LLAMADO EFICAZ

"Todo lo que el Padre ma da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le hecho fuera" (Jn.6:37)

Mostrando entradas con la etiqueta Bíblia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bíblia. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de noviembre de 2010

I. Contra los que exaltan al Espíritu con detrimento de la Palabra.

Ahora bien, los que desechando la Escritura se imaginan no sé qué camino para llegar a Dios, no deben ser tenidos por hombres equivocados, sino más bien por gente llena de furor y desatino. De ellos ha surgido hace poco cierta gente de mal carácter, que con gran orgullo, jactándose de enseñar en nombre del Espíritu, desprecian la Escritura y se burlan de la sencillez de los que aún siguen la letra muerta y homicida, como ellos dicen. Mas yo querría que me dijeran quién es ese espíritu, cuya inspiración les arrebata tan alto, que se atreven a menospreciar la Escritura
como cosa de niños y demasiado vulgar. Porque si responden que es el Espíritu de Cristo el fundamento de su seguridad, es bien ridículo, pues supongo que estarán de acuerdo en que los apóstoles de Jesucristo y, los otros fieles de la Iglesia primitiva estuvieron inspirados precisamente por el Espíritu de Cristo. Ahora bien, ninguno de ellos aprendió de Él a menospreciar la Palabra de Dios, sino, al contrario, la tuvieron en gran veneración, como sus escritos dan testimonio inequívoco de ello. De hecho, así lo había profetizado Isaías, pues cuando dice (Is. 59,21): "El Espíritu mío, que está sobre tí, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tu simiente, ni de la boca de la simiente de tu simiente, dijo Jehová, desde ahora y para siempre”, no se dirige con esto al pueblo antiguo para enseñarle como a los niños el A.B.C., sino más bien dice que el bien y la felicidad mayores que podemos desear en el reino de Cristo es ser
regidos por la Palabra de Dios y por su Espíritu. De donde deducimos que estos falsarios, con su detestable sacrilegio separan estas dos cosas, que el profeta unió con un lazo inviolable. Añádase a esto el ejemplo de san Pablo, el cual, no obstante haber sido arrebatado hasta el tercer cielo, no descuida el sacar provecho de la Ley y de los Profetas; e igualmente exhorta a Timoteo, aunque era excelente y admirable doctor, a que se entregue a la lectura de la Escritura (1 Tim.4,13). Y es digna de perpetua memoria la alabanza con que ensalza la Escritura, diciendo que es útil para
enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia" (2 Tim. 3, 16). ¿No es, pues, un furor diabólico decir que el uso de la Escritura es temporal y caduco, viendo que según el testimonio mismo del Espíritu Santo, ella guía a los hijos de Dios a la cumbre de la perfección? También querría que me respondiesen a otra cosa, a saber: si ellos han recibido un Espíritu distinto del que el Señor prometió a sus discípulos. Por muy exasperados que estén no creo que llegue a tanto su desvarío que se atrevan a jactarse de esto. Ahora bien, cuando Él se lo prometió,
¿cómo dijo que había de ser su Espíritu? Tal, que no hablaría por sí mismo, sino que sugeriría e inspiraría en el ánimo de los apóstoles lo que Él con su palabra les había enseñado (Jn. 16,13). Por tanto no es cometido del Espíritu Santo que Cristo prometió, inventar revelaciones nuevas y nunca oídas o formar un nuevo género de doctrina, con la cual apartarnos de la enseñanza del Evangelio, después de haberla ya admitido; sino que le compete al Espíritu de Cristo sellar y fortalecer en nuestros corazones aquella misma doctrina que el Evangelio nos enseña.

2. La Escritura, juez del Espíritu

Por donde fácilmente se entiende que debemos ejercitarnos diligentemente en leer y en oír la Escritura, si queremos percibir algún fruto y utilidad del Espíritu de Dios. Como también san Pedro alaba (2 Pe. 1, 19) la diligencia de aquellos que oyen a "la palabra profética", la cual empero, pudiera parecer haber perdido su autoridad, después de haber llegado la luz del Evangelio; mas por el contrario, si alguno, menospreciando la sabiduría contenida en la Palabra de Dios, nos enseñare otra doctrina, este tal, con toda razón debe sernos sospechoso de fatuo y mentiroso. ¿Y por qué esto? Porque como quiera que Satanás se transforma en ángel de luz, (2
Cor. 11, 14), ¿qué autoridad tendría entre nosotros el Espíritu Santo, si no pudiese ser discernido con alguna nota inequívoca? De hecho se nos muestra con suficiente claridad por la Palabra del Señor; sólo que estos miserables buscan voluntariamente el error para su perdición, yendo en pos de su propio espíritu, y no del de Dios.
Mas dirán que no es conveniente que el Espíritu de Dios, a quien todas las cosas deben estar sujetas, esté Él mismo sometido a la Escritura. ¡Como si fuese una afrenta para el Espíritu Santo ser siempre semejante y conforme a sí mismo, ser perpetuamente constante sin variar en absoluto! Ciertamente, si se le redujera a una regla cualquiera, humana, angélica o cualquiera otra, entonces podría decirse que se le humillaba, y aun que se le reducía a servidumbre. Pero, cuando es comparado consigo mismo y considerado en sí mismo, ¿quién puede decir que con esto se le
hace injuria? No obstante, dicen, es sometido a examen de esa manera. Estoy de acuerdo; mas con un género de examen querido por Él, para que su majestad quedara establecida entre nosotros. Debería bastarnos que se nos manifestara. Pero, a fin de que en nombre del Espíritu de Dios, no se nos meta poco a poco Satanás, quiere el Señor que lo reconozcamos en su imagen, que El ha impreso en la Escritura Santa. Él es su autor; no puede ser distinto de sí mismo. Cual se manifestó una vez en ella, tal conviene que permanezca para siempre. Esto no es afrenta para con Él, a no
ser que pensemos que el degenerar de si mismo y ser distinto de lo que antes era, es un honor para Él.

3. La letra mata

En cuanto a tacharnos de que nos atamos mucho a la letra que mata, en eso muestran bien el castigo que Dios les ha impuesto por haber menospreciado la Escritura. Porque bien claro se ve que san Pablo (2 Cor. 3,6) combate en este lugar contra los falsos profetas y seductores que, exaltando la Ley sin hacer caso de Cristo, apartaban al pueblo de la gracia del Nuevo Testamento, en el cual el Señor promete que esculpirá su Ley en las entrañas de los fieles y la imprimirá en sus
corazones. Por tanto la Ley del Señor es letra muerta y mata a todos los que la leen, cuando está sin la gracia de Dios y suena tan solo en los oídos in tocar el corazón. Pero si el Espíritu la imprime de veras en los corazones, si nos comunica a Cristo, entonces es palabra de vida, que convierte el alma y "hace sabio al pequeño" (Sal. 19,7); y más adelante, el Apóstol en el mismo lugar llama a su predicación, ministerio del Espíritu (2 Cor. 3,8), dando con ello a entender que el Espíritu de Dios está de tal manera unido y ligado a Su verdad, manifestada por Él en las
Escrituras, que justamente Él descubre y muestra su potencia, cuando a la Palabra se le da la reverencia y dignidad que se le debe. Ni es contrario a esto lo que antes dijimos: que la misma Palabra apenas nos resulta cierta, si no es aprobada por el testimonio del Espíritu. Porque el Señor juntó y unió entre sí, como con un nudo, la certidumbre del Espíritu y de su Palabra; de suerte que la pura religión y la reverencia a su Palabra arraigan en nosotros precisamente cuando el Espíritu
se muestra con su claridad para hacernos contemplar en ella la presencia divina. Y, por otra parte, nosotros nos abrazamos al Espíritu sin duda ni temor alguno de errar, cuando lo reconocemos en su imagen, es decir, en su Palabra. Y de hecho así sucede. Porque, cuando Dios nos comunicó su Palabra, no quiso que ella nos sirviese de señal por algún tiempo para luego destruirla con la venida de su Espíritu; sino, al contrario, envió luego al Espíritu mismo, por cuya virtud la había antes otorgado, para perfeccionar su obra, con la confirmación eficaz de su Palabra.

4. El Espíritu que vivifica

De esta manera abrió Cristo el entendimiento de los discípulos (Lc. 24,27), no para que menospreciando las Escrituras fuesen sabios por si mismos, sino para que entendiesen las Escrituras. Así mismo san Pablo, cuando exhorta a los tesalonicenses (1 Tes. 5,19-20) a que no apaguen el Espíritu, no los lleva por los aires con vanas especulaciones ajenas a la Palabra de Dios, sino que luego añade que no deben menospreciar las profecías; con lo cual quiere sin duda decir, que la luz del Espíritu se apaga cuando las profecías son menospreciadas.
¿Qué dirán a esto esos orgullosos y fantaseadores que piensan que la más excelente
iluminación es desechar y no hacer caso de la Palabra de Dios, y, en su lugar, poner por obra con toda seguridad y atrevimiento cuanto han soñado y les ha venido a la fantasía mientras dormían? Otra debe ser la sobriedad de los hijos de Dios, los cuales, cuando se ven privados de la luz de la verdad por carecer del Espíritu de Dios, sin embargo no ignoran que la Palabra es el instrumento con el cual el Señor dispensa a sus fieles la iluminación de su Espíritu. Porque no conocen otro
Espíritu que el que habitó en los apóstoles y habló por boca de ellos, por cuya inspiración son atraídos de continuo a oír su Palabra.

Institución de la religión cristiana I-XI

lunes, 15 de noviembre de 2010

Martín Lutero y la Bíblia I

Por José Grau

Cuando Martín Lutero une al mundo ―en Eislaben (Alemania), el 10 de noviembre de 1483― la Biblia era considerada, en palabras del escolástico Buenaventura, «una selva
intrinseca en la que es arriesgado meterse». Desde el siglo XIII. en que fue dada esta definición por el fraile franciscano promovido a cardenal, hasta el siglo XV en que nace Lutero, la Escritura aparece a los ojos de todo el mundo como un libro confuso, esotérico y casi ininteligible cuya interpretación solamente pueden
llevar a cabo algunos iniciados: la élite de canonistas y teólogos al servicio del papa.

LA INTERPRETACIÓN MEDIEVAL

Tanto Gregoriu VII como Inocencio 111 enseñaron que las dos espadas que se mencionan en Lucas 22:38 son sendos símbolos del poder papal y el poder real, los cuales
pertenecen al Romano Pontífice, pero éste concede uno de ellos a los príncipes para que lo usen conforme a las instrucciones pontificias y en el servicio de la Iglesia Romana. Más tarde, el mismo papa Inocencio III apeló a Deuteronomio 17 en donde se
dice que cualquier israelita puede acudir a los sacerdotes y al que en turno desempeñe las funciones de cal, con lo que se signino. que los judíos podían llevar a ios sacerdotes levitas, en la antigua alianza, los casos difíciles en litigio y que debían someterse a la sentencia de éstos. Mediante una ligera interpolación,
Inocencio III convirtió a los sacerdotes levitas en el Sumo Sacerdote de Roma y le hizo decir al texto sagrado que quien quiera que no se somete a las decisiones del Sumo Pontífice, cuyo lugar ocupa el papa en la nueva alianza, ha de ser sentenciado a muerte. León X, el papa contemporáneo de Lutero, citó el mismo pasaje, con la misma
corrupción textual, en una bula en la que lo daba como sacado del libro de Reyes, para demostrar que el que desobedece al papa es reo de muerte. Inocencio III escribió al patriarca griego de Constantinopla en estos términos: «Cristo ha dado el gobierno de todo el mundo a los papas» y, como evidencia conclusiva, añadió:
«Pedro en cierta ocasión anduvo sobre las aguas las cuales representaban a las naciones y por lo tanto de ahí se colige que sus sucesores tenemos derecho a gobernar todo el mundo, lo cual incluye las sedes de los patriarcas griegos». Estos ni le hicieron caso. Pero Occidente se hallaba preso bajo la férrea dictadura teocrática del papado romano. La afirmación de Pablo en 1 Cor.
2:15, de que «el hombre espiritual juzga todas las cosas», fue interpretada por Bonifacio VIII en la Bula «Una Sanctam», de 1302, como significando que el Papa ―el «hombre espiritual»― es juez supremo de naciones y reyes. Cuando los profetas anuncian los juicios de Dios, en e] Antiguo Testamento, y hablan de destrucción y desolación, Bonifacio VIII cree ver en todo ello alusiones al poder que le ha sido conferido por Dios para destruir y para arrancar a su antojo a todos los que se le oponen en lo eclesiástico y en lo civil; Las afirmaciones del salmista, cuando proclama que el Mesías reinará con vara de hierro, fueron tomadas como prueba del deber y el derecho de los papas a establecer la Inquisición con sus penas Capitales.
Era también costumbre justificar la quema de brujas o de hechiceras amparándose en las palabras de Jesús cuando dijo que todo aquel que no tiene comunión con él es como un mal pámpano de la vid que se ha secado y ya no sirve más que para ser echado al fuego. Podríamos seguir la enumeración de ejemplos de la exégesis medieval ―y,
a menudo, como hemos visto, pontificia― pero será suficiente, en último lugar, traer al recuerdo la predicación sobre Ap. 21:1 dio el cardenal Cayetano en el Quinto
Concilio de Letrán (1512-1517), es decir: en vida ya de Lutero. Aquello fue la apoteosis del papado y la denigración de la hermenéutica. Cayetano identificó la Jerusalén celestial con la Iglesia Romana, la cual ―argumentaba― descendió ya del
cielo y ha estado gobernada por el Vicario de Crisco. El mismo pensamiento fue luego repetido por Otros osadores aduladores en las sesiones IV, VIVII, IX y X. En la
sesión VI, el obispo de Modrusium describe a la Iglesia romana como la «esposa de Cristo» y añade: «No llores, hija de Sión, porque ha venido el León de la tribu de Judá, la raíz de David ha llegado. He aquí Dios ha levantado a un Salvador que te salvará de manos de tus desoladores. ¡Oh muy bendito León (el papa León X), tenemos la confianza "La Escritura es su propio intérprete, y no necesita de una autoridad superior a ella" de que tú serás nuestro salvador». Así se interpretaban las Escrituras en aquella Iglesia medieval decadente e infiel, tanto en la ortopraxis como en la ortodoxia. DE LA «NARIZ DE CERA» AL MÉTODO GRAMATICOHISTÓRICO ¿Sobre qué base hermenéutica podía hacérsele decir al texto sagrado estos propósitos? En muchos casos no había la más mínima preocupación exegética y ni siquiera se intentaba justificar hermenéuticamenre las deducciones fantásticas que tan caprichosa y arbitrariamente se hacían.
Sin embargo, detrás de esta práctica había una cierta manera de. usar el texto bíblico: la hermenéutica medieval que pretendía encontrar cuatro sentidos en cada pasaje de la Escritura: el sentido literal, el alegórico, el tropológlco y el
anagógico. Se entiende por literal el significado histórico en la Edad Media. En segundo lugar, el alegórico por medio del cual un pasaje, fuere el que fuere, tenía que arrojar alguna enseñanza sobre la Iglesia, su culto y su gobierno. Luego venía el sentido tropológlco por el cual un pasaje era explicado en relación con cosas presentes; por ejemplo, los pasajes de Levitico que hablan de sacrificios de animales eran interpretados como lecciones para la mortificación de la pane animal del hombre, el cuerpo, y la penitencia en general Finalmente, el sentido anagógico, que lo referían a las últimas cosas, al cielo, al infierno, a la delicias de los bienaventurados y los tormentos de los condenados. Lutero se levantó contra esca
manera de interpretar la Biblia. Propugnó un sentido literal gramático-histórico, guiado por una mentalidad cristocéntrica. Con su estilo gráfico, directo y colorista, Lutero comentaba que esta hermenéutica de los cuatro significados era como «una nariz de cera» con la que uno podía hacer lo que le diera la gana...
No exageramos al afirmar que la hermenéutica científica de la Escritura
comienza con los reformadores, exactamente con Lutero. Sus precedentes fueron algunos de los llamados Padres de la Iglesia antigua, así Melanchton se gloriaba de
esforzarse por restarurar la exégesis de la patrística, de un Crisóstomo, de un
Basilio, etc, enterrada durante siglos por la Iglesia de Roma que, paradójicamente, creía ser la única intérprete autorizada de la Palabra de Dios pero que, de hecho, lo único que hacía era imponer su propia palabra de autoridad políticoeclesiástica.
En hermenéutica se habla de un antes y un después de Lutero. Para todos los reformadores, Cristo es el centro y el soberano de la Escritura. Y si para Jerónimo ignorar las Escrituras equivalía a ignorar a Cristo, para los reformadores
―además― ignorar a Cristo es ignorar las Escrituras.

LA ESCRITURA INTERPRETA LA
ESCRITURA

A Lutero no le interesaban los juegos de palabras de la sofisticada escolástica
medieval. El problema fundamental para él no era tanto la descripción verbal de Dios como la expresión sincera del corazón que se abre totalmente a la existencia de Dios y a la verdad de su Palabra. Al escribir su comentario sobre Hebreos ―entre 1517-1518― el reformador alemán exclamaba: «¡Oh, cuan maravilloso es ser cristiano y tener nuestra vida escondida en Cristo! No a la manera de un ermitaño en una celda, ni en los impenetrables abismos del corazón humano, sino escondidos, amparados y protegidos por, y en, el Dios invisible que no se revela sino por la Palabra y mediante la escucha de la misma». Con éstas, y otras parecidas palabras, Lutero afirmaba una verdad múltiple y fundamental de la fe cristiana: nuestra confianza y nuestra seguridad no descansan en nada humano, ni nada nuestro, sino en la Revelación objetiva de Dios y en la revelación objetiva de Cristo. De ahí su firmeza, de ahí su equiparación a una Roca inconmovible. El método gramáticohfstóricocristológico condujo al principio consecuente de que la Escritura es su propio intérprete y no necesita de una autoridad superior a ella, pues entonces
deberíamos admitir que alguien que no es Dios resulta más idóneo para expresarse y hacerse entender que Dios mismo. Equivaldría a pedir las luces de una vela para ayudar al sol «Scriptura Sacra sus ipsius interpres» era la afirmación reformada frente a la exégesis papal ¿Y los textos difíciles? ¿Y los más oscuros? Para Lutero, la claridad objetiva de la Escritura es Jesucristo y la subjetiva el Espíritu Santo. Cuando sostenía que la Escritura interpreta la Escritura, porque ella misma es su propio intérprete, utiliza el vocablo «Escritura» con dos significados. Con ello quiere decir que la totalidad de la Biblia constituye el intérprete de las partes de la Biblia que no pueden contradecirse entre sí y que deben armonizar con el contenido
global de la Revelación. Así, ninguna pane de la Escritura debiera interpretarse de manera que deformara la enseñanza de la totalidad de la misma en algún punto. No basta con apoyarse en algunos versículos aislados, o en referencias incidentales a
la Escritura; esto es lo que hacen las sectas. El principio reformado ―elaborado después del siglo XVI― se resume en la conocida frase «Ningún texto sin su contexto; porque un texto sin contexto es un pretexto».
"A Lutero no le interesaban los juegos de palabras de la sofisticada escolástica medieval" "Ningún texto sin su contexto; porque un texto sin su contexto es un pretexto"
I. LA BIBLIA
«Escríbile las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosas ajenas»
(Oseas 8:12).

He aquí la queja de Dios contra Efraim. Él nos muestra su bondad al reprender a sus descarriadas criaturas, y vemos su amor cuando inclina la cabeza atento a lo que ocurre en la tierra. Si quiere, puede hacerse un vestido con la noche, rodear sus brazos con pulseras de estrellas y ceñir su frente con los rayos del sol como diadema; puede morar solo, lejos, muy lejos de este mundo, más allá del séptimo cielo, y contemplar con serena y silenciosa indiferencia todo cuanto sus criaturas
hacen. Puede hacer como Júpiter que, según creían los paganos, estaba siempre en eterno silencio, agitando a veces su terrible cabeza, mandando a las Parcas según su voluntad, ignorando las cosas pequeñas de esta tierra, y considerándolas indignas de llamar su atención; absorto en su propio ser, abstraído en sí mismo, viviendo solo y apartado. Y yo, como una de Sus criaturas, podría subir a la cima de las montañas en una noche estrellada, y a su mudo silencio decirles: “Vosotros sois los
ojos de Dios, pero no me miráis a mí; vuestro brillo es don de su omnipotencia, pero vuestros rayos no son sonrisas de amor para mí. Dios, el Poderoso Creador, me ha olvidado; soy una gota despreciable en el océano de la creación, una hoja seca en el bosque de la vida, un átomo en el monte de la existencia. Él no me conoce, estoy solo, solo.” Pero no es así, amados. Nuestro Dios es muy diferente. Él repara en cada uno de nosotros. No existe pájaro ni gusano que escape a sus decretos. No hay ser sobre el que sus ojos no reposen; nuestros hechos más íntimos y secretos, Él
los conoce; en todo cuanto hagamos, soportemos o suframos, su mirada esta pendiente de nosotros y su sonrisa nos cobija si somos su pueblo-, o estamos bajo su enojo -si nos hemos apartado de El- ¡Oh! Cuán infinitamente misericordioso es Dios, que contemplando a los hombres no retira su sonrisa de ellos para que perezcan. Vemos en este pasaje que Dios se acuerda del hombre, por cuanto dice a Efraim: “Escribíle las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosas ajenas”. Observad cómo al ver el pecado del hombre no desecha a éste ni lo aparta despectivamente con su
pie, ni tampoco lo suspende sobre el abismo del infierno hasta hacerle estallar el cerebro por el terror, para, finalmente, arrojarle en él para siempre; antes al contrario, Dios desciende del cielo para tratar con sus criaturas, pleitea con ellas, se rebaja, por así decirlo, al mismo nivel que los
pecadores, les expone sus quejas y defiende sus derechos. ¡Oh! Efraim, te he escrito las grandezas de mi ley, pero las has tenido por cosa ajena.
Estoy aquí esta noche como enviado de Dios, amigos míos, para tratar con vosotros como embajador suyo; para acusar de pecado a muchos de vosotros; para, con el poder del Espíritu Santo, mostraros vuestra condición; para que seáis redargüidos de pecado, de justicia y de juicio. El delito del que os acuso es el que leemos en este versículo. Dios os ha escrito las grandezas de su ley, pero las habéis tenido como cosa ajena. Es precisamente sobre este bendito libro, la Biblia, que os quiero hablar. Este será mi texto: la Palabra de Dios. Este es el tema de mi sermón, un
tema que requiere más elocuencia de la que yo poseo, y sobre el que podrían hablar miles de oradores a la vez; grandioso, vasto e inagotable asunto que, aun consumiendo toda la elocuencia que hubiera hasta la eternidad, no quedaría agotado.
Sobre la Biblia tengo tres cosas que deciros, y las tres están en el texto.

Primeramente su autor:

“Escribíle”; segundo, el tema: Las grandezas de la ley de Dios; y tercero, el trato que han recibido:
Fueron tenidas por muchos como cosa ajena.
I. ¿Quién es EL AUTOR? El mismo texto nos dice que es Dios. “Escribíle las grandezas de mi ley” He aquí mi Biblia, ¿quién la escribió? La abro y observo que se compone de una serie de opúsculos. Los cinco primeros fueron escritos por un hombre llamado Moisés. Paso las páginas y
veo que hay otros escritores tales como David, y Salomón. Encuentro a Miqueas, Amós, Oseas. Sigo adelante y llego a las luminosas páginas del Nuevo Testamento, y allí están Mateo, Marcos, Lucas y Juan; Pablo, Pedro, Santiago y otros; pero cuando cierro el libro me pregunto: ¿Quién es su autor? ¿Pueden estos hombres, en conjunto, atribuirse la paternidad de este libro? ¿Son ellos No hay otro Evangelio. Charles Spurgeon 4 Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres realmente los autores de este extenso volumen? ¿Se reparten entre todos el honor? Nuestra fe santa
nos dice que no. Este libro es la escritura del Dios viviente; cada letra fue escrita por el dedo del Todopoderoso, cada palabra ha salido de sus labios sempiternos; cada frase ha sido dictada por el Espíritu Santo. Aunque Moisés escribió su narración con ardiente pluma, fue Dios el que guió su mano. David tocaba el arpa haciendo que dulces y melodiosos salmos brotasen de sus dedos, pero era Dios quien movía sus manos sobre las cuerdas vivas de su instrumento de oro, Salomón
entonó cánticos de amor, y pronunció palabras de profunda sabiduría, pero fue Dios el que dirigió sus labios, y Suya es la elocuencia del Predicador. Si sigo al atronador Nahum con sus caballos surcando las aguas, o a Habacuc cuando vio las tiendas de Cusán en aflicción; si leo de Malaquías
con la tierra ardiendo como un horno; si paso a las plácidas páginas de Juan que nos hablan del amor, o a los severos y fogosos capítulos de Pedro que nos cuentan del fuego que devora a los enemigos de Dios; o a Judas, que lanza anatemas contra sus adversarios; siempre, y en cada uno de ellos, veo que es Dios quien habla. Es su voz, no la del hombre; son las palabras del Eterno,
del Invisible, del Todopoderoso, de Jehová. La Biblia es la Biblia de Dios, y cuando la contemplo, paréceme oír una voz que sale de ella diciendo: “Soy el libro de Dios; hombre, ¡léeme! Soy su escritura; abre mis hojas, porque he sido escrito por El; léelas, porque Él es mi autor, y le verás visible y manifiesto en cualquier lugar”. “Escribíle las grandezas de mi ley.” ¿Cómo sabréis que Dios escribió este libro? No intentaré responder a esta pregunta. Podría hacerlo si quisiera, porque hay razones y argumentos suficientes, pero no pienso robaros el tiempo
esta noche exponiéndolos a vuestra consideración. No, no lo haré. Si quisiera, os hablaría de la grandeza de estilo que está por encima de la de cualquier escrito humano, y que todos los poetas
que en el mundo han sido, con todas sus obras juntas, no podrían ofrecernos tan poético y extraordinario
lenguaje como encontramos en la Escritura. Los temas que en ella se tratan escapan al
intelecto humano. ¿Qué hombre tendría capacidad para inventar las grandes doctrinas de la Trinidad de Dios? Nadie podría narrarnos la creación del universo. Ningún humano puede ser el autor de la sublime idea de la Providencia, por la que toda las cosas son ordenadas según el deseo de un Ser Supremo, y que todas ellas obran para bien. Podría hablaros de su sinceridad, pues vemos que no oculta las faltas y errores de sus escritores; de su unidad, pues nunca se contradice; de su subyugante sencillez, para que el más simple pueda leerla. Y así, un centenar más de cosas
que nos probarían hasta la saciedad que este libro es de Dios; pero no he venido aquí a hacerlo. Soy ministro de Cristo, y vosotros cristianos, o al menos así lo profesáis, y ningún siervo de Dios necesita sacar a la luz razonamientos incrédulos para rebatirlos. Sería la necedad más grande del mundo. Los infieles, pobres criaturas, no conocen sus propios argumentos hasta que nosotros se los decimos, y ellos, juntándolos poco a poco, vuelven a arrojarlos como despuntadas lanzas
contra el escudo de la verdad. Es un desatino sacar estos tizones del fuego del infierno, aunque se este bien preparado para apagarlos. Dejad que el mundo aprenda sus propios errores; no seamos propagadores de sus falsedades. En verdad que hay predicadores que, estando faltos de argumentos, los sacan de cualquier parte; pero los elegidos de Dios no tienen necesidad de esto,
porque son enseñados por Él, y Él mismo les provee de temas, palabras y poder. Quizá, algunos de los que me escucháis habéis entrado aquí sin fe, hombres racionalistas, librepensadores. No argumentaré con los tales. Confieso que no estoy aquí para discutir, sino para predicar lo que conozco y siento. Pero sabed que yo también he sido como uno de ellos. Hubo un mal momento en mi vida, cuando leve el ancla de mi fe, solté las amarras de mis creencias y, no queriendo permanecer ya por más tiempo anclado firmemente en el puerto de la revelación, dejé que mi nave
surcara la mar impulsada por el viento. Dije a la razón: “Sé tu mi capitán”, y a la inteligencia: “y tú mi timón”. Así comencé mi loco viaje; pero, ¡gracias a Dios! Todo acabó ya. Os contaré esta breve historia: Fue una travesía precipitada por el tempestuoso océano del librepensamiento. A
medida que avanzaba, los cielos empezaron a oscurecerse; pero, en compensación, el agua era brillante con fulgores de esplendor. Saltaban centellas, cosa que me agradaba en gran manera, y pensé: “Si esto es el librepensamiento, es una cosa maravillosa”. Mis ideas parecían gemas podía esparcir las estrellas con mis manos; pero pronto, en lugar de aquel fulgor de gloria, horribles demonios surgieron de las aguas, y como quisiera golpearles, bramando me mostraron sus dientes rechinantes; se asieron a la proa de mi barco y me arrastraron. Yo, en cierto modo, me sentía
No hay otro Evangelio. Charles Spurgeon 5 Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres feliz, embriagado por la velocidad, pero estremecido por la celeridad con que rebasaba los viejos límites de mi fe. Corría con tan terrible rapidez, que empecé a desconfiar hasta de mi propia existencia; dudé de si el mundo era verdad; pensé si era posible que existiera algo como yo. Llegué al borde mismo del reino sombrío de la incredulidad, al fondo mismo del mar de la infidelidad. Dudaba de todo. Pero aquí Satanás se engañó a sí mismo, porque lo disparatado de estas dudas me demostró lo absurdo de ellas. Y fue cuando vi el fondo de aquel mar que oí una voz que decía: “¿Y puede esta duda ser verdad?” Al grito de este pensamiento volví a la realidad. Salí de aquel sueño de muerte que, bien sabe Dios, podía haber condenado mi alma y destruido mi cuerpo si no hubiese despertado. Cuando me levanté, la fe tomó el timón; desde aquel momento nunca más dudé. La fe gobernó mi barca y la hizo regresar, mientras yo gritaba: “¡Fuera de aquí, fuera de aquí!” Eché mi ancla en el Calvario, levanté los ojos a Dios, y heme aquí vivo y libre del infierno. Por eso os hablo de lo que yo conozco, porque he hecho tan peligroso viaje y he regresado a puerto sano y salvo. ¡Pedidme que sea incrédulo otra vez! No, ya lo probé. Fue dulce
al principio, pero amargo después. Ahora, atado más firmemente que nunca al Evangelio de Dios, firmes mis pies sobre una roca más dura que el diamante, desafío los razonamientos infernales a que me muevan, “porque yo sé a quien he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. No voy a refutar ni a argumentar esta noche. Vosotros profesáis ser cristianos, pues de otro modo no estaríais aquí-, aunque vuestra profesión bien puede ser falsa, y
lo que decís ser, tal vez sea todo lo contrario de lo que en realidad sois. Aun así, supongo que todos creéis que ésta es la Palabra de Dios. Permitid, pues, que exponga un par de pensamientos sobre esto: “Escribíle las grandezas de mi ley”.
Examinad este libro, amigos míos, y admirad su autoridad. No es un libro corriente; no contiene las máximas de los sabios de Grecia, ni los discursos de los filósofos de la antigüedad. Si estas palabras hubiesen sido escritas por el hombre, podríamos desecharlas; pero, ¡oh!, dejadme meditar en este solemne pensamiento: este libro es el manuscrito de Dios, estas son sus palabras. Dejadme
inquirir su antigüedad: está fechado en los collados del cielo. Permitid que considere sus palabras:
son destellos de gloria para mis ojos. Dejad que lea sus capítulos: rebosan de grandeza y misterios
escondidos. Sus profecías están henchidas de increíbles maravillas. ¡Oh, libro de los libros! ¡Y
que tú hayas sido escrito por mi Dios! Me postro ante ti. Tú, libro, tienes plena autoridad; tú eres
el edicto del Emperador del cielo. Lejos esté de mí usar de mi razón para contradecirte. ¡Razón!,
tu lugar está en considerar y averiguar lo que este volumen quiere decir, no lo que debería decir.
Venid, intelecto y razón míos, sentaos y escuchad, porque estas palabras son las palabras de Dios.
Me siento incapaz de extenderme en este pensamiento. ¡Oh, si pudierais recordar que esta Biblia
ha sido verdadera y realmente escrita por Dios!; Oh, si se os hubiese permitido la entrada en las
cámaras secretas del cielo, y hubieseis podido contemplar a Dios empuñando la pluma mientras
escribía estas maravillosas letras, seguro que las respetaríais! Mas podéis creer que es el
manuscrito de Dios; tanto como si hubieseis estado presentes cuando lo escribía. La Biblia es un
libro digno de crédito, es un libro autoritativo, porque lo escribió Dios. ¡Temblad, temblad, no sea
que lo despreciéis; reparad en su autoridad, porque es la Palabra de Dios!
Así pues, al ser obra de Dios, notemos su veracidad. Si yo fuese su autor, gusanos censuradores la
poblarían inmediatamente, mancillándola con sus larvas diabólicas. Si la hubiese escrito yo, no
faltarían hombres que la destrozaran en seguida, y tal vez con razón. Pero no; es la Palabra de
Dios. ¡Venid y buscad en qué criticarla, y descubrid sus defectos; examinadla desde el Génesis al
Apocalipsis y encontrad un error! Ella es veta de oro puro sin mezcla de materia terrena. Es
estrella sin mácula, sol de perfección luz sin penumbra, luna resplandeciente, gloria sin sombra.
¡Oh, Biblia!, no se puede decir de ningún libro que sea perfecto y puro; pero nosotros podemos
decir de ti que toda la sabiduría se encuentra encerrada en tus páginas, pura y perfecta. Es el juez
que pone fin a toda discusión cuando la inteligencia y la razón fracasan. Es el libro no manchado
por el error, porque es puro, sin mixtura, verdad perfecta. ¿Por qué? Porque Dios lo escribió. ¡Ah!
Acusad a Dios de error, si queréis; decidle que este libro no es lo que debiera ser. Sé de personas
a las que, con orgullosa falsa modestia, les gustaría enmendar la Biblia, y (casi me ruborizo al
decirlo) he oído ministros de Dios que han alterado Su palabra, porque la temían. ¿Nunca habéis
oído decir: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere -¿qué dice la
No hay otro Evangelio. Charles Spurgeon 6
Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
Escritura?- “será condenado”? Pero esto no suena bien ni es muy fino; por eso dicen: “será
culpable”. ¡Caballeros!, déjense de “hermosear” la Biblia, y prediquen la Palabra de Dios; no
necesitamos ninguna de sus alteraciones. He oído a personas que, orando, en vez de decir: “hacer
firme vuestra vocación y elección”, dicen: “hacer firme vuestra vocación y salvación”. ¡Qué
lástima que no hubieran nacido cuando Dios moraba en los tiempos remotos; podrían haberle
enseñado a escribir! ¡Oh, inconcebible impudicia y orgullo desmedido! ¡Tratar de dictar al Sabio
de los sabios, enseñar al Omnisciente e instruir al Eterno! Singular cosa es que haya hombres tan
viles que usen el cuchillo de Joacim para mutilar la Palabra de Dios, porque haya pasajes que no
les sean gratos. ¡Oh, tú, que sientes aversión por ciertas partes de la Santa Escritura!, sabe con
certeza que tu gusto está corrompido y que la voluntad de Dios no se sujeta a tu pobre opinión. Tu
desagrado es la verdadera razón por la que El la escribió; porque no tenías por que estar de
acuerdo, ni tienes derecho a ser complacido; por ello, Dios escribió lo que a ti no te gusta: la
Verdad. Postrémonos reverentemente ante ella, porque es inspirada por Él. Es la verdad pura. De
esta fuente mana agua vitae -”agua de vida”- sin una partícula de tierra; de este sol nacen rayos de
esplendor sin sombra alguna. Bendita Biblia; tú eres toda la verdad.
Antes de dejar este punto, parémonos a considerar la misericordia de Dios al escribirnos la Biblia.
¡Ah! Él podía haber dejado que anduviésemos a tientas nuestro camino de tinieblas, como los
ciegos palpan buscando la pared. Podía habernos dejado en nuestro extravío, guiados solamente
por la estrella de la razón. Recuerdo un caso que le ocurrió al señor Hume, quien constantemente
afirmaba que la luz de la razón es de sobra suficiente. Estando en casa de un buen ministro de
Dios una noche, había estado discutiendo sobre este asunto, manifestando su firme convicción en
la suficiencia de la luz natural. Al marchar, el siervo de Dios se ofreció a alumbrarse con una
bujía, en tanto que bajaba la escalera. “No, me bastará con la luz de la naturaleza; con la luna será
suficiente”, respondió. Pero ocurrió que la luna estaba oculta por una nube, y nuestro hombre,
tropezando. cavó escaleras abajo. “¡Ah!”, dijo el ministro, “a pesar de todo. hubiese sido mejor
haber tenido alguna lucecita desde arriba. señor Hume.” De manera que, aun suponiendo que la
luz natural fuese suficiente, sería mejor que tuviéramos además alguna desde arriba, y así, si que
estaríamos seguros de no tropezar, pues mejor son dos luces que una. La creación nos alumbra
con brillante luz. Podemos ver a Dios en las estrellas, su nombre está escrito con letras de oro en
el rostro de la noche; podéis descubrir su gloria en las olas del océano, y en los árboles del campo.
Pero es mejor leer en dos libros que en uno. Le encontraréis aquí más diáfanamente revelado,
porque Él mismo ha escrito este libro y os ha dado la clave para entenderlo, si tenéis el Espíritu
Santo. Amados hermanos, demos gracias a Dios por esta Biblia. Amémosla y considerémosla
más preciosa que el oro más fino.
Una observación más, y paso al segundo punto. Si ésta es la Palabra de Dios, ¿qué será de los que
no la habéis leído desde el mes pasado? “¿Desde el mes pasado? ¡Pero si no lo he hecho en todo
el año!” Y muchos de vosotros no la habéis leído, nunca. La mayoría de la gente trata a la Biblia
muy educadamente. Tienen una edición de bolsillo primorosamente encuadernada, la envuelven
en un blanco pañuelo, y así la llevan al culto. Cuando regresan a casa la guardan en un cajón y..
¡hasta el próximo domingo! Entonces, la vuelven a sacar para agradarla, y la llevan a la capilla;
todo cuanto la pobre Biblia recibe es este paseo dominical. Esa es vuestra manera de tratar a tan
celestial mensajero. Hay suficiente polvo sobre vuestras Biblias para que con vuestro propio dedo
podáis escribir: “Condenación”. Muchos de vosotros no la habéis hojeado desde hace mucho,
mucho, mucho tiempo, y, ¿qué pensáis? Os dio palabras bruscas, pero verdaderas. ¿Qué dirá
Dios, finalmente, cuando vayáis a su presencia? “¿Leíste mi Biblia? “ “No.” “Te escribí una carta
de misericordia, ¿la has leído?” “No.” “¡Rebelde! Te envié una carta invitándote a venir; ¿es que
jamás la leíste?” “Señor, nunca rompí el lacre: siempre la guardé bien cerrada.” “¡Desdichado!”,
dice Dios. “entonces, bien mereces el infierno; si te escribí esta carta de amor, y ni siquiera
quisiste romper el sello, ¿qué haré contigo?” ¡Oh! No permitáis, que tal ocurra con vosotros. Sed
lectores de la Biblia; sed escudriñadores de la Palabra.
II. Nuestro segundo punto es: LOS TEMAS DE LOS QUE TRATA LA BIBLIA. Las
palabras del texto son: “Escribíle las grandezas de mi ley. El Libro de Dios siempre habla sola y
No hay otro Evangelio. Charles Spurgeon 7
Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
exclusivamente de grandes cosas. No hay nada en el que no sea importante. Cada versículo
encierra un solemne significado, y si todavía no lo hemos hallado, esperamos hacerlo. Habéis
visto las momias cubiertas por vueltas de vendas. Bien, la Biblia de Dios es algo parecido; hay
numerosos rollos de blanco lino, tejidos en el telar de la verdad, de manera que tendréis que
devanar rollo tras rollo hasta encontrar el verdadero significado de lo que está escondido; y
cuando creáis haberlo hallado, aun continuaréis desentrañando las palabras de este maravilloso
volumen por toda la eternidad. No hay nada en la Biblia que no sea grandioso.
Todas las cosas de la Biblia son grandes. Algunas personas piensan que no importa la doctrina
que uno crea; que da lo mismo asistir a una iglesia que a otra, que todas las denominaciones son
iguales. Hay un ser, el señor Fanatismo, al que detesto sobre todas las cosas, y al que jamás he
hecho ningún cumplido ni he prodigado elogio; pero hay otro al que odio igualmente; se trata del
señor Latitudinarismo, individuo bien conocido que ha descubierto que todos somos iguales. Yo
doy por cierto que una persona puede ser salva en cualquier iglesia. Algunas lo han sido en la de
Roma, unos pocos benditos hombres cuyos nombres podría citaros. También sé, ¡bendito sea
Dios!, que gran número son salvas en la iglesia Anglicana; en ella hay una hueste de sinceros y
piadosos hombres de oración. Creo que todas las ramas del protestantismo cristiano tienen un
remanente según la elección de gracia, remanente que en todas ellas ha sido la sal que ha evitado
la corrupción. Pero cuando me expreso en estos términos, ¿creéis que las sitúo a todas al mismo
nivel? ¿Están todas igualmente en lo cierto? Una dice que el bautismo de infantes es correcto,
otras que no. Vosotros decís que ambas tienen razón, pero yo no lo veo así. Una enseña que
somos salvos por la gracia de Dios, otra que no, sino que es nuestro libre albedrío el que nos
salva; con todo, vosotros creéis que las dos están en lo cierto; yo no lo entiendo así. Una dice que
Dios ama a su pueblo y nunca dejará de amarle; otra, que no, que Él no les amó hasta que ellos le
amaron a Él; que unas veces lo ama y otras deja de hacerlo, volviéndole la espalda. Ambas
pueden tener razón en lo esencial, pero nunca cuando una dice “si” y otra “no”. Para verlo así
necesitaría unas gafas que me ayudaran a ver hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. No
puede ser, señores, que ambas tengan razón, a pesar de que hay quien dice que las diferencias no
son esenciales. Este texto dice: “Escribíle las grandezas de mi ley”. No hay nada en la Biblia de
Dios que no sea grande. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez cual será la más pura de todas
ellas? “¡Oh!”, decís, “nunca nos hemos planteado ese problema. Nosotros vamos donde nuestros
padres fueron.” ¡Magnífico! Es una convincente razón naturalmente. Vais donde vuestros padres
fueron. Creía que erais gente sensata, y nunca pensé que os dejaríais llevar por otros en vez de por
vuestra propia convicción. Amo a mis padres sobre todo lo que alienta, y el solo hecho de que
creyeran que una cosa es verdad, me ayuda a pensar que lo es; pero yo no les he seguido.
Pertenezco a diferente denominación, y doy gracias a Dios por ello. Puedo recibirles como
hermanos en Cristo, pero nunca pensé que, porque ellos sean una cosa, yo he de ser lo mismo.
Nada de esto. Dios me dio un cerebro y he de utilizarlo; y si vosotros también lo tenéis, haced uso
de él. No digáis nunca que no importa. Si que importa. Todo cuanto Dios ha escrito aquí, tiene
suprema importancia: Él jamás hubiera puesto algo que fuera indiferente. Todo cuanto hay aquí
tiene valor; por lo tanto, escudriñad todos los temas, probadlo todo por la Palabra de Dios. No
tengo ningún reparo en que lo que yo predique sea probado por este libro. Dadme solamente un
auditorio imparcial y la Biblia. y si digo algo que la contradiga, me retractaré de ello el próximo
domingo. Buscad y mirad, pero no digáis: “No vale la pena. no tiene importancia”. Cuando Dios
habla, siempre es importante.
Pero, aunque todo en la Palabra de Dios es importante. no todo lo es en la misma medida. Hay
ciertas verdades básicas y fundamentales que deben ser creídas para ser salvo. Si queréis saber
qué es lo que debéis creer para ser salvos. encontraréis las grandezas de la ley de Dios entre estas
cubiertas; todas están aquí. Como compendio o resumen de ellas recuerdo lo que siempre decía
un amigo mío: “Predica las tres “erres” y Dios no dejará de bendecirte”. “¿Qué son las tres
“erres”?” le dije, y me respondió “Ruina, Redención y Regeneración”. Estas tres cosas contienen
la esencia y el todo de la teología. “R” de ruina. Todos fuimos arruinados en la caída, nos
perdimos cuando Adam pecó y nos perdemos por nuestras propias transgresiones, por la
perversidad de nuestro corazón, por nuestros malos deseos, y nos perderemos a menos que la
No hay otro Evangelio. Charles Spurgeon 8
Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
gracia nos salve. “R” de redención Somos redimidos por la sangre de Cristo como la de un cordero
sin mancha ni contaminación, rescatados por su poder, redimidos por sus méritos, y libres por su
potencia. “R” de regeneración. Si queremos ser perdonados, tenemos que ser regenerados, porque
nadie puede ser partícipe de la redención sin ser regenerado. Podemos ser tan buenos como
queramos, y servir a Dios a nuestro modo tanto cuanto gustemos, pero si no hemos sido
regenerados, si no tenemos un corazón nuevo, si no nacemos otra vez, aún estamos en la primera
“R”, en la ruina, en la perdición. Esto es un pequeño resumen del Evangelio, pero creo que hay
otro mejor en los cinco puntos del calvinismo: Elección conforme a la presciencia de Dios, natural
depravación y pecaminosidad del hombre, redención limitada por la sangre de Cristo, llamamiento
eficaz por el poder del Espíritu, y perseverancia final por el poder de Dios. Creo que, para ser
salvos, hemos de creer estos cinco puntos; pero no me agradaría escribir un credo como el de
Atanasio, que empieza así: “Todo aquel que quiera ser salvo, deberá creer en primer lugar la fe
católica, la cual es ésta”; al llegar a este punto tendría que pararme porque no sabría cómo
continuar. Sostengo la fe católica de la Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia. No es cosa
mía el redactar credos, sino el deciros que escudriñéis las Escrituras, porque ellas son la palabra de
vida.
Dios dice: “Escribíle las grandezas de mi ley”. ¿Dudáis de estas grandezas? ¿Creéis que no son
dignas de prestarles atención? Piensa un momento, hombre, ¿dónde te hallas ahora?
“Heme aquí, en este desfiladero,
Cabalgando entre dos mares eternos;
Una franja, un segundo en el sendero,
Puede hundirme por siempre en los infiernos
O alojarme en la Casa del Cordero.”
Recuerdo que una vez estaba yo en la playa, paseando sobre una estrecha faja de tierra, sin pensar
que la marea pudiera subir. Las olas lamían constantemente ambas orillas, y abstraído en el mar
de mis pensamientos permanecí allí por largo rato. Cuando quise regresar, me encontré ante una
dificultad: las olas habían cortado el camino. De la misma manera, todos nosotros caminamos
cada día por una estrecha senda, y hay una ola que sube más y más; ved cuán cerca está de
vuestros pies, y detrás de ésta siguen otra y otra; a cada tictac del reloj “nuestros corazones, como
sordos tambores, redoblan marchas fúnebres camino de la tumba”. Cada día que transcurre es un
paso más hacia el sepulcro. Pero, este libro me dice que, si soy convertido, un cielo de gozo y
amor me recibirá cuando muera; brazos de ángeles me estrecharán, y yo, llevado por querúbicas
alas, con el alba me elevaré, y más allá de las estrellas, donde Dios tiene su trono, moraré para
siempre.
«Lejos de un mundo de pecado y llanto, Con Dios eternamente moraré.»
¡Oh!, cálidas lágrimas brotan de mis ojos, el corazón se me hace demasiado grande para mi pecho,
y la cabeza se me va al solo pensamiento de:
«Jerusalén, mi hogar feliz,
Tu nombre es siempre dulce para mí».
¡Oh!, cuán deleitosa escena allende las nubes; placenteros prados de delicados pastos y ríos de
delicia. ¿No son éstas grandes cosas? Pobre alma no regenerada: la Biblia dice que, si estás
perdido, lo estás para siempre; que si mueres sin Cristo y sin Dios, no hay esperanza para ti; que
hay un lugar donde leerás en letras de fuego: “Sabías tu obligación, pero no la cumpliste”. Serás
echado de su presencia con un: “Apártate de mí”. ¿No son grandes estas cosas? Señores, tanto
como el cielo es deseable y el infierno aborrecible, el tiempo breve y la eternidad infinita, el alma
No hay otro Evangelio. Charles Spurgeon 9
Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
preciosa, el castigo eludido y el cielo buscado, tanto como Dios es eterno y sus palabras ciertas,
estas cosas son grandes; son cosas que debéis escuchar.
Nuestro último punto a considerar es: EL TRATO QUE LA POBRE BIBLIA RECIBE EN
ESTE MUNDO. La Biblia es tenida como cosa ajena. ¿Qué quiere decir esto? En primer lugar,
que es completamente ajena a muchas personas porque nunca la han leído. Recuerdo que,
leyendo en cierta ocasión el pasaje de David y Goliat, como me oyera una persona más bien
entrada en años, me dijo: “¡Dios mío! Qué historia tan interesante; ¿en que libro está?” También
me viene a la memoria otra persona que, hablando conmigo, expresaba cuán profundo era su
sentimiento, ya que tenía enormes deseos de servir al Señor, pero encontraba otra ley en sus
miembros. Abrí la Biblia y le leí en Romanos: “Porque no hago el bien que quiero; mas el mal
que no quiero, éste hago”. “¿Está esto en la Biblia?”, dijo ella, “pues no lo sabía.” No la censuré
por su falta de interés por este libro, pero me pareció imposible poder hallar personas que
ignorasen tal pasaje de la Escritura. Sabéis más del libro Mayor de vuestros negocios que de la
Biblia, más de vuestro diario particular que de lo que Dios ha escrito. Muchos leeréis novelas de
cabo a rabo, y, ¿qué provecho sacáis de ello? Alimentaros con pompas de jabón. Pero no podéis
leer la Biblia; este manjar sólido, perdurable, substancioso y que satisface, permanece intacto,
guardado en la alacena del abandono, mientras que todo cuanto escribe el hombre, el plato del día,
es ávidamente devorado. “Escribíle las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosas ajenas.”
Tengo una dura acusación contra vosotros: No leéis la Biblia. Podéis decir, quizás, que no debo
inculparos de tal cosa; pero más vale tener una mala opinión de vosotros, que no una demasiado
buena. Algunos nunca la habéis leído entera, y vuestro corazón os dice que mis palabras son
ciertas. No sois lectores de la Biblia. Tenéis una en vuestra casa, ya lo se, ¿o creéis que os
considero tan paganos?; pero, ¿cuanto hace que no la habéis leído? ¿Cómo sabéis que las gafas
que perdisteis hace tres años no están en el mismo cajón que ella? Muchos no habéis leído una
sola página desde hace tiempo, y Dios puede decir de vosotros: “Escribíle las grandezas de mi ley,
y fueron tenidas por cosas ajenas”.
Hay otros que leen la Biblia, pero dicen que es terriblemente árida. Aquel joven de allá opina que
es una “lata”; ésta es la palabra con que la describe, y nos cuenta su experiencia: “Mi madre me
dijo: “Cuando vayas a la ciudad lee un capítulo cada día”. Y yo por complacerla, se lo prometí.
Ojalá no lo hubiera hecho. Ni ayer ni anteayer leí una sola letra. Estuve muy ocupado, no pude
evitarlo”. No te gusta la Biblia, ¿verdad? “No, no hallo en ella nada que sea interesante.” ¡Ah!,
no hace mucho tiempo que a mí me ocurría igual que a ti; no encontraba nada en ella. ¿Sabéis por
qué? Porque los ciegos no pueden ver. Pero cuando el Espíritu tocó mis ojos, las escamas
cayeron de ellos y, al influjo del ungüento sanador, descubrí sus tesoros. Un pastor fue un día a
visitar a una señora ya anciana para llevarle el consuelo de algunas de las maravillosas promesas
de la Palabra de Dios. Buscando, encontró en la Biblia de ella, escrito al margen, una “P”, y
preguntó: “¿Qué significa esto?” “Esto quiere decir preciosa”, señor.” Poco más adelante
descubrió una “P” y una “E” juntas, y como volviese a preguntar su significado, ella le respondió
Esto, quiere decir “probada y experimentada”, porque yo la he probado y experimentado”. Si ésta
es vuestra experiencia, si la consideráis lo más preciado para vuestras almas, sois cristianos; pero
aquellos que desprecian la Biblia, “no tienen parte ni suerte en este negocio”. Si os parece árida,
peor os parecerá el infierno en el que estaréis vosotros al fin. Si no la deseáis más que vuestra
comida, no hay esperanza para vosotros, porque os falta la prueba más grande y evidente de
vuestra fe cristiana.
Pero, ¡ay!, no es esto lo peor. Hay personas que, además de despreciarla, odian la Biblia. Si
tenemos algunas entre estas paredes, seguramente se habrán dicho: “Vamos a ver lo que dice ese
joven predicador”. Pues bien, he aquí lo que os digo: “Mirad, oh menospreciadores, y entonteceos
y desvaneceos”. Os digo que “los malos serán trasladados al infierno, todas las gentes que se
olvidan de Dios”. Y que “en los postrimeros días vendrán burladores, andando según sus propias
concupiscencias.” Es más, si sois salvos, debéis encontrar vuestra salvación aquí. Por lo tanto, no
menospreciéis la Biblia: escudriñadla, leedla, venid a ella. Estad seguros, oh burladores, que
vuestras carcajadas no pueden alterar la verdad, ni vuestras burlas libraros de la perdición
inevitable. Si en vuestra temeridad hicierais alianza con la muerte y firmarais un pacto con el
No hay otro Evangelio. Charles Spurgeon 10
Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
infierno, aun así, veloz justicia os alcanzaría, y poderosa venganza os derribaría. En vano os
mofáis pues las verdades eternas son más poderosas que todos nuestros sofismas; no pueden
vuestros ingeniosos dichos trastornar la veracidad divina ni variar una sola palabra de este libro de
revelación. ¡Oh! ¿Por qué altercáis con vuestro mejor amigo y maltratáis vuestro único refugio?
Aun hay esperanza para el que se burla. Esperanza en la obra omnipotente del Espíritu Santo y en
la misericordia del Padre.
Una palabra más y termino. Amigo mío, el filósofo dice que esta muy bien el que yo exhorte a la
gente a leer la Biblia; pero que hay otras muchas ciencias más interesantes y útiles que la teología.
Muy agradecido, señor, por su opinión. ¿A qué ciencia se refiere usted? ¿A la de disecar
escarabajos y coleccionar mariposas? “No, ciertamente no es a ésa.” ¿A la de tomar muestras de
la tierra y hablarnos de sus diferentes estratos? “No, tampoco a esa precisamente.” ¿Qué ciencia,
pues? “Todas ellas en general son más importantes que la Biblia.” ¡Ah!, ésa será su opinión, y
habla de esa manera porque está lejos de Dios, pues la ciencia de Jesucristo es la más maravillosa
de todas. Que nadie deje la Biblia porque no sea un libro de enseñanza y sabiduría, porque lo es.
¿Queréis saber de astronomía? Ella os habla del Sol de Justicia y de la Estrella de Belén. ¿De
botánica? Sólo ella habla de plantas famosas como el Lirio de los Valles y la Rosa de Sarón. ¿De
geología y mineralogía? En ella encontraréis la Roca de los Siglos y la Piedrecita Blanca con un
nombre nuevo escrito, el cual ninguno conoce, sino aquel que lo recibe. ¿Queréis estudiar
historia? Aquí están los anales más antiguos del género humano. Cualquier ciencia que sea, venid
y buscadla en este libro. Vuestra ciencia está aquí. Venid, y bebed de esta plácida fuente de
conocimiento y sabiduría, y seréis enseñados para vida eterna. Sabios e ignorantes, niños y
hombres, los de blancos cabellos, jóvenes y muchachas, a vosotros hablo, os pido y suplico:
respetad la Biblia y escudriñadla, porque pensáis que en ella tenéis vida eterna, y ella es la que da
testimonio de Cristo.
He terminado. Vayamos a casa y pongamos por obra cuanto hemos oído. Conozco a una
señora que, al ser preguntado sobre lo que recordaba del sermón de su pastor, dijo: “No recuerdo
nada del mismo. Sólo se que dijo algo de pesos faltos y medidas fraudulentas, y que cuando
llegué a casa he de quemar mis medidas de grano.” Si quemáis también vuestras medidas, si os
acordáis de leer la Biblia, yo habré hablado suficiente. Quiera Dios, en su infinita misericordia,
poner en vuestras almas, cuando cojáis su Santo Libro, los rayos iluminadores del Sol de Justicia,
por la acción del siempre adorable Espíritu; de este modo, todo cuanto leáis será para vuestro
provecho y salvación.
Podemos decir de la Biblia que
Es el arca de Dios, donde ha ordenado
Su plan revelador; de tal manera
La gloria y el tormento están mostrados,
Que sabe el hombre el fin de su carrera,
Si no le da un sentido equivocado.
Es de la eternidad la Santa Guía;
No ha de faltarle vida perdurable
Al que, estudiando esta cartografía,
Se lanza por sus mares admirables,
Ni puede errar quien habla en su armonía.
Es el Libro de Dios: su vasta ciencia
Se vierte de sus hojas a raudales.
Es el Dios de los libros. La conciencia
Que como osada a mi expresión señale,
Ahogue en el silencio su creencia,
Mientras encuentra otra que la iguale».