asumió y que brotó de Su infinita compasión. No había mayor relación entre Él y nosotros que la que hay entre el alfarero y la arcilla; y si la arcilla se daña en la rueda ¿qué hace el alfarero sino tomarla y arrojarla a un rincón? Y así pudo haber hecho el grandioso Creador con nosotros; pero, en lugar de hacer eso, Él derrama Su sangre para hacer de nosotros vasijas de honra adecuadas para Su propio uso.

Oh, Hijo de Dios, ¿cómo pudiste inclinarte tan bajo hasta tomar nuestra naturaleza, y en esa naturaleza desangrarte y morir, cuando entre Tú y nosotros había una distancia infinitamente mayor que la que hay entre una hormiga y un querube, o entre una polilla y un arcángel? Sin embargo, sin ninguna obligación de Tu parte, por Tu propia libre voluntad, Tú te entregaste a la muerte por causa de Tu asombroso amor por nosotros.

Otra característica extraordinaria del amor de Cristo fue que nadie Le suplicó para que muriera por su causa. En los otros casos que he mencionado, ustedes recordarán que no se hicieron apelaciones vocales. Los bebés en la cuna no rogaron a su madre que muriera por ellos. No, pero la simple presencia de ellos fue suficiente para que fuera una súplica virtual para su madre. En el caso de la ciudad que moría de la epidemia, ¿podría el cirujano (que sabía que, por un análisis, podría descubrir el secreto del mal), ir por las calles, y ver las puertas marcadas con la cruz fatal, y oír los lamentos de las viudas y de los niños, sin sentir que estaban haciendo las más lastimeras súplicas a su corazón?

Pero el hombre no suplicó a Dios que muriera por él. Nuestro padre Adán (y él era el representante de todos nosotros), no cayó de rodillas en la presencia de Dios, diciendo: "Dios, sé propicio a mí, pecador. ¡Oh, Dios, a quien he ofendido, dame un Salvador, y líbrame de Tu ira!" Ninguna oración y ni siquiera una confesión brotaron de los labios de Adán; sólo un perverso y malvado intento de echarle la culpa a Dios por su desobediencia: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí." Eso es todo lo que la naturaleza humana normalmente hace; no reconocerá que necesita un Salvador, y no confesará que ha pecado lo suficiente para necesitar de un sacrificio expiatorio; y, consecuentemente, la excusa del hombre podría haber paralizado el amor de Cristo, si hubiera podido lograrlo. Tú no pediste misericordia, no solicitaste una expiación, no deseabas la expiación por tu pecado; sin embargo Jesús vino, sin que se le pidiera, sin que se le deseara, sin que se le buscara, para poner Su vida por los pecadores.

Observen además que Jesucristo muy bien sabía que, si ponía Su vida, no recibiría un amor recíproco de aquellos por quienes moría, a menos que Él mismo creara ese amor. Esto lo ha hecho Él en los corazones de Su propio pueblo; pero, en los corazones de los que han sido dejados a sí mismos, no hay amor para Jesucristo. Aquí, domingo a domingo, es nuestro privilegio predicar a un Salvador moribundo a pecadores moribundos; pero, de todos los temas en el mundo, parece que es el que causa menos impresión en algunos de nuestros oyentes. Si viniéramos aquí, y habláramos de la devoción de Howard que vivió y murió para mejorar las penosas condiciones de los prisioneros en nuestras cárceles, muchos estarían inclinados a admirar al filántropo; pero, ¡cuán poca admiración siente la mayoría de los hombres por nuestro dulce Dios y Señor! Es una vieja historia, dicen ustedes, y la han escuchado tan a menudo, que les importa muy poco.

Ahora, esa madre que murió para salvar a sus hijos, sintió que ellos la amaban. Cuán a menudo la habían embelesado con sus arrullos y sonrisas mientras descansaban en su pecho, y ella sentía que podía dar con gusto su vida por ellos. Pero nuestro Señor Jesucristo sabía que moría por unos monstruos con corazones de piedra, cuya reciprocidad por Su amor, si dependiera de ellos, sería un completo rechazo. No quieren creer en Él; prefieren confiar en su propia justicia que en la de Él, y quieren tratar de encontrar un camino al cielo por medio de los sacramentos y las ceremonias más bien que por la fe en el sacrificio meritorio que Él hizo, cuando puso Su vida por los pecadores.

Recuerden, también, que nuestro Señor murió a manos de los hombres, habiendo muerto en lugar de ellos. El cirujano de Marsella no murió por los actos de sus conciudadanos. La madre no murió a manos de sus hijos. Curtius, saltando al abismo, no fue forzado a hacerlo por la ira de sus conciudadanos. Al contrario, todos ellos hubiesen estado muy contentos si hubieran continuado viviendo. Pero fue esto lo que hizo que la muerte de Cristo fuera tan tristemente única, porque vino para morir por los hombres que deseaban matarlo. "¡Crucifícale, crucifícale!" gritaban en su loca furia, echando espuma por la boca. "¡Oh!" dirán algunos, "pero yo nunca he dicho eso." No, no entonces; pero tal vez lo estás diciendo ahora; pues todavía hay muchos que odian el Evangelio de Cristo, y odiar el Evangelio es odiar a Cristo mismo, pues es Su propia esencia y corazón; y rechazar a Cristo, para elegir tu propio placer y postergar tu arrepentimiento, como algunos lo hacen, y vivir en enemistad con Cristo, es casi lo mismo que gritar, "¡Crucifícale!" y viene a ser lo mismo a la larga.

Ustedes saben que, si pudieran estar absolutamente seguros que no hay un Cristo, ni un Dios, ni un cielo, ni un infierno, serían perfectamente felices. Es decir, si pudieran, crucificarían a Cristo, y lo dejarían sin existencia, conjuntamente con todo lo que tenga que ver con Él. Bien, ese es exactamente el mismo espíritu que llevó a los antiguos judíos a clamar: "¡Crucifícale, crucifícale!"

Además, hubo algo notable acerca de la muerte de Cristo y es que, al morir por nosotros, Él tomó sobre Sí una terrible carga de vergüenza y deshonor, y también entró en una muy íntima conexión con el pecado. No hubo nada vergonzoso acerca del salto de Curtius al abismo; si yo hubiera sido un espectador allí, le habría aplaudido, y gritado: "¡bien hecho, Curtius!" ¿Quién no habría dicho lo mismo? Pero cuando nuestro Señor murió, los hombres le sacaron la lengua, y se burlaron de Él. La Suya fue ciertamente una muerte vergonzosa. Y me parece que cuando esa madre puso a sus bebés en un lugar seguro, y ella se hundió en la corriente furiosa, los ángeles se alegraron a la vez que se entristecieron ante tal acto de heroísmo.

Pero cuando Jesús Se hundió en la impetuosa corriente para salvarnos, ni siquiera Dios mismo Le sonrió. Entre los clamores del Salvador al expirar estaba aquel grito agonizante: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Esto fue porque, como nuestro Representante, había entrado en contacto con el pecado del hombre, y por tanto con la vergüenza del hombre. El justo y santo Hijo de Dios fue hecho maldición por nosotros; o, como nos dice Pablo, Dios "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él."

Todo esto ayuda a manifestarnos el asombroso amor de Cristo, por lo que termino mi sermón haciendo la pregunta, como dice el texto: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros," ¿hemos conocido ese amor? ¿Lo percibimos? Esa es una pregunta muy sencilla, sin embargo me tomo la libertad de recalcarla ante ustedes. Creo que es Aristóteles el que afirma (y él fue un gran maestro del pensamiento), que es imposible que una persona sepa que es amada sin sentir a cambio algún amor. Pienso que como regla, eso es verdad; por tanto, si realmente conoces que Cristo te ha amado tanto para morir por ti, brotará en tu corazón, de alguna manera, amor por Él. Un domingo por la noche, yo estaba leyendo en Exeter Hall, el himno que comienza:


"Jesús, Amante de mi alma."

Y, justo en ese momento, se apareció por casualidad en el salón un hombre de moda, un hombre del mundo, sin preocupación por las cosas espirituales; pero ese verso llegó a su oído:


"Jesús, Amante de mi alma."

Él se preguntó: "¿acaso Jesús me ama realmente? ¿Acaso Él es el Amante de mi alma?" y esa línea fue el medio para engendrar amor en su insensato corazón, y en ese instante se sometió al amor de Cristo. Oh, que un resultado así pueda venir de mi repetición de la historia aquí; que algunos que no han amado nunca al Señor Jesucristo hasta este momento, se pregunten: "¿acaso amó Él así a Sus enemigos, los amó tan extrañamente hasta la muerte? Entonces nosotros, aunque hemos sido hasta aquí Sus enemigos, no podemos ser ya más Sus enemigos, sino que lo amaremos en reciprocidad a Su gran amor por nosotros."

Y ustedes cristianos, que verdaderamente lo aman, si han conocido algo de Su amor, traten de conocerlo aún más, para que puedan amarlo más; y si realmente Lo aman más, traten de mostrar ese amor. Observen el resto del versículo del que es tomado mi texto; no dejé fuera la última parte porque tuviera temor de él, sino porque no contaba con el tiempo para comentarlo como lo merece: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos." Debemos demostrar nuestro amor a nuestro Dios por medio del amor a nuestro prójimo, y especialmente a nuestros hermanos, y demostrar nuestro amor mediante acciones.

Yo no sé lo que valga el amor de algunas personas que profesan la fe; yo supongo que ellos lo saben, si registran lo que les cuesta en un año. Me temo que no les cuesta tanto dar para su religión como les cuestan sus condecoraciones o algunas insensatas indulgencias. Pagan mejor a sus limpiabotas que a sus ministros, y se cuidan en gastar en ellos mismos, en perfecto desperdicio, cien veces más de lo gastan en la divulgación del Evangelio, en la salvación de los paganos, en ayudar a los pobres, o en el rescate de los caídos. Nosotros no creemos en un cristianismo así, y ciertamente no deseamos practicarlo. Si profesamos ser cristianos, seamos cristianos de hecho, y especialmente mostremos nuestro amor por Cristo amando a nuestros hermanos. Si ven a cualquiera de ellos en una necesidad, ayúdenles hasta donde se pueda. Si necesitan aliento o consuelo, denles buen aliento y consuelo; pero, si necesitan ayuda monetaria, ayuda financiera, ayúdenles con eso también.

En los antiguos tiempos de persecución, hubo siempre algunas almas nobles que trataban de esconder a los cristianos de los perseguidores que buscaban sus vidas, aunque lo hacían arriesgando sus propias vidas; y muchos cristianos se han entregado a la muerte para salvar las vidas de sus hermanos. Algunas de las personas viejas venían vacilantes ante el juez porque pensaban que no harían tanta falta como los más jóvenes; y, posiblemente, algunos de ellos también pensaron que tenían más fe que la que tenían los más jóvenes; y si tenían más fe, estaban más preparados para morir, y así permitían que los más jóvenes continuaran viviendo hasta que crecieran más en la fe, y en la esperanza y en el amor.

Pero por otro lado, a veces los más jóvenes suavemente hacían a un lado a los padres diciéndoles: "no; ustedes están viejos: ustedes quédense todavía por acá un rato, y enseñen a los jóvenes; pero nosotros los jóvenes, somos fuertes, así que iremos y moriremos por Cristo." Y hubo muchas contenciones en la Iglesia de Dios, en tiempos de persecución, en relación a quién debía morir primero por Cristo. Todos querían poner sus vidas por sus hermanos. ¿Dónde se ha ido ahora este amor abnegado? Quisiera ver algo de ese amor; inclusive usaría microscopios en mis ojos si supiera que de esa manera pudiera descubrirlo; pero me temo que no podré hacerlo. Vamos, si nos amáramos unos a otros ahora, como los cristianos se amaron en aquel entonces, seríamos el tema de conversación de la ciudad, e inclusive los mundanos dirían: "Ved cómo estos cristianos se aman unos a los otros." Pero esto es únicamente lo que debemos hacer; por tanto, hermanos y hermanas en Cristo, que sea eso lo que hagamos. ¡Que Dios les ayude a hacerlo, por Cristo nuestro Señor! Amén.

Nota del traductor:

(1) Marcus Curtius, héroe legendario de la Roma antigua. Se dice que en 362 antes de Cristo, un golfo profundo se abrió en el Foro, y los oráculos declararon que nunca se cerraría hasta que la posesión más valiosa de Roma fuese lanzada en él. Entonces Marcus Curtius, un joven de familia noble, reconociendo que nada era más precioso que un joven ciudadano valiente, se armó completamente, y a caballo, saltó al abismo, que se cerró inmediatamente.
(2) Munificencia: generosidad con magnificencia.

Por la entrañable misericordia de Dios.

El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano
La Entrañable Misericordia de Dios


NO. 3029
Un sermón predicado la noche del Domingo 23 de Mayo, 1869

por Charles Haddon Spurgeon

En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.
Y publicado el Jueves, 28 de Febrero, 1907.

"Por la entrañable misericordia de nuestro Dios." Lucas 1: 78.

Sermones

Una prueba de la grandiosa ternura de Dios es que se haya dignado pensar en Su criatura pecadora, el hombre. Cuando el ser creado se estableció deliberadamente en oposición a su Creador, ese Creador pudo haberlo destruido, o haberlo abandonado a su propia suerte para que se fraguara su destrucción. Fue la ternura divina la que se fijó en una criatura tan insignificante, comprometida insolentemente en una grave rebelión. Fue también la infinita ternura la que había considerado tan cuidadosamente al hombre, mucho tiempo antes de todo eso, que elaboró un plan para que el hombre caído pudiera ser restaurado.

Ha sido una maravilla de la misericordia que la sabiduría infalible se uniera con el poder todopoderoso para preparar un método mediante el cual el hombre rebelde pudiera ser reconciliado con su Hacedor. Fue el máximo grado posible de ternura que Dios entregara a Su propio Hijo, a Su Unigénito, para que derramara Su sangre y muriera para completar la grandiosa obra de nuestra redención. Ha sido también ternura indescriptible que Dios, además del don de Su Hijo, se compadeciera de tal manera de nuestra debilidad y de nuestra impiedad, que nos envió al Espíritu Santo para conducirnos a aceptar ese "don inefable." Es la ternura divina la que soporta nuestra obstinación cuando rechazamos a Cristo, la divina ternura la que insiste repetidamente mediante reconvenciones e invitaciones encaminadas todas ellas a inducirnos a que tengamos misericordia de nosotros mismos, y aceptemos esa bendición inmensurable que la entrañable misericordia de Dios nos presenta gratuitamente.

Ha sido una maravillosa ternura de parte de Dios, que, cuando pensó en salvar al hombre, no se contentó con restituirlo al lugar que había ocupado antes de haber caído, sino que quiso elevarlo mucho más arriba de su posición original; pues, antes de la Caída, no había ningún hombre que se pudiera llamar en verdad el igual del Eterno; pero ahora, en la persona de Cristo Jesús, la naturaleza humana está unida con la Deidad; y de todas las criaturas que Dios ha hecho, el hombre es el único que ha sido tomado en unión con Él, poniéndolo por encima de todas las obras de Sus manos. Hubo infinita ternura en los primeros pensamientos de amor de Dios hacia nosotros, y ha habido ternura divina en todo momento hasta ahora, y esa misma ternura llevará a nuestras almas al cielo, donde diremos conjuntamente con David, "Tu benignidad me ha engrandecido."

Voy a hablar de la ternura de la misericordia de Dios hacia los pecadores, con la plena esperanza que, tal vez, algunos de ustedes que todavía no han amado nunca a nuestro Dios, puedan ver cuán grande ha sido Su amor hacia ustedes, y así se enamoren de Él y confíen en Su amado Hijo Jesucristo, y confiando sean salvos.

I. Primero, voy a tratar de mostrarles que, en la misericordia de Dios, HAY UNA GRAN TERNURA EN SUS GRANDIOSAS PROVISIONES.

Vemos allí a un soldado herido que se está desangrando hasta la muerte en el campo de batalla. Se le acerca un amigo, misericordioso y tierno, y le trae agua fresca y refrescante que le ayudará a recuperar su conciencia, y podrá abrir otra vez sus ojos semiapagados. Está cubierto de sudor, pero allí tiene agua fría para refrescar su enfebrecido rostro. Sus heridas están muy abiertas, y su vida se escapa de su cuerpo, pero su amigo ha traído consigo el aceite y las vendas con los que restañará sus heridas. ¿Es esto todo lo que ha provisto para el guerrero herido? No, pues allí vemos una camilla, llevada por hombres que caminan con sumo cuidado para evitar que el pobre inválido sea sacudido. ¿Adónde lo van a llevar? El hospital está preparado; la cama, tan suave, perfectamente adecuada para soportar tal cantidad de debilidad y dolor, está lista; y la enfermera lo espera diligentemente para prestarle los servicios que se requieran. El hombre muy pronto duerme un sueño que lo restaurará; y cuando abre sus ojos, ¿qué es lo que ve? Contempla la comida adecuada para sus circunstancias y necesidades; cerca de él se ha colocado un ramo de flores, para que con su belleza y fragancia le sirva de aliento y lo alegre; y un amigo se acerca con suaves pisadas, y le pregunta si tiene una esposa, o una madre, o algún amigo a quienes se les pueda escribir una carta. Antes de pensar en lo que necesita, ya lo tiene allí a su lado; y casi antes de que pueda expresar un deseo, le es concedido. Este es un ejemplo de la ternura del compañerismo humano, pero infinitamente mayor es la ternura de Dios hacia los pecadores culpables. Él ha pensado en todo lo que un pecador necesita, y ha provisto en abundancia todo lo que el alma culpable requiere para conducirla a salvo al propio cielo.

Para cada caso individual, Dios, en el pacto de Su gracia, ha preparado una cosa buena diferente. Para grandes pecadores, cuyas iniquidades son muchas y graves, hay palabras llenas de gracia como éstas: "Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana." Si el hombre no ha caído en las grandes profundidades del pecado deliberado, el Señor le dice, como el Salvador de corazón misericordioso le dijo a uno que estaba en esa condición: "Una cosa te falta;" y la gracia de Dios está preparada para suministrar esa cosa precisa.

Hay tantas cosas en la Palabra de Dios para alentar la necesidad de venir a Cristo como las hay para invitar al hombre inmoral a que abandone sus pecados, y acepte "la entrañable misericordia de nuestro Dios." Si hay niños o jóvenes que deseen encontrar al Señor, esta promesa es especial para ellos, "Me hallan los que temprano me buscan." Sí, inclusive para los pequeñitos hay tiernas palabras como estas: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos."

Luego, si el pecador es un anciano, se le recuerda que algunos fueron enviados a trabajar en la viña aun en la hora undécima; y si ya se estuviera muriendo, hay aliento para él en la narración del ladrón moribundo que confió en el Salvador agonizante, quien, al cerrar sus ojos en la tierra, los abrió con Cristo en el paraíso.

Así que repito que, en el pacto de Su gracia, Dios ha respondido al caso peculiar de cada pecador que realmente desea ser salvado. Si estás muy triste y deprimido, decaído y a punto de desmayar, hay promesas y declaraciones divinas que se adecuan exactamente a tu caso. He aquí algunas de ellas: "El sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas." "Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia." "No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare."

Todo parece estar establecido con el propósito de que, independientemente de la condición en la que pueda haber caído un hombre por el terrible mal del pecado, Dios venga a él, no con rudeza sino con la mayor ternura, para darle precisamente lo que necesita. Yo me gozo de poder decir que todo lo que el pecador necesita, entre el tiempo y la eternidad, es suministrado por el Evangelio de Cristo; todo lo necesario para el perdón, para la nueva naturaleza, para la preservación, para el perfeccionamiento, y para la glorificación, está atesorado en Cristo Jesús, en Quien agradó al Padre que habitase toda plenitud.

Entonces, antes de proseguir, bendigamos la tierna consideración de Dios, que, previendo lo graves que serían nuestros pecados y nuestras aflicciones, nuestras necesidades y nuestras debilidades, ha dispuesto para nuestras grandes necesidades, una provisión ilimitada de gracia y misericordia.

II. Pero, en segundo lugar, la ternura de Dios es vista EN LOS MÉTODOS QUE ÉL UTILIZA PARA ATRAER A LOS PECADORES.

Las antiguas prácticas de cirugía podrían haber sido útiles en su tiempo, pero en verdad no eran nada tiernas. A bordo de un buque de guerra después de entrar en acción, ¡qué métodos tan ásperos eran adoptados por quienes intentaban salvar las vidas de los heridos! Algunos de los remedios que leemos en los antiguos manuales de medicina, deben haber sido mucho más terribles que las propias enfermedades que pretendían curar, y yo no dudo que muchos de los pacientes murieran precisamente por el uso de esos ásperos remedios. Pero el método de Dios de mostrar misericordia al hombre es siempre divinamente tierno. Es siempre poderoso; pero, aunque es masculino en su fuerza, es femenino en su ternura.

Mi querido lector, considera entonces que Dios te ha enviado el Evangelio; pero ¿cómo te lo ha enviado? Lo pudo haber enviado por medio de un ángel; un serafín luminoso podría haberse parado aquí para comentarte en inflamadas frases acerca de la misericordia de Dios. Pero tú te habrías alarmado si lo hubieras podido ver, y habrías huido de su presencia; habrías estado completamente fuera de condición para la recepción del mensaje angélico. En lugar de haberte enviado un ángel, el Señor te ha enviado el Evangelio por medio de un hombre sujeto a pasiones semejantes a las tuyas; alguien que se puede identificar contigo en tu rebeldía, que afectuosamente tratará de entregarte su mensaje de manera tal que satisfaga tu necesidad.

Algunos de ustedes oyeron por primera vez el Evangelio de labios de su querida madre; ¿quién más podría contar esa historia tan bien como ella lo hacía? O tal vez lo has escuchado de una amiga, que con ojos inundados de lágrimas y pecho jadeante irradiaba la intensidad con que amaba tu alma. Da gracias que Dios no haya proclamado el Evangelio desde el Sinaí en medio de truenos, con sonido de bocina fortísimo y prolongado, haciéndote recordar la pavorosa convocación del último día tremendo; sino que el bendito mensaje de salvación, "Cree y vivirás," llega a ti brotando de la lengua de algún compañero, en tonos enternecedores que imploran ser bien recibidos.

Vean también la ternura de la misericordia de Dios en otro sentido, y es que el Evangelio no es enviado a ustedes en lengua desconocida. No tienen que ir a la escuela para aprender griego, o hebreo, o latín, para poder leer acerca del camino de salvación. Es enviado a ustedes en su sencilla lengua materna. Puedo decir honestamente que no he pretendido las bellezas de la elocuencia ni los refinamientos de la retórica; pero si ha habido una palabra, más tosca y apropiada que pudiera ser usada en lugar de otra, que yo haya considerado que favorecería mi propósito de presentar un claro mensaje del Evangelio, he elegido invariablemente esa palabra. Aunque pudiera haber hablado de otra manera si así me lo hubiera propuesto, he decidido que lo correcto y lo mejor, es, como lo hizo el apóstol Pablo, "usar de mucha franqueza," para que nadie que me escuche pueda decir honestamente, "no pude entender el plan de salvación como fue explicado por mi ministro." Bien, entonces, como has oído el Evangelio predicado tan claramente que no necesitas de un diccionario para entenderlo, considera en esto la entrañable misericordia de Dios, y Su deseo de ganar tu alma para Sí.

Recuerden, también, que el Evangelio llega a los hombres, no solamente por medio de la vía más adecuada de ministerio, y en el más simple estilo de lenguaje, sino que también viene a los hombres tal como son. No importa cuál sea su condición, el Evangelio es adecuado para ustedes. Si han llevado una vida de vicios, el Evangelio viene y les dice: "Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados."

Por otra parte, ustedes pueden haber vivido una vida de justicia propia; si es así, el Evangelio les ordena hacer a un lado esa justicia propia, que no tiene ningún valor, que no es sino un montón de harapos inmundos, y les ordena que se pongan el vestido sin mancha de la justicia de Cristo. Ustedes pueden ser de corazón tierno, o ser todo lo contrario; sus lágrimas pueden fluir con facilidad, o pueden ser tan duros como una solera de un molino; pero, en cualquier caso, el Evangelio de Dios es exactamente el que ustedes necesitan. Sí, bendito sea el nombre del Señor, porque aunque un pecador esté exactamente a las puertas del infierno, el Evangelio se adapta a su desesperada condición, e inclusive puede levantarlo desde las profundidades de la desesperación.

Quiero que observen en especial otra cosa más, y es que la misericordia de Dios es muy tierna porque viene a ustedes ahora. Si ustedes pudieran remediar de inmediato el dolor de una persona que sufre, y sin embargo, lo hicieran esperar, su tratamiento sería a la vez, cruel y tardío. Pero el Evangelio de Dios dice: "He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación." Si un pecador está parado fuera de la puerta de la misericordia, aunque sea por sólo media hora, debe culparse únicamente a sí mismo por esa exclusión; pues, si solamente obedeciera el mensaje del Evangelio, y confiara en la obra consumada de Cristo, la puerta se abriría de inmediato. Las demoras no son demoras de Dios, sino nuestras; y si nosotros posponemos nuestra aceptación de Su misericordia, somos los únicos culpables.

III. Ahora paso a observar, en tercer lugar, LA TERNURA DE LA MISERICORDIA DE DIOS EN LOS REQUERIMIENTOS DEL EVANGELIO.

¿Qué es lo que nos pide el Evangelio? Ciertamente no nos pide nada sino únicamente lo que nos da. No pide nunca de ningún hombre una suma de dinero para que pueda redimir su alma con oro. Los más pobres son bienvenidos de todo corazón de la misma manera que los más ricos; y el mendigo que podría contar todo su dinero con los dedos de su mano, es recibido con la misma alegría que el millonario que posee inversiones y acciones y tierras y barcos. Los pobres son invitados a venir a Jesús "sin dinero y sin precio."

Tampoco nos pide el Señor que hagamos severas penitencias o que nos castiguemos para hacernos aceptables a Él. Él no requiere que sometan sus cuerpos a la tortura, o que sufran una larga serie de mortificaciones externas y visibles de la carne. Ustedes pueden confiar en Cristo estando sentados aquí, en su banca de la iglesia; y si así lo hacen, serán perdonados y aceptados de inmediato.

No se pide profundidad de conocimientos como una condición de salvación. Para ser cristiano, uno no necesita ser un filósofo. ¿Te reconoces como un pecador: culpable, perdido, condenado, y reconoces que Cristo es un Salvador? ¿Confías en que Cristo es tu Salvador? Entonces eres salvo, sin importar cuán ignorante puedas ser acerca de otros asuntos.

Tampoco se pide una grandiosa medida de depresión espiritual como requisito para venir a Cristo. Yo sé que algunos predicadores enseñan que no debes venir a Cristo hasta que no hayas ido primero con el diablo; quiero decir, que no debes creer que Cristo puede y quiere salvarte hasta tanto no hayas llegado, por decirlo así, hasta las meras puertas del infierno, en terror de conciencia y horrorosa depresión de espíritu. Jesucristo no les pide nada parecido a eso; pero si ustedes verdaderamente se arrepienten y abandonan sus pecados, renuncian a los males que los están destruyendo, y ponen su confianza en las aflicciones y en los dolores que Él soportó en la cruz, ustedes son salvos.

El Evangelio ni siquiera les exige una gran cantidad de fe. Para ser salvos, no se requiere la fe de Abraham, ni la fe de Pablo ni de Pedro. Se requiere una fe igualmente preciosa; una fe similar en sustancia y en esencia, pero no en grado. Con sólo que Él te deje tocar el borde de Su manto, quedarás sano. Aunque tu mirada sea una pobre contemplación tan temblorosa que tengas la impresión que escasamente lo has visto, sin embargo, esa mirada será el medio de salvación para ti. Si tan sólo puedes creer, todas las cosas son posibles para el que cree; y aunque tu fe sea sólo como un grano de mostaza, asegurará tu entrada al cielo.

¡Cuán precioso Salvador es Cristo! Si tú tienes una sincera confianza en Él, aunque sea débil y lánguida, serás aceptado. Si de corazón le puedes decir a Cristo: "Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino," pronto tendrás Su confirmación llena de gracia: "De cierto te digo que estarás conmigo en el paraíso." No te engañes a ti mismo con la idea que tienes que hacer mucho y sentir mucho para poder estar preparado para venir a Cristo. Toda esa aptitud no es sino ineptitud. Todo lo que debes hacer para estar listo para que Cristo te salve es hacerte más inepto. La condición adecuada para lavarse es estar sucio; la condición adecuada para recibir ayuda es ser pobre y necesitado; la condición adecuada para ser sanado es estar enfermo; y la condición adecuada para ser perdonado es ser un pecador.

Si tú eres un pecador, y yo te aseguro que lo eres, contamos con la inspirada declaración apostólica: "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores;" y podemos agregar a esa declaración, las propias palabras de nuestro Señor: "El que en él cree, no es condenado;" "El que creyere y fuere bautizado, será salvo." ¡Oh, que el Señor les conceda a todos ustedes la gracia de recibir este Evangelio inmerecido, cuyos requerimientos son tan entrañable y misericordiosamente llevados hasta su condición de abatimiento!

IV. El cuarto punto que ilustra la entrañable misericordia es este: HAY GRAN TERNURA EN TODOS LOS ARGUMENTOS DEL EVANGELIO.

¿Qué les dice el Evangelio a los hombres? Les habla, primero que nada, acerca del amor del Padre. Nunca podrán olvidar, si la han leído alguna vez, la historia del hijo pródigo, que desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Ustedes recordarán lo que dijo cuando estaba alimentando a los cerdos: "Me levantaré e iré a mi padre." Ese fue un toque divino, y manifestó la mano maestra del Salvador cuando insertó ese comentario, y también cuando agregó esta conmovedora descripción: "Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó."

Pecador, esa es la manera en la que Dios sale a tu encuentro. Si quieres encontrarlo, Él conoce ese vibrante deseo y ese tembloroso anhelo que hay en ti, y saldrá y correrá más de la mitad del camino para encontrarte; ay, es porque Él recorre todo el camino que tú puedes avanzar en algún tramo de ese camino.

¿De qué otra cosa les habla el Evangelio a los hombres? Bien, les habla del grandioso amor del Pastor. Él perdió una oveja de su rebaño, y dejó a las noventa y nueve en el desierto mientras fue en busca de la que se había perdido; y cuando la hubo encontrado, la puso sobre sus hombros, gozándose, y cuando llegó a casa, reunió a sus amigos y vecinos, diciéndoles: "Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido." Esa oveja perdida es el tipo de un pecador inconverso, y ese Pastor es el Salvador sangrante que vino a buscar y salvar lo que se había perdido.

¿Acaso no deberían convencerlos estos argumentos? Cuando el Evangelio busca ganar el corazón de un pecador, su argumento dominante brota del corazón, de la sangre, de las heridas y de la muerte del Dios encarnado, Jesucristo, el Salvador compasivo. Los truenos del Sinaí podrían alejarte de Dios, pero los gemidos del Calvario deberían acercarte a Él. La entrañable misericordia de Dios apela inclusive al propio interés del hombre, diciéndole: "¿Por qué habrías de morir? Tus pecados te matarán, ¿por qué te aferras a ellos?" Le dice: "Las penas del infierno son terribles;" y únicamente las menciona en amor, para que el pecador no tenga que experimentarlas nunca, sino que más bien escape de ellas.

La misericordia también agrega: "la gracia de Dios es sin límites, para que tu pecado pueda ser perdonado; el cielo de Dios es ancho y largo, así que allí hay lugar para ti." La misericordia argumenta así con el pecador: "Dios será glorificado en tu salvación, porque se deleita en misericordia, y Él dijo que, vive Él, no quiere la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva."

No puedo extenderme sobre este punto. Debo contentarme con decir que toda la Escritura comprueba el amor de Dios a los pecadores. Casi cada página de la Escritura te habla, pecador, con un mensaje de amor; y aun cuando Dios habla a veces con un terrible lenguaje, advirtiendo a los hombres que huyan de la ira venidera, siempre hay en ello este propósito lleno de gracia, que los hombres sean persuadidos para que no vayan a su ruina, sino que acepten, por medio de la abundante misericordia de Dios, el don inmerecido de la vida eterna, en vez de elegir deliberadamente la paga del pecado que con toda certeza será la muerte.

¡Oh, mis queridos lectores, cuando pienso en algunos de ustedes, que son inconversos, difícilmente puedo decirles cuán triste me siento cuando veo contra qué ternura han pecado ustedes! Dios ha sido muy bueno con muchos de ustedes. Han sido protegidos de las profundidades de la pobreza, e inclusive algunos han sido mecidos sobre las rodillas de la prosperidad; sin embargo, ustedes han olvidado a Dios. Otros han recibido muchas ayudas providenciales al pelear la batalla de la vida; a menudo han sido divinamente atendidos cuando estaban enfermos, o cuando su pobre esposa y sus hijos tenían verdadera necesidad.

Dios intervino con Su gracia para suplir sus necesidades, mas ahora ustedes comentan con sus amigos acerca de cuán "afortunados" han sido, cuando la verdad es que Dios ha sido entrañablemente misericordioso con ustedes. Sin embargo, ni siquiera han reconocido Su mano en su prosperidad, y, en lugar de dar a Dios la gloria por ello, la han atribuido a esa diosa pagana, "la Suerte." Dios ha sido paciente y tierno con ustedes como una niñera podría serlo con un niño rebelde; sin embargo, lo ignoran por completo, o se alejan de Él.

Ustedes estuvieron enfermos hace muy poco tiempo; y Dios les restauró nuevamente su salud y su fortaleza; ¿por qué no vuelven sus corazones hacia Dios? Yo pido a Dios que Su gracia obre en ustedes el cambio que ningún argumento mío podría producir jamás, y que puedan decir: "Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado." Si hacen esa confesión honestamente a su Padre Celestial, Él los perdonará, y les dará la bienvenida, tan inmerecidamente, como el padre de la parábola recibió al hijo pródigo que retornaba.

V. El último punto de la entrañable misericordia de Dios del que puedo hablar ahora es este: LA TERNURA DE SUS APLICACIONES Y DE SUS LOGROS.

¿Qué hace Dios por los pecadores? Pues, cuando ellos confían en Jesús, Él perdona todos sus pecados, sin reproches ni limitaciones. He pensado algunas veces que si yo hubiera sido el padre de ese hijo pródigo, podría haberlo perdonado al regresar a casa, y creo que lo hubiera hecho sin mediar merecimientos; pero no creo que lo hubiera vuelto a tratar exactamente de la misma manera que hubiera tratado a su hermano mayor. Quiero decir esto, que los habría sentado a la misma mesa, y les habría dado el mismo alimento; pero pienso que al llegar el día de hacer las compras, le habría dicho a mi hijo menor: "no te confiaré mi dinero; debo enviar a tu hermano mayor al mercado con ese dinero, pues tú podrías desparecer con él." Tal vez no iría tan lejos como para decir eso, pero creo que lo sentiría, pues de un hijo como ése, uno tendría sospechas durante mucho tiempo.

Sin embargo, vean de qué manera tan diferente Dios trata con nosotros. A pesar de que algunos hemos sido grandes pecadores, y Él nos ha perdonado, nos confía el Evangelio, y nos ordena que vayamos y lo prediquemos a nuestros compañeros pecadores. Miren a Juan Bunyan, un individuo que era un blasfemo, un borracho libertino, dedicado al juego los domingos; sin embargo, cuando el Señor lo hubo perdonado, no le dijo: "Ahora, amigo Juan, tú tendrás que ocupar una posición inferior durante el resto de tu vida. Irás al cielo y yo te daré un lugar allí; pero no puedo usarte como podría usar a alguien que no haya cometido esos pecados que tú has cometido." ¡Oh, no!, él es colocado en la primera fila de los siervos del Señor; le fue dada la pluma de un ángel para que pudiera escribir El Progreso del Peregrino, y se le concedió el alto honor de permanecer en prisión durante casi trece años por causa de la verdad; y entre todos los santos, escasamente hay uno que sea más grande que Juan Bunyan. Miren también al apóstol Pablo. Él se llamaba a sí mismo el primero de los pecadores, y sin embargo, su Dios y Señor lo volvió, después de su conversión, un siervo de Cristo tan eminente, que pudo escribir con toda verdad: "en nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aunque nada soy."

Es una prueba de gran ternura, de parte de Dios, que Él dé con liberalidad y no lo eche en cara. No solamente perdona, sino que también olvida. Él dice: "Nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones;" y aunque hayamos sido lo más vil de lo vil, Él no hace rebajas por eso. Yo conozco a un padre que le ha dicho a su hijo, declarado en banca rota: "ahora, tú, joven irresponsable, te restableceré en el mundo de los negocios otra vez, pero he perdido ya tanto dinero por tu culpa, que tendré que establecer una diferencia en mi testamento, pues no puedo darte todo esto, y luego tratarte como trato a tu hermano." Pero, bendito sea Dios, no estableció ninguna diferencia en su testamento. Él no ha dicho que dará los primeros asientos del cielo a quienes han pecado menos que otros, y que pondrá a los peores pecadores al fondo. ¡Oh, no! Todos ellos estarán con Jesús donde Él está, y contemplarán y participarán de Su gloria. No hay un cielo para los peores pecadores, y otro cielo para los que han pecado menos; sino que es un mismo cielo para quienes han sido los peores pecadores, pero que se han arrepentido y han confiado en Jesús, como para quienes han sido preservados de caer en los excesos del desenfreno.

Admiremos la maravillosa ternura de la gracia divina en sus tratos con los peores pecadores. Cuando Dios comienza a limpiar a un pecador, no lo lava parcialmente, sino que lo llena de misericordia y le da todo lo que ese corazón pueda desear. ¡Oh, que los pecadores sean persuadidos de venir a Él para obtener su total perdón inmerecido!

Posiblemente algún lector diga: "si Dios es tan tierno en misericordia hacia quienes vienen a Él a través de Cristo, me gustaría poder explicar por qué Su misericordia no se ha extendido a mí. He estado buscando al Señor durante meses; voy a Su casa cuantas veces puedo; me deleito cuando se predica el Evangelio, y anhelo que ese Evangelio sea bendecido para mí; he estado leyendo las Escrituras, y he estado investigando para encontrar promesas preciosas que se apliquen a mi caso, pero no puedo encontrarlas. He estado orando durante mucho tiempo, pero mis oraciones permanecen todavía sin ninguna respuesta. No puedo obtener la paz; quisiera encontrarla. He estado tratando de creer, pero no puedo hacerlo."

Bien, amigo mío, déjame contarte una historia que escuché el otro día; no puedo garantizar que sea verdadera, pero en este momento me servirá de ejemplo: se trata de dos marineros borrachos, que querían atravesar un estrecho estero escocés. Se subieron a un bote y comenzaron a remar, completamente borrachos, pero no podían avanzar. La otra orilla no se encontraba lejos, de tal forma que debían alcanzarla en quince minutos, pero ya había pasado una hora y no llegaban, y ni siquiera lo hicieron en varias horas. Uno de ellos dijo: "yo creo que el bote está embrujado;" el otro comentó que él creía que los embrujados eran ellos, y yo supongo que en efecto lo estaban por todo el licor que habían ingerido. Al fin, apareció la luz de la mañana; y uno de ellos, que había recuperado la sobriedad para ese momento, miró por sobre un costado del bote, y le gritó a su amigo: "¡caramba, Sandy, nunca levaste el ancla!" Ellos habían estado remando durante toda la noche, pero no habían levado el ancla.

Ustedes se ríen por su insensatez, y no lamento que lo hagan, pues ahora pueden captar el significado de lo que estoy diciendo. Hay muchas personas que, por decirlo así, están remando con sus oraciones, y con su lectura de la Biblia, y con su asistencia a la capilla, y con sus intentos de creer; pero, como esos marineros borrachos, no han levado el ancla. Es decir, están aferrados ya sea a su supuesta justicia propia, o se están colgando del algún viejo pecado que no pueden renunciar. ¡Ah, mi querido amigo! Debes levar el ancla que te liga a tus pecados o a tu justicia propia. El ancla, todavía hundida en el fondo y fuera de tu vista, es la única responsable de todo tu trabajo perdido y de tu ansiedad infructuosa. Levanta el ancla, y pronto habrá una solución feliz para todos tus problemas, y encontrarás que Dios está lleno de entrañable misericordia y abundante gracia inclusive para ti. ¡Que así sea por nuestro Señor Jesucristo! Amén.

miércoles, 30 de junio de 2010

¿Puede ser probado el monoteísmo?

Definición del monoteísmo - Monoteísmo proviene de las palabras “mono” (único) y “teísmo” (la creencia en Dios) Específicamente, es la creencia en un solo y verdadero Dios, quien es el único creador, sustentador, y juez de toda la creación. El monoteísmo difiere del henoteísmo, que es la creencia en múltiples dioses con un Dios supremo sobre todos ellos. También es opuesto al politeísmo, que es la creencia en la existencia de más de un dios.

Hay muchos argumentos para el monoteísmo, incluyendo aquellos que provienen de una revelación especial (la Escritura) o revelación natural (filosofía), así como de la antropología histórica. Estas solo serán explicadas brevemente a continuación, y esto no debe ser considerado de ninguna manera como una información exhaustiva.

Argumentos bíblicos del monoteísmo - Deuteronomio 4:35 “A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de Él.” Deuteronomio 6:4, “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.” Malaquías 2:10ª, “¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?” 1 Corintios 8:6, “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para Él, y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas y nosotros por medio de Él.” Efesios 4:6, “un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.” 1 Timoteo 2:5 “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” Santiago 2:19 “Tu crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, ¬- y tiemblan.”

Obviamente, para mucha gente, no será aceptable el que simplemente se diga que hay un solo Dios porque así lo dice la Biblia. Esto es porque en primer lugar, sin Dios no hay manera de probar que la Biblia sea Su palabra. Sin embargo, uno podría argüir que, puesto que la Biblia contiene la mayor evidencia sobrenatural confiable, confirma lo que enseña y el monoteísmo puede ser afirmado dentro de estos términos. Un argumento similar serían las creencias y enseñanzas de Jesucristo, quien comprobó que Él era Dios (o al menos aprobado por Dios), por Su milagroso nacimiento, Su vida y el milagro de Su resurrección. Dios no puede mentir o engañar; por lo tanto, lo que Jesús creía y enseñaba era verdad. De esta manera, el monoteísmo en el cual Jesús creía y enseñaba, es verdadero. Este argumento puede no ser muy impresionante para aquellos que no están familiarizados con el caso de las confirmaciones sobrenaturales de la Escritura y Cristo, pero este es un buen lugar para comenzar para alguien que está familiarizado con su validez.

Argumentos históricos del monoteísmo - Los argumentos procedentes de la popularidad son notoriamente sospechosos, pero es interesante apreciar cuánto ha afectado el monoteísmo a las religiones del mundo. La teoría popular evolutiva del desarrollo religioso es el resultado de una visión evolutiva de la realidad en general, y la presuposición de una antropología evolutiva que es apreciada en las culturas “primitivas” como representativa de las etapas primarias del desarrollo religioso. Pero los problemas con esta teoría evolutiva son muchos: (1) La clase de desarrollo que describe, nunca ha sido observada – de hecho, no parece haber un desarrollo significativo hacia el monoteísmo dentro de ninguna cultura – en realidad parece ser el caso opuesto. (2) El método antropológico para la definición de “primitivo” es equiparable al desarrollo tecnológico; sin embargo, este criterio es escasamente satisfactorio puesto que son muchos los componentes de una cultura determinada. (3) Las supuestas etapas con frecuencia están perdidas o son salteadas. (4) Finalmente, la mayoría de las culturas politeístas muestran vestigios de un temprano monoteísmo en su desarrollo. Lo que encontramos es que este Dios monoteístico era personal, masculino, vivía en el cielo, tenía gran conocimiento y poder; era el creador del mundo y era el autor de la moralidad que debemos obedecer; que le hemos desobedecido y por lo tanto separado de Él, pero que ha provisto una manera de reconciliación. Virtualmente cada religión contiene una variación de este Dios en algún punto de su pasado, antes de convertirse en el caos del politeísmo. Por lo tanto, parece que la mayor parte de las religiones comenzaron en monoteístas y se “volvieron” politeístas, animistas, y mágicas – y no viceversa. (El Islam es un caso muy raro, habiendo regresado al punto de partida de una creencia monoteísta). Aún con este movimiento, con frecuencia el politeísmo es funcionalmente monoteísta o henoteísta. Es una rara religión politeísta, la cual no tiene a uno de sus dioses como soberano sobre los demás, con dioses menores funcionando solo como intermediarios.

Argumentos filosóficos / teológicos para el monoteísmo. Hay muchos argumentos filosóficos para la imposibilidad de la existencia de más de un Dios. Mucho de esto depende en gran manera de una posición metafísica concerniente a la naturaleza de la realidad. Desafortunadamente, en un artículo tan corto sería imposible argumentar estas básicas posiciones metafísicas y luego proceder a mostrar lo que éstas señalan con respecto al monoteísmo, pero baste con asegurar que existen fuertes bases filosóficas y teológicas para estas verdades milenarias (y muchas son claramente evidentes en sí mismas). Brevemente entonces, veremos aquí tres argumentos que uno podría decidir explorar (en accidentado orden de dificultad):

1. Si hubiera más de un Dios, entonces el universo estaría en desorden debido a las múltiples autoridades y creadores, pero no lo está; por lo tanto, hay un solo Dios.

2. Puesto que Dios es totalmente un ser perfecto, entonces no puede haber un segundo Dios, porque éstos deberían diferir en alguna manera, y el diferir de esa completa perfección es ser menos perfecto y ya no ser Dios.

3. Puesto que Dios es infinito en Su existencia, entonces Él no puede tener partes (porque las partes no pueden ser añadidas hasta alcanzar el infinito). Si la existencia de Dios no es solo una parte de Él (como lo es para todas las cosas que puedan existir o no), entonces Él debe tener una existencia infinita. Por lo tanto, no puede haber dos seres infinitos, porque uno tendría que diferir del otro, y el diferir de una existencia infinita, equivale no existir del todo.

Alguien querría argumentar que muchos de estos puntos no excluirían a una sub-clase de “dioses”, y está bien. Aunque sabemos que esto es bíblicamente imposible, no hay nada de malo en ello, en teoría. En otras palabras Dios pudo haber creado una sub-clase de “dioses” pero sucede que en este caso no lo hizo. Si Él lo hubiera hecho, estos “dioses” serían solamente limitadas cosas creadas – probablemente muy parecidos a los ángeles (p.e. Salmo 82) . Esto no daña el caso para el monoteísmo, el cual no dice que no puedan haber otros seres espirituales – solo que no puede existir la presencia de otro Dios.

¿Es Dios sexista?

El sexismo es un género, usualmente el masculino, ejerciendo dominio sobre otro género, usualmente el femenino. La Biblia contiene muchas referencias de mujeres que, en nuestras mentes modernas, suenan discriminatorias hacia ellas. ¿Significa esto que Dios, y por lo tanto la Biblia, es sexista? Debemos recordar que cuando la Biblia describe una situación, no significa necesariamente que la respalde. La Biblia describe a hombres tratando a las mujeres como poco menos que una propiedad, pero eso no significa que la Biblia conceda su aprobación a tal acción. Aún en las situaciones en que en la Biblia es dado un mandato respecto al trato de las mujeres, no es necesariamente una indicación de la norma ideal de Dios. La Biblia se enfoca mucho más en la reforma de nuestras almas que en nuestras sociedades. Dios sabe que un cambio en el corazón resultará en un cambio en el comportamiento humano.

Durante los tiempos del Antiguo Testamento, en todo el mundo existía una sociedad patriarcal. Esta situación histórica es muy clara – no solo en la Escritura sino en las leyes sociales que gobernaban la mayoría de las sociedades en el mundo. Para los valores de los sistemas modernos y el mundial punto de vista humano, esto es llamado “sexismo” Dios dispuso el orden en la sociedad, no el hombre, y Él es el autor del establecimiento de los principios de la autoridad. Sin embargo, como en cualquier otra situación, el hombre caído ha corrompido este orden. Eso ha resultado en la desigualdad e injusticia de la posición del hombre y la mujer a través de la historia. La exclusión y la discriminación que encontramos en nuestro mundo no es algo nuevo. Es el resultado de la caída del hombre y la introducción del pecado en el mundo – lo cual es rebelión contra Dios. Por lo tanto, podemos justamente decir que el termino y la práctica del “sexismo” es el resultado de – un producto del – pecado de la humanidad. La revelación progresiva de la Biblia nos lleva hacia la cura del sexismo, así como de todas las prácticas pecaminosas de la raza humana.

Para encontrar y mantener un balance espiritual entre las posiciones de autoridad ordenadas por Dios, debemos consultar la Escritura. El Nuevo Testamento es el cumplimiento del Antiguo, y en él encontramos principios que nos indican la línea correcta de autoridad y la cura para el pecado, la enfermedad de toda la raza humana, y eso incluye la discriminación basada en el género de la persona.

La cruz de Cristo es el gran nivelador. Juan 3:16 dice “...para que todo aquel..” y esa es una declaración que incluye a todos sin excluir a nadie, basándose en su posición social, mental, de capacidad o de género. También encontramos pasajes en Gálatas, que nos hablan de nuestra igual oportunidad para salvación. “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:26-28). No hay sexismo en la cruz.

La Biblia no es sexista. ¿Por qué? Porque retrata fielmente el resultado del pecado. En la Biblia están registrados toda clase de pecados: dominio y esclavitud, así como las fallas de sus grandes héroes. Al mismo tiempo también nos da la respuesta y la cura para esos pecados contra Dios y Su establecimiento del orden. ¿La respuesta? Una correcta relación con Dios. El Antiguo Testamento apuntaba hacia el futuro supremo sacrificio, y cada vez que se realizaba un sacrificio por el pecado, se enseñaba la necesidad de una reconciliación con Dios. En el Nuevo Testamento, el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” había nacido, muerto, sepultado, resucitado nuevamente, y ascendido a Su lugar en los cielos, desde donde intercede por nosotros. Es a través de la fe en Cristo que se encuentra la cura para el pecado y eso incluye el pecado del sexismo.

El cargo de sexismo en la Biblia está basado en la falta de conocimiento de la Escritura. Cuando los hombres y las mujeres de todas las edades han tomado los lugares designados por Dios, y vivido de acuerdo a “Así dice el Señor” , entonces se da un maravilloso balance entre los dos géneros. Este balance es con el que Dios los inició y es con el que Él concluirá. Se brinda una exagerada atención a las muchas consecuencias del pecado y no a la raíz del mismo. Es solo cuando existe una reconciliación con Dios a través del SEÑOR Jesucristo, que encontramos la verdadera igualdad. “...y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

También es muy importante comprender que el hecho de que la Biblia asigne roles diferentes al hombre y a la mujer no es sexismo. La Biblia hace abundantemente claro que Dios espera que el hombre adopte el rol de liderazgo en la iglesia y el hogar. ¿Eso hace inferior a la mujer? ¡Absolutamente no! Lo que significa es que en nuestro mundo contaminado por el pecado, debe haber una estructura y una autoridad. Dios ha instituido los roles de autoridad para nuestro beneficio. El sexismo es el abuso de estos roles... no la existencia de éstos.

¿Es Dios hombre o mujer?

Al examinar la Escritura, hay dos factores que resultan claros: El primero, es que Dios es un Espíritu, y no posee características o limitaciones humanas; segundo, que toda la evidencia contenida en la Escritura concuerda en que Dios se reveló a Sí mismo a la raza humana en forma masculina. Antes que nada, debe ser entendida la verdadera naturaleza de Dios. Dios es una Persona, obviamente, porque Dios exhibe todas las características de una personalidad propia: Dios tiene una mente, una voluntad, un intelecto y emociones. Dios se comunica, se relaciona, y las acciones personales de Dios son evidenciadas a través de toda la Escritura.

Como Juan 4:24 declara, “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Puesto que Dios es un ser espiritual, Él no posee características físicas humanas. Sin embargo, algunas veces el lenguaje figurativo usado en la Escritura, le asigna características humanas a Dios, a fin de hacer posible que sean entendidas por el hombre. Esta asignación de características humanas para describir a Dios es llamada “antropomorfismo”. El antropomorfismo es simplemente un medio mediante el cual Dios (siendo un ser espiritual), comunica verdades acerca de Su naturaleza al hombre, un ser físico. Puesto que el hombre es un ser físico, está limitado en su comprensión de aquellas cosas que están más allá de su esfera física, y así el antropomorfismo en la Escritura, ayuda al hombre a entender quien es Dios.

Parte de la dificultad surge al examinar el hecho de que el hombre fue creado a la imagen de Dios. Génesis 1:26-27 dice: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su (propia) imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”

Lo que esto significa, es que ambos, tanto el hombre como la mujer, fueron creados a la imagen de Dios, con esto, ellos son más grandes que todas las otras cosas creadas; porque ellos, como Dios, tienen una mente, voluntad, intelecto, emociones y capacidad moral. Los animales no poseen capacidad moral y tampoco poseen un componente inmaterial como lo tiene la raza humana. Génesis nos dice que cuando el hombre fue creado por Dios, Él lo creó a Su propia imagen. La imagen de Dios es el componente espiritual que solo el hombre posee. Dios creó al hombre para tener una relación con Él; el hombre es la única creación designada para este propósito.

Eso dice que, el hombre y la mujer solo son diseños semejantes a la imagen de Dios – no son pequeñas “copias al carbón” de Dios y el hecho de que sean hombres y mujeres no significa que Dios tenga características masculinas o femeninas. Recuerda, el haber sido hechos a la imagen de Dios, no tiene nada que ver con las características físicas.

Sabemos que Dios es un Ser Espiritual, y no posee características físicas. Sin embargo, esto no es una limitación para que Dios pueda elegir revelarse a Sí Mismo a la raza humana. La Escritura contiene toda la revelación que Dios dio al hombre acerca de Sí Mismo, y así es la única fuente verdadera y objetiva de información acerca de Dios. Al leer lo que nos dice la Escritura, encontramos muchas observaciones evidentes acerca de la forma en la cual Dios se revela a Sí Mismo a la raza humana:

Para comenzar, la Escritura contiene casi 170 referencias de Dios como el “Padre”. Por lógica, uno no puede ser padre, a menos que sea varón. Si lo que se quiso comunicar era que Dios eligió revelarse al hombre en forma femenina, entonces se hubiera usado la palabra “madre” en lugar de “padre”. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, los pronombres masculinos son usados una y otra vez con referencia a Dios.

Jesucristo se refirió varias veces a Dios como el Padre, y en otros casos usó el pronombre masculino para referirse a Dios. Solo en los Evangelios, Cristo utiliza el término “Padre”en relación directa con Dios cerca de 160 veces. Es de particular interés la declaración de Cristo en Juan 10:30. Él dice aquí, “Yo y (mi) el Padre uno somos” Obviamente, Jesucristo vino en la forma humana de un hombre para morir en la cruz y pagar por los pecados del mundo, y como Dios el Padre, se reveló a la humanidad en la forma masculina. La Escritura registra muchos otros ejemplo donde Cristo utiliza nombres y pronombres masculinos con referencia a Dios.

Las Epístolas del Nuevo Testamento (de Hechos a Apocalipsis), también contienen cerca de 900 versos donde la palabra “theos” – un nombre masculino en griego – es usado en directa referencia a Dios. Casi siempre es traducida como “Dios” en las versiones en español.

En incontables referencias a Dios dentro de la Escritura, existe claramente un patrón consistente de referencia a Él con títulos, nombres y pronombres masculinos. Mientras que Dios no es un hombre, sino un Espíritu, Él eligió la forma masculina a fin de revelarse a Sí Mismo a la humanidad. De la misma manera, Jesucristo, quien constantemente es referido con títulos, nombres y pronombres masculinos, adoptó la forma masculina mientras Él estuvo en la tierra. Los profetas del Antiguo Testamento y los apóstoles del Nuevo Testamento, se refieren tanto a Dios como a Jesucristo con nombre y títulos masculinos. Dios eligió revelarse en esta forma, para que el hombre comprendiera más fácilmente quien es Dios. El afirmar que Dios eligió la forma femenina para revelarse al hombre, no es consistente con el patrón establecido por la Escritura. Nuevamente, si Dios hubiera elegido la forma femenina, habría más evidencia de ello en la Escritura. Tal evidencia simplemente no existe. Mientras que Dios es condescendiente con el ser humano, para que éste pueda comprenderlo, es importante no tratar de “meter a Dios en una caja” por así decirlo, al imponerle limitaciones que no son apropiadas a la naturaleza de quien es ÉL.

¿Qué significa que Dios es un Dios celoso (Éxodo 20:5; Deuteronomio 4:24)? Yo creía que los celos eran malos (Gálatas 5:20).

Es importante comprender aquí, en qué sentido es utilizada la palabra celoso. La manera en que es usada en Éxodo 20:5 para describir que Dios, es muy diferente al uso que se le da para describir el pecado de los celos (Gálatas 5:20). Cuando usamos la palabra celoso, la utilizamos en el sentido de estar envidiosos de alguien que tiene algo que nosotros no tenemos. Una persona puede estar celosa o envidiosa de otra persona, porque él o ella tiene un bonito carro o casa (posesiones). O una persona puede estar celosa o envidiosa de otra persona, porque aquella posee alguna habilidad o destreza que ésta no tiene (como habilidades atléticas). Otro ejemplo sería el que una persona pueda estar celosa o envidiosa de otra por su belleza.

Cuando vemos este texto, encontramos que no es que Dios esté celoso o envidioso porque alguien tiene algo que Él quiere y no posee. Éxodo 20:4-5 dice, “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso,...”. Notemos que en este texto, Dios está ablando acerca de ser celoso si alguien da a otro algo que solo le pertenece a Él.

En estos versos, Dios está hablando de la gente que hace ídolos y se inclina ante ellos y los adora, en lugar de dar a Dios la gloria y alabanza que solo le pertenece a Él. Dios es posesivo con la adoración y el servicio que le pertenece. Es un pecado (como Dios lo señala en este mandamiento) adorar o servir a alguien más que no sea a Él. Así, que en resumen, es un pecado cuando deseamos, o estamos envidiosos, o celosos de alguien porque tiene algo que nosotros no poseemos. Es un uso diferente de la palabra celoso, cuando Dios dice que Él lo es. De lo que está celoso es de lo que le pertenece; la adoración y el servicio le pertenece a ÉL, y que son para brindarlos solo a Él.

Tal vez un ejemplo práctico nos ayude a comprender más la diferencia. Si un esposo ve a otro hombre coqueteando con su esposa, él tiene razón en ponerse celoso, porque solo él tiene el derecho de cortejar a su esposa. Este tipo de celos no es pecado. Es más, es enteramente apropiado. Estar celoso de algo que te pertenece es bueno y apropiado. Los celos son un pecado cuando es un deseo de algo que no te pertenece. La adoración, la alabanza, el honor y la adoración pertenecen solo a Dios, porque sólo Él es digno de ello. Por lo tanto, Dios es justamente celoso cuando esa adoración, alabanza, honor o adoración es brindada a los ídolos. Esta es precisamente la clase de celos a los que se refiere el apóstol Pablo en 2 de Corintios 11:2, “Porque os celo con celo de Dios,.....”

¿Dios aún realiza milagros? ¿Por qué Dios ya no hace milagros como los hizo en la Biblia?

Cuando Dios realizó poderosos y asombrosos milagros para los israelitas ¿lograron éstos que ellos lo obedecieran? No, los israelitas constantemente desobedecieron y se rebelaron contra Dios aún cuando presenciaron todos esos milagros. La misma gente que vio a Dios abrir las aguas del Mar Rojo, dudó más tarde si Dios sería capaz de llevarlos a conquistar a los habitantes de la Tierra Prometida. Lee la parábola en Lucas 16:19-31. En ella, un hombre en el infierno le pide a Abraham enviar a Lázaro de entre los muertos para advertir a sus hermanos. Abraham le dijo al hombre que, “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:31).

Jesús realizó incontables milagros, sin embargo, la gran mayoría de la gente no creyó en Él. Si en la actualidad Dios realizara milagros como los que hizo en el pasado, ocurriría el mismo resultado. La gente quedaría asombrada y creería en Dios por un corto tiempo. La fe sería superficial y desaparecería al momento en que algo inesperado o amenazante ocurriera. Una fe basada en milagros no es una fe madura. Dios realizó el milagro más grande de todos los tiempos al venir al mundo en la forma humana de Jesucristo, para morir en la cruz por nuestros pecados (Romanos 5:8), para que pudiéramos ser salvados (Juan 3:16). Dios aún realiza milagros – muchos de ellos simplemente pasan inadvertidos o son negados. Sin embargo, no necesitamos más milagros. Lo que necesitamos es creer en el milagro de la salvación a través de la fe en Jesucristo.

Otro importante concepto para entenderlo es el hecho de que el propósito de los milagros era el autentificar al realizador de esos milagros. Hechos 2:22 declara, “Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis.” Lo mismo es dicho de los apóstoles, “Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros.” (2 Corintios 12:12). Hablando del Evangelio, Hebreos 2:4 proclama, “Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según Su voluntad.” Nosotros tenemos ahora la verdad de Jesús registrada en la Escritura. Tenemos también los escritos de los apóstoles impresos en la Escritura. Jesús y Sus apóstoles, como está escrito en la Biblia, son la piedra angular y el fundamento de nuestra fe (Efesios 2:20). En este sentido, los milagros ya no son necesarios, porque el mensaje de Jesucristo y Sus apóstoles ya ha sido certificado y detalladamente registrado en las Escrituras. Si, Dios aún hace milagros. Al mismo tiempo, no debemos necesariamente esperar hoy que ocurran milagros como los registrados en la Biblia.

¿Dios escucha / responde las oraciones de un pecador /incrédulo?

Juan 9:31 declara, “Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad a éste oye.” También se ha dicho que la única oración que Dios escucha de un pecador es la oración para salvación. Como resultado de esta Escritura, algunos creen que Dios no escucha y/o nunca responderá las oraciones de un incrédulo. Sin embargo en el contexto, la Escritura dice que Dios no realiza milagros a través de un incrédulo. Los siguientes textos describen a Dios escuchando y respondiendo las oraciones de un incrédulo. 1 Juan 5:14-15 nos dice que Dios responde las oraciones en base a si las peticiones están de acuerdo con Su voluntad. Este principio tal vez, se aplica a los no creyentes. Si un incrédulo ora a Dios de acuerdo a Su voluntad, nada impide que Dios responda a tal oración de acuerdo a Su voluntad.

Al examinar los siguientes pasajes, vemos que la oración está involucrada en la mayoría de estos casos. En una o dos, Dios responde al clamor del corazón (no se establece si este clamor estaba dirigido a Dios). En algunos de estos casos, la oración parece estar combinada con arrepentimiento. Pero en otros casos, la oración era simplemente para una bendición o necesidad terrenal, y Dios respondió a ambas por misericordia, o en respuesta a una genuina búsqueda o fe de la persona. Estos son algunos pasajes que tratan con la oración de un no creyente.

La gente de Nínive; Jonás 3:5-10; para que Nínive fuera perdonado.

Agar e Ismael; Génesis 21:14-19; no fue tanto una oración, sino un clamor del corazón por su hijo, quien estaba próximo a morir.

Acab: 1 Reyes 21:17-29; especialmente vers. 27-29; Acab ayuna y gime por la profecía de Elías concerniente a su posteridad. Dios responde no aplicando tal maldición durante la vida de Acab.

La mujer de la región de Tiro y Sidón: Marcos 7:24-30; para que Jesús liberara a su hija de un demonio.

Cornelio, el centurión romano; Hechos 10; no se menciona la petición de su oración (Hechos 10:30), pero le es mostrado el camino para su salvación.

Dios hace promesas que son aplicables a todos (tanto salvos como no salvos), tales como Jeremías 29:13: “Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” Este fue el caso de Cornelio en Hechos 10:1-6. Pero hay muchas promesas que de acuerdo con el contexto de los pasajes, son solo para cristianos. Los cristianos, habiendo recibido a Cristo como su Salvador, somos animados a acercarnos confiadamente al trono de gracia para alcanzar misericordia en tiempos de necesidad (Hebreos 4:14-16). Se nos dice que cuando pidamos cualquier cosa de acuerdo a la voluntad de Dios, Él nos escucha y nos concederá lo que pedimos (1 Juan 5:14-15). Hay mucha otras promesas para los cristianos concernientes a la oración (Mateo 21:22; Juan 14:13; Juan 15:7). Por lo tanto, si, hay situaciones en las que Dios no responde las oraciones de un no creyente. Al mismo tiempo, en Su gracia y misericordia, Dios puede intervenir en las vidas de los inconversos en respuesta a sus oraciones.

martes, 29 de junio de 2010

¿Qué significa que Dios es amor?

¿Qué significa que Dios es amor? Primero veamos cómo la Biblia, La Palabra de Dios, describe “el amor” y después veremos algunos ejemplos que se aplican a Dios. “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no es indecoroso, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.” (1 Corintios 13:4-8ª)

Esta es la descripción que Dios hace del amor. Así es como es Él, y los cristianos tienen que hacer de éste su meta. (aunque siempre en proceso). La más grande expresión del amor de Dios nos es comunicada en Juan 3:16 y Romanos 5:8 “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Podemos ver por estos versos que el deseo más grande de Dios es que nos unamos con Él en Su hogar eterno, el cielo. Él hizo posible este camino, pagando el precio por nuestros pecados. Él nos ama, porque así lo decidió como un acto de Su voluntad. “Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión.” (Oseas 11:8b). El amor perdona “Si confesamos nuestros pecados (especifica), Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9)

El amor (Dios) no se impone a nadie. Aquellos que vienen a Él lo hacen en respuesta del llamamiento de Su amor. El amor (Dios) muestra bondad hacia todos. El amor (Jesús) prodigó el bien a todos, sin parcialidad. El amor (Jesús) nunca codició lo que otros tenían, viviendo una vida humilde sin quejarse. El amor (Jesús) nunca se jactó de quién era en la carne, aunque Él podía dominar fácilmente a cualquiera que entrara en contacto con Él. El amor (Dios) no demanda obediencia. Dios no demandó obediencia de Su Hijo, sino más bien, Jesús obedecía gustosamente a Su Padre celestial. “Mas para que el mundo conozca que amo al Padre y como el Padre me mandó, así hago.” (Juan 14:31). El amor (Jesús) estuvo y está siempre viendo por los intereses de otros.

Esta breve descripción del amor, revela una vida sin egoísmo, en contraste con la vida egoísta del hombre natural. Asombrosamente, Dios ha otorgado a aquellos que reciben a Su Hijo Jesucristo como su Salvador personal del pecado, la habilidad de amar como Él lo hace, a través del poder del Espíritu Santo (ver Juan 1:12; 1 Juan 3:1, 23, 24). ¡Qué privilegio y desafío tenemos!

¿Dios ama a todos, o solo a los cristianos?

Hay un sentido en el que Dios ama a todos en el mundo entero (Juan 3:16; 1 Juan 2:2; Romanos 5:8) Este amor no es condicional – está basado solo en el hecho de que Dios es un Dios de amor (1 Juan 4:8, 16). El amor de Dios por toda la humanidad resulta en el hecho de que Dios muestra Su misericordia al no castigar a la gente de inmediato por sus pecados (Romanos 3:23; 6:23). Si Dios no amara a todos, estaríamos ahora mismo en el infierno. El amor de Dios por el mundo es manifestado en el hecho de que ÉL da a la gente la oportunidad de arrepentirse (2 Pedro 3:9). Sin embargo, el que Dios ame al mundo no significa que Él ignore el pecado. Dios es también un Dios de justicia (2 Tesalonicenses 1:6). El pecado no puede quedar impune para siempre (Romanos 3:25-26).

La mayor prueba de amor de la eternidad está descrita en Romanos 5:8, “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Cualquiera que ignore el amor de Dios, que rechace a Cristo como su Salvador, que niegue al Salvador que lo rescató (2 Pedro 2:1); estará sujeto a la ira de Dios por una eternidad (Romanos 1:18), no a Su amor (Romanos 6:23). El amor incondicional de Dios se muestra en cuanto a Su misericordia hacia todos. Pero Dios ama condicionalmente solo a aquellos que ponen su fe en Su Hijo para salvación. (Juan 3:36). Solo aquellos que creen en Jesucristo como su Señor y Salvador experimentarán el amor de Dios por la eternidad.

¿Dios ama a todos? Si. ¿Dios ama más a los cristianos que a quienes no lo son? No. ¿Dios ama de una manera diferente a los cristianos de lo que ama a los no creyentes? Si. Dios ama a todos por igual en cuanto a Su misericordia para todos. Dios solo ama a los cristianos en cuanto a que ellos tienen Su eterna gracia y misericordia – la promesa de Su amor eterno en el Cielo. Es este amor de Dios por todos nosotros, lo que debería llevarnos a recibir Su amor eterno.

¿Es malo cuestionar a Dios?

El punto no es si debemos cuestionar a Dios, sino de que manera – y por que razón – lo cuestionamos. El cuestionar a Dios no es malo en sí. El profeta Habacuc había preguntado a Dios acerca del tiempo y la acción del plan del Señor. Habacuc, en lugar de ser reprendido por sus preguntas, es respondido pacientemente, y el profeta termina su libro con una canción de alabanza al Señor. Hay muchas preguntas expresadas a Dios en los Salmos (Salmos 10, 44, 74, 77). Estas provienen del clamor de los perseguidos, que están desesperados por la intervención y salvación de Dios. Aunque Dios no siempre responde nuestras preguntas de la manera que deseamos, concluimos por estos pasajes que un sincero cuestionamiento procedente de un corazón devoto es bienvenido por Dios.

Las preguntas no sinceras, o los cuestionamientos de un corazón hipócrita, son otro asunto diferente. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” Después que el rey Saúl había desobedecido a Dios, sus preguntas no fueron respondidas. (1 Samuel 28:6). Es totalmente diferente el querer saber por qué Dios permitió cierto evento, al cuestionar directamente la bondad de Dios. El tener dudas es diferente a cuestionar la soberanía de Dios y atacar Su carácter. En resumen, un cuestionamiento honesto no es pecado, pero uno amargo, desconfiado procedente de un corazón rebelde, si lo es. Dios no es intimidado por los cuestionamientos. Dios nos invita a gozar de un compañerismo íntimo con ÉL. Cuando nosotros “cuestionamos a Dios”, debe ser con un espíritu humilde y una mente abierta. Podemos cuestionar a Dios, pero no debemos esperar una respuesta, a menos que estemos genuinamente interesados en Su respuesta. Dios conoce nuestros corazones, y sabe si genuinamente lo estamos buscando para que nos ilumine. La actitud de nuestro corazón es lo que determina si está bien o mal cuestionar a Dios.

¿Cambia Dios de parecer?

Malaquías 3:6 declara, “Porque Yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” De manera similar Santiago 1:17 nos dice, “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.” El significado de Números 23:19 no puede ser más claro, “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” No, Dios no cambia de parecer. Estos textos aseguran que Dios es inamovible e incambiable.

Sin embargo, esto parece contradecir lo que enseñan otros textos, tales como Génesis 6:6, “Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en Su corazón.” También Jonás 3:10 que dice, “Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo.” Similarmente, Éxodo 32:14 declara, “Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a Su pueblo.” Estos versos hablan de que el Señor “se arrepiente” de algo, y parecen estar en contradicción con los versos que enseñan que Dios es incambiable. Sin embargo, un examen minucioso de estos pasajes, revelan que estos no son realmente indicadores de que Dios sea capaz de cambiar. En el idioma original, la palabra que es traducida como “arrepentirse”, o “ceder”, es la expresión hebrea para “sentir pena o dolor por”. El sentir dolor por algo no significa que haya ocurrido un cambio, simplemente significa que hay pesar por algo que ha sucedido.

Consideremos en Génesis 6:6, que “... se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra..” Y prosigue diciendo “...y le dolió en su corazón.” Este verso declara que Dios lamentó haber creado al hombre. Sin embargo, obviamente Él no revirtió Su decisión. En lugar de ello, a través de Noé, Él permitió que el hombre continuara existiendo. El hecho de que estemos vivos hoy es la prueba viviente de que Dios no cambió de parecer acerca de la creación del hombre. También, el contexto de este pasaje es una descripción del estado pecaminoso en que el hombre estaba viviendo, y fue el pecado del hombre lo que causó el dolor de Dios, no la existencia del hombre. Veamos lo que Jonás 3:10 dice “Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo” Nuevamente, la misma palabra hebrea es usada aquí, la cual expresa “sentir pena o dolor por” ¿Por qué tenía Dios “dolor” por lo que Él había planeado para los ninivitas? Porque ellos tuvieron un cambio de corazón, y como resultado cambiaron sus caminos de desobediencia por obediencia. Dios es totalmente consistente. Dios iba a juzgar a Nínive por su maldad. Sin embargo, Ninive se arrepintió y cambió sus caminos. Como resultado, Dios tuvo misericordia de Nínive, lo que es enteramente consistente con Su carácter.

Romanos 3:23 nos enseña que todos los hombres pecan, y su conducta queda corta ante las normas y demandas de Dios. Romanos 6:23 dice que la consecuencia de esto es la muerte (espiritual y física). Así que, la gente de Nínive era merecedora del castigo. Todos nosotros enfrentamos esta misma situación, ya que es la elección del hombre por el pecado, lo que nos separa a todos de Dios. El hombre no puede hacer responsable a Dios por su propio predicamento. Así que sería contrario al carácter de Dios el no castigar a los ninivitas si éstos continuaban pecando. Sin embargo, la gente de Nínive decidió obedecer, y como consecuencia, el Señor decidió no castigarlos como originalmente lo había decidido. ¿El cambio por parte de los ninivitas obligaron a Dios a hacer lo que hizo? ¡Absolutamente no! Dios no puede ser colocado en una posición de obligación hacia el hombre. Dios es bueno y justo, y eligió no castigar a los ninivitas como resultado de su cambio de corazón. Si algo hacen estos pasajes, es apuntar al hecho de que Dios no cambia, porque si el Señor no hubiera preservado a los ninivitas, esa acción habría sido contraria al carácter de Dios.

Las Escrituras que describen a Dios aparentemente “cambiando de parecer” son intentos humanos por explicar las acciones de Dios. Dios iba a hacer algo, pero en lugar de ello hizo otra cosa. Para nosotros, eso suena como un cambio. Pero para Dios, quien es omnisciente y soberano, no es un cambio. Dios siempre supo lo que Él iba a hacer. Dios también sabía lo que Él necesitaría hacer para que la humanidad hiciera lo que Él quería que hicieran. Dios amenazó a Nínive con destruirlo, sabiendo que eso causaría el arrepentimiento de los ninivitas. Dios amenazó a Israel con destrucción, sabiendo que Moisés intercedería por ellos. Dios no lamenta Sus decisiones, pero se entristece por lo que hace la humanidad en respuesta a Sus decisiones. Dios no cambia de parecer, sino que actúa consistentemente con Su Palabra en respuesta a nuestras acciones.

¿Por qué permite Dios los desastres naturales como lo terremotos, huracanes y tsunamis?

¿Por qué permite Dios los terremotos, tornados, huracanes, tsunamis, tifones, avalanchas de lodo, y otros desastres naturales? La tragedia del tsunami en Asia a finales del 2004, El huracán Katrina en 2005, en el sureste de los Estados Unidos, y las avalanchas de lodo en el 2006 en Filipinas tienen a mucha gente cuestionando la bondad de Dios. Es triste que con frecuencia los desastres naturales sean nombrados como “actos de Dios” mientras que no se le da “crédito” a Dios por años, décadas, o aún siglos de un clima benéfico. Dios creó todo el universo y las leyes de la naturaleza (Génesis 1:1) La mayoría de los desastres naturales son el resultado de estas leyes en acción. Los huracanes, tifones y tornados son el resultado de la colisión de diferentes patrones climáticos. Los terremotos son el resultado de desplazamientos de las placas en la estructura de la corteza terrestre. Un tsunami es causado por un terremoto submarino.

La Biblia proclama que en Jesucristo subsiste el control de la naturaleza (Colosenses 1:16-17). ¿Podría Dios prevenir los desastres naturales? ¡Absolutamente! ¿Algunas veces influencia Dios el clima? Si, ver Deuteronomio 11:17 y Santiago 5:17. ¿Algunas veces causa Dios los desastres naturales como juicio contra el pecado? Si, ver Números 16:30-34. El libro de Apocalipsis describe muchos eventos que definitivamente pueden ser descritos como desastres naturales (Apocalipsis capítulos 6, 8 y 16). Entonces, ¿Es cada desastre natural un castigo de Dios? Absolutamente no.

De forma muy parecida a la que Dios permite que la gente mala cometa actos malvados, Dios permite que la tierra demuestre las consecuencias que tiene el pecado sobre la creación. Romanos 8:19-21 nos dice que, “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.” La caída de la humanidad en el pecado tuvo efectos en todo, incluyendo el universo que habitamos. Todas las cosas en la creación fueron sujetadas a la “vanidad” y a la “corrupción”. El pecado es la causa final de los desastres naturales, así como lo es la causa de la muerte, la enfermedad y el sufrimiento.

Así que, regresamos donde empezamos. Podemos entender por qué ocurren los desastres naturales. Lo que no comprendemos es por qué Dios permite que ocurran. ¿Por qué permitiría Dios que el tsunami matara a más de 225,000 personas en Asia? ¿Por qué permitió Dios que el huracán Katrina destruyera las casas de cientos de miles de gente? Lo que podemos saber es esto... ¡Dios es bueno! Hay muchos milagros asombrosos, que ocurren durante el proceso de desastres naturales –evitando una mayor pérdida de vidas. Los desastres naturales causan que millones de personas reevalúen sus prioridades en la vida. Cientos de millones de dólares en ayuda son enviados para auxiliar a la gente que está sufriendo. Los ministerios cristianos tienen la oportunidad de ayudar, ministrar, aconsejar, orar – y guiar a la gente a la fe salvadora en Cristo. Dios puede, y lo hace, traer grandes bienes de terribles tragedias (Romanos 8:28).